El lamentable estado en el que se encuentra la Educación en España, es el fruto de dos aspectos que van unidos, que son tan inseparables como la cara y la cruz de una moneda y que, sin embargo, pretenden separarse por motivos únicamente ideológicos, dependiendo de que el análisis de la cuestión se lleve a cabo desde una perspectiva de “derechas” o desde otra de “izquierdas”, sosteniendo así dos visiones irreconciliables, pero ambas sesgadas, que olvidan la dimensión global del problema que nos ocupa.Es muy habitual escuchar que nuestro sistema educativo no funciona, fundamentalmente porque necesita más inversión. Si tuviésemos aulas dotadas de un ordenador por alumno, con más profesores de apoyo, más horas de refuerzo en lengua y matemáticas y más personal especializado para atender a los alumnos con necesidades educativas especiales, los resultados en la educación mejorarían sensiblemente y estaríamos en los puestos de cabeza, en vez de ocupar el vergonzoso bajo lugar que actualmente ocupamos en los informes educativos. Esta postura sitúa toda la dimensión del problema únicamente en una cuestión de asignación de recursos para la escuela pública, que es la que lleva el mayor peso en la formación de las nuevas generaciones y es, lógicamente, la única que puede brindar a los alumnos pertenecientes a las clases más desfavorecidas la posibilidad de salir adelante. Esta postura denuncia, con mucho acierto, la falta de financiación y de asignación de recursos que padece el profesorado de la Escuela publica, así como las lamentables condiciones de trabajo que padecemos sus profesionales. Todo ello es muy cierto. lo que no comparto en modo alguno es que, junto a la denuncia por la falta de inversión y de recursos en que se encuentra la Escuela pública, esta visión, “progresista”, termina por culpar al profesorado -¡cómo no!- de no estar debidamente preparado, de continuar anclado en una pedagogía “desfasada”, por lo que hace mucho hincapié en que hay que aumentar las horas de formación de los docentes, que estos deben estar bien familiarizados con las teorías de la nueva pedagogía, y, sobre todo, que hay que formarlos con mayor profundidad en el uso de las nuevas tecnologías, en las cuales se ve poco menos que la panacea sobre la que debe gravitar una enseñanza que se pretenda de calidad. A esto hay que añadirle, como ya hemos señalado, una ingente inversión en personal y recursos. Todo ello no deja de ser una verdad a medias. Efectivamente, el porcentaje que el Estado dedica a Educación siempre ha sido de vergüenza, y desde que estalló la crisis económica, los recortes que las diferentes administraciones han ido aplicando aplicando a la enseñanza pública en los últimos años han sido muy drásticos y han afectado a todo: reducción de profesores por centro, supresión de desdobles, clases de apoyo, atención a alumnos con necesidades educativas especiales, y muchos otros aspectos. A todo ello hay que añadir que el dinero que la Administración da a cada centro apenas llega para pagar el agua, la luz, la calefacción, las fotocopias y poco más. La Comunidad de Madrid se lleva la palma en este aspecto. La nefasta gestión que llevó a cabo la Presidenta Aguirre mientras estuvo al frente de la Comunidad, hizo que el dinero que se le negaba a la enseñanza pública, sde desviase a la privada concertada, al par que se regala suelo público, sin ningún control, a instituciones de muy dudosa catadura, cuya características más acusada era impartir una enseñanza sexista y segregadora. Evidentemente la derecha neoliberal no va a soltar un euro para una enseñanza pública en la que no cree y a la que ha destinado a un papel meramente subsidiario como aparcadero de gente sin recursos. Ése es su gran pecado. El neoliberalismo considera la educación no como un servicio, sino como un negocio. O mejor dicho, piensa que cualquier servicio al ciudadano lo puede prestar mejor el sector privado, que, además, da beneficios. De ahí su externalización de los principales servicios públicos Su postura es sencilla: Si en una localidad hay un centro público y cerca de éste hay un centro privado y la gente quiere ir al privado, como lo que debe primar por encima de toda otra consideración es la libertad de las familias para elegir el centro al que quieren llevar a sus hijos, al colegio privado hay que ayudarle en detrimento del público, porque siempre va a prestar un mejor servicio. Lamentablemente, la supuesta excelencia de la enseñanza privada frente a la pública no es más que un mito. Empezando porque, mientras que a la pública se accede mediante un duro concurso-oposición, a la privada se acede simplemente presentando un currículum y pasando una entrevista. Se dirá que, una vez dentro, el profesor de la privada tiene que estar demostrando diariamente su destreza y buen hacer, o de lo contrario se le rescindirá su contrato e irá a la calle. Pero la realidad es que la medida por la que se valora al profesor de la privada, más que por su buen hacer y su capacidad como docente, es por su mayor o menor adhesión a la ideología del centro, su capacidad de sumisión, su disponibilidad para hacer sin rechistar cualquier tarea que se le encomiende y, sobre todo, por su total sometimiento a los dictados de la Dirección. Y así tenemos una extensas red de centros privados concertados, que se benefician de los recursos públicos, pero sobre el que la Administración no tiene ningún control a efectos de la contratación del personal docente y de las condiciones laborales a las que el centro les tiene sometidos. ¡Así yo también soy liberal! Podría, por ejemplo, abrir un bar y pedirle a la Administración que me cediese un local público, me pagase el sueldo de todo el personal, pero, eso sí, me diese carta blanca para contratarlos en las condiciones en que a mí me dé la gana. Pues esto es lo que pasa en la escuela privada, que sus trabajadores están en unas condiciones bastante peores que los de la escuela pública, empezando por que tienen no 18, sino 25 horas lectivas, se hallan plenamente sometidos a la ideología del centro y se encuentran permanentemente vigilados, sin libertad de cátedra que les ampare.
En el terreno de la Educación, en la Comunidad de Madrid, la ciudadanía ha entrado al trapo. Hace ya muchos años que los españolitos "de a pie" miraban con envidia a aquellos otros españolitos "pudientes", que llevaban a sus hijos a colegios "de pago", siempre sujetos a esa creencia, tan española, de que lo que se paga ha de ser, por fuerza, mejor. Desde entonces las diferentes administraciones han querido darles la razón, dedicándose con denodado esfuerzo a destrozar la enseñanza pública, suscribiendo cada vez más conciertos con la privada (y recordemos que los conciertos educativos se introdujeron bajo la legislatura de Felipe González), a la que se ha ido enchufando más y más dinero, sin exigirle a cambio ninguna contraprestación (número de inmigrantes por centro escolar, por ejemplo). Porque no nos engañemos: la principal razón por la que la gente lleva a sus hijos a la privada y a la privada concertada, no es tanto por la supuesta calidad de la enseñanza que ofrecen (muy mala en muchos casos), sino porque quieren ver a sus hijos a salvo de convivir con negros, moros, chinos, ecuatorianos, rumanos y demás "ralea". Y si los centros privados no les ofreciesen esa garantía, su apuesta por la enseñanza privada carecería de razón de ser. Dicho en plata: los centros privados pueden ejercer el derecho de admisión; los centros públicos están obligados a recibir a cualquiera que llegue, con tal de que haya plazas.
Desde que se inició la crisis económica, la manía les ha entrado a todas las administraciones de cargar contra el funcionariado ha llegado a la enseñanza pública, evidentemente. y en este terreno, una vez más, la Comunidad de Madrid se lleva la palma. No sólo ha aumentado la jornada lectiva de los profesores, quienes han de cerrar sus horarios a 20 horas lectivas, es decir, a 20 horas de clase directa con los alumnos, en lugar de las 18 horas que había antes, sino que la ratio profesor/alumno se ha disparado sigue subiendo, así como el número de grupos que debe atender cada profesor, porque, al lógico incremento de alumnos por profesor que lleva aparejada la reducción del personal docente, hay que añadirle el número de alumnos que están llegando a la escuela pública procedentes de la escuela privada, porque debido a la crisis las familias no pueden costearse el gasto que la escuela privada supone. Y la administración tiene aún la desvergüenza de hablar de una enseñanza de calidad, cuando el objetivo que persigue es claro: la conversión de la enseñanza pública en algo residual, cuya única función, cada vez más evidente, es la de tener recogidos en las aulas a todos aquellos chavales que, por no tener dinero, no van a poder acceder a una enseñanza de calidad.
Si el sistema educativo público no ha estallado ya, es gracias a la labor de unos profesores que trabajamos hasta la extenuación y en unas condiciones que son prácticamente inasumibles. Los docentes de la Escuela Pública lo hemos visto muy claro y sabemos que el ataque sistemático contra la Escuela Pública, que se inició con el mandato de la Sra. Aguirre y que desde entonces no ha hecho sino aumentar, se enmarca dentro de su plan general de ir traspasando paulatinamente los recursos de los servicios públicos a la gestión privada. Fuimos la avanzadilla junto con la Sanidad, dos sectores importantísimos socialmente y en los que el neoliberalismo ha visto siempre dos magníficas oportunidades de negocio. En definitiva es el modelo norteamericano, que en su día decidió que la educación no es un servicio que el Estado debe ofrecer al individuo para su formación integral, sino un servicio que debe ofrecerse al Mercado, junto con la convicción de que tal servicio lo puede prestar mucho mejor la iniciativa privada.
Desde que se inició la crisis económica, la manía les ha entrado a todas las administraciones de cargar contra el funcionariado ha llegado a la enseñanza pública, evidentemente. y en este terreno, una vez más, la Comunidad de Madrid se lleva la palma. No sólo ha aumentado la jornada lectiva de los profesores, quienes han de cerrar sus horarios a 20 horas lectivas, es decir, a 20 horas de clase directa con los alumnos, en lugar de las 18 horas que había antes, sino que la ratio profesor/alumno se ha disparado sigue subiendo, así como el número de grupos que debe atender cada profesor, porque, al lógico incremento de alumnos por profesor que lleva aparejada la reducción del personal docente, hay que añadirle el número de alumnos que están llegando a la escuela pública procedentes de la escuela privada, porque debido a la crisis las familias no pueden costearse el gasto que la escuela privada supone. Y la administración tiene aún la desvergüenza de hablar de una enseñanza de calidad, cuando el objetivo que persigue es claro: la conversión de la enseñanza pública en algo residual, cuya única función, cada vez más evidente, es la de tener recogidos en las aulas a todos aquellos chavales que, por no tener dinero, no van a poder acceder a una enseñanza de calidad.
Si el sistema educativo público no ha estallado ya, es gracias a la labor de unos profesores que trabajamos hasta la extenuación y en unas condiciones que son prácticamente inasumibles. Los docentes de la Escuela Pública lo hemos visto muy claro y sabemos que el ataque sistemático contra la Escuela Pública, que se inició con el mandato de la Sra. Aguirre y que desde entonces no ha hecho sino aumentar, se enmarca dentro de su plan general de ir traspasando paulatinamente los recursos de los servicios públicos a la gestión privada. Fuimos la avanzadilla junto con la Sanidad, dos sectores importantísimos socialmente y en los que el neoliberalismo ha visto siempre dos magníficas oportunidades de negocio. En definitiva es el modelo norteamericano, que en su día decidió que la educación no es un servicio que el Estado debe ofrecer al individuo para su formación integral, sino un servicio que debe ofrecerse al Mercado, junto con la convicción de que tal servicio lo puede prestar mucho mejor la iniciativa privada.
Y así están las cosas. No merece la pena recordar aquí lo que fue la encarnizada batalla que la Sra. Aguirre emprendió contra los docentes de la Escuela Pública y el constante deterioro que, desde entonces hasta hoy, se ha venido produciendo en nuestras condiciones laborales. Sería bueno recordar que, desde finales de los años 80, los docentes hemos venido perdiendo poder adquisitivo ininterrumpidamente, que la Comunidad de Madrid es probablemente la que peor paga a sus docentes y que los profesores no hemos participado apenas de los años de bonanza económica y se pretendió que, con el resto de los funcionarios, fuésemos los paganos de la crisis, acusándonos de insolidaridad.
En cierta ocasión, se le escapó a la Sra, Aguirre, fuera de micrófono, que la Comunidad de Madrid no tenía un duro. Algo muy natural si a la larga lista de corruptelas y desmanes de quienes durante todos estos años entraron a saco en las arcas públicas, le añadimos, por lo que respecta a Educación, el constante desvío de fondos hacia la privada concertada, la joya de la Corona, con la esperanza de que algún día se convierta en la opción mayoritaria y la enseñanza pública quede como algo meramente residual. Un ejemplo, que ya es de traca, fue el siguiente: Como los mayores recortes se los lleva la Educación Compensatoria, apareció en su día una empresa privada, que al parecer pertenecía a una conocida banquera, ofreciéndose en los institutos para impartirla ellos. Evidentemente, los profesores de esa empresa habían sido seleccionados mediante presentación de currículo y entrevista previa, sin más requisitos. Pues bien, hubo rumores de que algún instituto “picó” y aceptó la propuesta a instancia del Director, naturalmente adicto al PP. Las malas lenguas afirman que eso se hizo sin pasar previamente por la aprobación del claustro de profesores. No sé. Pero lo cierto es que, con o sin la aprobación del claustro, se trata de una acción denunciable, por cuanto en la Escuela pública no puede entrar a trabajar nadie que no haya o bien aprobado el concurso oposición correspondiente o bien alguna de las pruebas del mismo que le dé derecho a entrar en la lista de interinos.
En definitiva, sin una buena inversión en personal e infraestructuras, la Escuela Pública no puede sobrevivir ni impartir obviamente una enseñanza de calidad. Por eso y no por otra cosa se produjeron durante estos años las varias movilizaciones de los docentes de la Pública, que desde la Administración se quisieron presentar como movilizaciones para no perder privilegios.Triste recuerdo queda del escaso, por no decir nulo apoyo y comprensión que esas movilizaciones de los docentes tuvieron en una ciudadanía envenenada por los medios de comunicación, con ciertas cadenas de televisión a la cabeza, que se dedicaron a retransmitir debates sobre el asunto, que debates sobre el asunto, que causaban sonrojo y espanto por el pelaje de los tertulianos. Aún recuerdo uno de ellos en el que se trataba de dilucidar si los profesores teníamos o no razón al pedir que no nos aumentasen las horas lectivas. Se intoxicó de entrada a los telespectadores haciéndolos creer que todo el problema por el que nos movilizábamos los docentes era ése.. Como se puede imaginar, salieron a relucir los tópicos de siempre: que si tenemos muchas vacaciones, que si no queremos trabajar, que si nos quejamos de vicio. Una soberana imbécil llegó a decir que los profesores debemos ir abandonando la mentalidad de funcionarios, que hay gente que no le importa dedicar trece horas a su trabajo, mientras que nosotros sólo pensamos en trabajar seis o siete. Vamos, que se ve normal que cualquier trabajador quiera mejorar sus condiciones de trabajo, pero los profesores... ¡Por favor! ¿Pero que nos creemos? ¡Si ya vivimos como Dios! En fin. Lo de siempre. Esto está perdido. Hagamos lo que hagamos no nos quitaremos de encima no ya la incomprensión, sino el manifiesto odio que la sociedad nos tiene. Una sociedad al parecer incapaz de comprender que todo recorte en educación va en detrimento de la formación de sus hijos y a la que le importa un soberano pito las condiciones en las que los docentes realicemos nuestra labor. Esto la Administración lo sabe de sobra; por ello nos aprieta las clavijas hasta la extenuación. ¡Qué asco y qué pena!
Pero, con ser terribles los draconianos recortes que ha ido sufriendo la enseñanza pública, tanto en personal como en recursos, y que, diga lo que diga la derecha neoliberal merman, y mucho, la calidad de la enseñanza, ésta es solamente la cara de la moneda. Una cara cuya responsabilidad de corresponde evidentemente a esa la derecha neoliberal, que ve en el sector público una simple carga de la que el Estado debe irse desprendiendo en favor de la iniciativa privada. Junto a esta cara, si verdaderamente se quiere comprender en toda su dimensión el drama en el que está inmersa la Educación en España, hay que fijarse también en la cruz. Y esa cruz, siempre silenciada, radica en la filosofía que subyace a todo el proceso educativo y en las teorías pedagógicas que lo sustentan, elementos, todos ellos, por los que se ha dejado seducir una izquierda que decidió sustituir un sistema de enseñanza que consideraba "anticuado" por otro que estimaba como "progresista", dando cobertura a toda esa legión de "pedagogos" que, desde los años 70, querían llevar la "revolución" a la escuela, a la que veían como una institución llamada poco menos que a acabar con todas las desigualdades sociales. . Aquéllos que pensaban que había que suprimir los exámenes en favor de un sistema de evaluación más "participativo". Todos aquellos "progres" (trotskistas, anarquistas, leninistas e izquierdistas de toda condición -yo fui uno de ellos-) que no pararon hasta conseguir que sus modernas teorías pedagógicas terminasen por imponerse hasta adquirir rango de ley (la LOGSE), nos legaron un sistema educativo delirante, que se apoya en una teoría pedagógica directamente criminal, que es la responsable última (no sólo la falta de recursos) del desastre que vivimos: el constructivismo pedagógico. Esta teoría, más bien habría que llamarla hipótesis no confirmada, sostiene que el papel del docente consiste en entregar al alumno las herramientas necesarias para que sea él mismo quien se enfrente a cualquier problema. De ese modo es como el alumno "construye" sus propios aprendizajes, los cuales se tornan "significativos", es decir que le sirven luego al alumno para resolver cualquier situación parecida. Esto se supone que es así porque el alumno ya tiene unos aprendizajes previos en los que va encajando las nuevas situaciones. El profesor debe limitarse a "guiar" el aprendizaje del alumno, el cual, como ser racional que es, puede ir resolviendo por sí mismo los diferentes problemas que se le van presentando a lo largo de su periplo educativo. Dicho en plata, vamos: dele el profesor la caja de herramientas al alumno y él mismo adivinará que debe utilizar el martillo para clavar clavos y no para darle en la cabeza al compañero. En este sistema, por descontado, el profesor queda automáticamente suprimido como figura de autoridad, no sólo como figura de autoridad policial (lo que evidentemente no es) sino como depositario del saber y transmisor de ese saber al alumno (lo cual, se pongan como se pongan los modernos "pedagogos", es así sin duda alguna). Por supuesto, este sistema pretende basarse en una relación horizontal, de diálogo perpetuo entre el profesor y el alumno, el cual no tiene por que aceptar a priori absolutamente nada de lo que el profesor le diga. La palabra “disciplina”, queda proscrita a favor de la palabra “convivencia”. Y, por descontado, todo el proceso de aprendizaje ha de llevarse en un ambiente lúdico, de permanente juego, con múltiples actividades motivadoras, divertidas y abracadabrantres (si el niño aprende jugando a los 3 años, se pretende que siga jugando a los 17). El alumno está exento de cualquier responsabilidad, la cual pasa íntegramente al profesor. El chaval, la chavala, no tienen que hacer absolutamente nada; únicamente "pasarlo teta, que es vital para su futuro". Este sistema educativo, absolutamente criminal, lo repito, que empezó diseñándose para la ESO, ha pasado al bachillerato, ya está comenzando a infectar la Universidad y es el responsable último de la situación que padecemos. Y lo peor de todo: ha creado un clientelismo que es el cáncer de la enseñanza. El profesor va perdiendo cada vez más autonomía y se ve obligado a trabajar de forma "colegiada", en equipo, asistiendo a más y más reuniones espúreas y sin sentido, y a justificar por escrito prácticamente todo lo que hace. Un sistema al que se le llena la boca con el término "enseñanza democrática" y que se traduce en un verticalismo, aún más férreo que el franquista, donde las órdenes se transmiten vía inspección (los inspectores se han convertido en auténticos comisarios políticos), se acatan y se cumplen, sin que el profesorado -el último mono del sistema- tenga opción a decir nada en contra. Jamás ha habido un verdadero diálogo sobre educación. Es más: el que disiente de la doctrina oficial pasa a ser considerado un "facha", un "nostálgico", un autoritario" al que hay que hacer abjurar de sus errores.
En definitiva, hasta que el constructivismo, esa peligrosa teoría pseu,docientífica, no desaparezca como filosofía subyacente a la labor educativa (y eso no parece viable, porque se trata de la nueva religión que no admite ninguna crítica, ninguna "herejía) el sistema será catastrófico por más millones que se le insuflen para equipamientos escolares y aumento del personal docente. Este sistema ha producido un fracaso escolar estrepitoso del que -¡cómo no!- se culpa al profesorado, al que se le presiona desde todos los lados (padres, alumnos e inspección) de forma inmisericorde, para que infle las notas y disimule así el vergonzoso índice de fracaso escolar que padecemos. Un sistema criminal -lo repito nuevamente- que un día decidió que tienen igual peso un profesor o profesora de 40 años que un mocoso o mocosa de 13 sin educación. ¡Así nos va! El daño que nuestro sistema educativo ha hecho a unas cuantas promociones de escolares, es ya irreparable: gente que no entiende lo que lee, que no sabe redactar un currículo, que carece de la mínima inquietud cultural. Y nuestros "expertos" en educación no se apean del burro. Pero aquí, lamentablemente, se hará real el viejo refrán de que quien siembra vientos recoge tempestades.
En cierta ocasión, se le escapó a la Sra, Aguirre, fuera de micrófono, que la Comunidad de Madrid no tenía un duro. Algo muy natural si a la larga lista de corruptelas y desmanes de quienes durante todos estos años entraron a saco en las arcas públicas, le añadimos, por lo que respecta a Educación, el constante desvío de fondos hacia la privada concertada, la joya de la Corona, con la esperanza de que algún día se convierta en la opción mayoritaria y la enseñanza pública quede como algo meramente residual. Un ejemplo, que ya es de traca, fue el siguiente: Como los mayores recortes se los lleva la Educación Compensatoria, apareció en su día una empresa privada, que al parecer pertenecía a una conocida banquera, ofreciéndose en los institutos para impartirla ellos. Evidentemente, los profesores de esa empresa habían sido seleccionados mediante presentación de currículo y entrevista previa, sin más requisitos. Pues bien, hubo rumores de que algún instituto “picó” y aceptó la propuesta a instancia del Director, naturalmente adicto al PP. Las malas lenguas afirman que eso se hizo sin pasar previamente por la aprobación del claustro de profesores. No sé. Pero lo cierto es que, con o sin la aprobación del claustro, se trata de una acción denunciable, por cuanto en la Escuela pública no puede entrar a trabajar nadie que no haya o bien aprobado el concurso oposición correspondiente o bien alguna de las pruebas del mismo que le dé derecho a entrar en la lista de interinos.En definitiva, sin una buena inversión en personal e infraestructuras, la Escuela Pública no puede sobrevivir ni impartir obviamente una enseñanza de calidad. Por eso y no por otra cosa se produjeron durante estos años las varias movilizaciones de los docentes de la Pública, que desde la Administración se quisieron presentar como movilizaciones para no perder privilegios.Triste recuerdo queda del escaso, por no decir nulo apoyo y comprensión que esas movilizaciones de los docentes tuvieron en una ciudadanía envenenada por los medios de comunicación, con ciertas cadenas de televisión a la cabeza, que se dedicaron a retransmitir debates sobre el asunto, que debates sobre el asunto, que causaban sonrojo y espanto por el pelaje de los tertulianos. Aún recuerdo uno de ellos en el que se trataba de dilucidar si los profesores teníamos o no razón al pedir que no nos aumentasen las horas lectivas. Se intoxicó de entrada a los telespectadores haciéndolos creer que todo el problema por el que nos movilizábamos los docentes era ése.. Como se puede imaginar, salieron a relucir los tópicos de siempre: que si tenemos muchas vacaciones, que si no queremos trabajar, que si nos quejamos de vicio. Una soberana imbécil llegó a decir que los profesores debemos ir abandonando la mentalidad de funcionarios, que hay gente que no le importa dedicar trece horas a su trabajo, mientras que nosotros sólo pensamos en trabajar seis o siete. Vamos, que se ve normal que cualquier trabajador quiera mejorar sus condiciones de trabajo, pero los profesores... ¡Por favor! ¿Pero que nos creemos? ¡Si ya vivimos como Dios! En fin. Lo de siempre. Esto está perdido. Hagamos lo que hagamos no nos quitaremos de encima no ya la incomprensión, sino el manifiesto odio que la sociedad nos tiene. Una sociedad al parecer incapaz de comprender que todo recorte en educación va en detrimento de la formación de sus hijos y a la que le importa un soberano pito las condiciones en las que los docentes realicemos nuestra labor. Esto la Administración lo sabe de sobra; por ello nos aprieta las clavijas hasta la extenuación. ¡Qué asco y qué pena!
Pero, con ser terribles los draconianos recortes que ha ido sufriendo la enseñanza pública, tanto en personal como en recursos, y que, diga lo que diga la derecha neoliberal merman, y mucho, la calidad de la enseñanza, ésta es solamente la cara de la moneda. Una cara cuya responsabilidad de corresponde evidentemente a esa la derecha neoliberal, que ve en el sector público una simple carga de la que el Estado debe irse desprendiendo en favor de la iniciativa privada. Junto a esta cara, si verdaderamente se quiere comprender en toda su dimensión el drama en el que está inmersa la Educación en España, hay que fijarse también en la cruz. Y esa cruz, siempre silenciada, radica en la filosofía que subyace a todo el proceso educativo y en las teorías pedagógicas que lo sustentan, elementos, todos ellos, por los que se ha dejado seducir una izquierda que decidió sustituir un sistema de enseñanza que consideraba "anticuado" por otro que estimaba como "progresista", dando cobertura a toda esa legión de "pedagogos" que, desde los años 70, querían llevar la "revolución" a la escuela, a la que veían como una institución llamada poco menos que a acabar con todas las desigualdades sociales. . Aquéllos que pensaban que había que suprimir los exámenes en favor de un sistema de evaluación más "participativo". Todos aquellos "progres" (trotskistas, anarquistas, leninistas e izquierdistas de toda condición -yo fui uno de ellos-) que no pararon hasta conseguir que sus modernas teorías pedagógicas terminasen por imponerse hasta adquirir rango de ley (la LOGSE), nos legaron un sistema educativo delirante, que se apoya en una teoría pedagógica directamente criminal, que es la responsable última (no sólo la falta de recursos) del desastre que vivimos: el constructivismo pedagógico. Esta teoría, más bien habría que llamarla hipótesis no confirmada, sostiene que el papel del docente consiste en entregar al alumno las herramientas necesarias para que sea él mismo quien se enfrente a cualquier problema. De ese modo es como el alumno "construye" sus propios aprendizajes, los cuales se tornan "significativos", es decir que le sirven luego al alumno para resolver cualquier situación parecida. Esto se supone que es así porque el alumno ya tiene unos aprendizajes previos en los que va encajando las nuevas situaciones. El profesor debe limitarse a "guiar" el aprendizaje del alumno, el cual, como ser racional que es, puede ir resolviendo por sí mismo los diferentes problemas que se le van presentando a lo largo de su periplo educativo. Dicho en plata, vamos: dele el profesor la caja de herramientas al alumno y él mismo adivinará que debe utilizar el martillo para clavar clavos y no para darle en la cabeza al compañero. En este sistema, por descontado, el profesor queda automáticamente suprimido como figura de autoridad, no sólo como figura de autoridad policial (lo que evidentemente no es) sino como depositario del saber y transmisor de ese saber al alumno (lo cual, se pongan como se pongan los modernos "pedagogos", es así sin duda alguna). Por supuesto, este sistema pretende basarse en una relación horizontal, de diálogo perpetuo entre el profesor y el alumno, el cual no tiene por que aceptar a priori absolutamente nada de lo que el profesor le diga. La palabra “disciplina”, queda proscrita a favor de la palabra “convivencia”. Y, por descontado, todo el proceso de aprendizaje ha de llevarse en un ambiente lúdico, de permanente juego, con múltiples actividades motivadoras, divertidas y abracadabrantres (si el niño aprende jugando a los 3 años, se pretende que siga jugando a los 17). El alumno está exento de cualquier responsabilidad, la cual pasa íntegramente al profesor. El chaval, la chavala, no tienen que hacer absolutamente nada; únicamente "pasarlo teta, que es vital para su futuro". Este sistema educativo, absolutamente criminal, lo repito, que empezó diseñándose para la ESO, ha pasado al bachillerato, ya está comenzando a infectar la Universidad y es el responsable último de la situación que padecemos. Y lo peor de todo: ha creado un clientelismo que es el cáncer de la enseñanza. El profesor va perdiendo cada vez más autonomía y se ve obligado a trabajar de forma "colegiada", en equipo, asistiendo a más y más reuniones espúreas y sin sentido, y a justificar por escrito prácticamente todo lo que hace. Un sistema al que se le llena la boca con el término "enseñanza democrática" y que se traduce en un verticalismo, aún más férreo que el franquista, donde las órdenes se transmiten vía inspección (los inspectores se han convertido en auténticos comisarios políticos), se acatan y se cumplen, sin que el profesorado -el último mono del sistema- tenga opción a decir nada en contra. Jamás ha habido un verdadero diálogo sobre educación. Es más: el que disiente de la doctrina oficial pasa a ser considerado un "facha", un "nostálgico", un autoritario" al que hay que hacer abjurar de sus errores.
En definitiva, hasta que el constructivismo, esa peligrosa teoría pseu,docientífica, no desaparezca como filosofía subyacente a la labor educativa (y eso no parece viable, porque se trata de la nueva religión que no admite ninguna crítica, ninguna "herejía) el sistema será catastrófico por más millones que se le insuflen para equipamientos escolares y aumento del personal docente. Este sistema ha producido un fracaso escolar estrepitoso del que -¡cómo no!- se culpa al profesorado, al que se le presiona desde todos los lados (padres, alumnos e inspección) de forma inmisericorde, para que infle las notas y disimule así el vergonzoso índice de fracaso escolar que padecemos. Un sistema criminal -lo repito nuevamente- que un día decidió que tienen igual peso un profesor o profesora de 40 años que un mocoso o mocosa de 13 sin educación. ¡Así nos va! El daño que nuestro sistema educativo ha hecho a unas cuantas promociones de escolares, es ya irreparable: gente que no entiende lo que lee, que no sabe redactar un currículo, que carece de la mínima inquietud cultural. Y nuestros "expertos" en educación no se apean del burro. Pero aquí, lamentablemente, se hará real el viejo refrán de que quien siembra vientos recoge tempestades.
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