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domingo, 18 de enero de 2015

MATERIALES PARA LOS ALUMNOS

NIETZSCHE


LA FILOSOFÍA DE NIETZSCHE


1. Introducción


2. La crítica de la tradición filosófica

 2.1. Crítica a la metafísica
2.2. Crítica a la moral
2.3. Crítica al conocimiento


3. La nueva filosofía

3.1. Muerte de Dios, nihilismo, voluntad de poder

3.3. El eterno retorno
3.4. El superhombre



1. INTRODUCCIÓN

La obra de Nietzsche no se deja tratar fácilmente de forma sistemática, pese a los intentos de algunos de sus estudiosos por hacerlo así. Nietzsche ha significado cosas distintas según sus distintos intérpretes. Su misma forma de expresión contribuye a ello, ya que al utilizar preferentemente el aforismo como vehículo de su pensamiento, el carácter metafórico del mismo se presta con frecuencia a distintas interpretaciones. Además, a menudo podemos encontrar en sus obras aforismos contradictorios entre sí, siendo difícil poder determinar cuál de ellos representa su "auténtica" posición sobre el tema tratado, si es que tiene algún sentido ese tipo de pregunta en el conjunto de la obra de Nietzsche.

La reacción de Marx (1818-1883) contra el idealismo le lleva a rechazar la identificación del sujeto con la conciencia y, manteniéndose dentro de la tradición filosófica que comienza con la modernidad -y que afirma la centralidad del sujeto en el filosofar-, termina por identificar ese sujeto con la acción, con la "praxis" (y más concretamente con la actividad productiva: es en su actividad productiva donde el hombre genera y constituye la realidad, la suya propia y la del mundo que objetivamente transforma y modifica).


Nietzsche dará un paso semejante, alejándose de la identificación del sujeto con la conciencia, pero en otra dirección: en lugar de la actividad productiva postulará la "vida" como factor en torno al que se constituye la realidad. El sujeto es, fundamentalmente vida, y no conciencia, pensamiento. El fenómeno vital pasa así a constituirse en el centro de la reflexión filosófica, ejerciendo una considerable influencia a finales del XIX y durante la primera mitad del siglo XX, aunque con distintas interpretaciones, como las de H. Bergson y Ortega y Gasset (racio-vitalismo), entre otros. Por lo que a Nietzsche respecta, la realidad es esencialmente contradictoria, pero interpretará esta contradicción de un modo distinto a como lo habían hecho Hegel (Idealismo) y Marx (materialismo histórico), siguiendo de un modo a veces literal la cosmovisión de Heráclito, aunque trasladada a la referencia de lo vital como único eje interpretativo válido.

La realidad está sometida al cambio, que está regulado por la lucha de elementos contrarios y abocada a una repetición infinita en el contexto de un ciclo cósmico que la conduce a un eterno retorno, en relación con el que todo alcanza su sentido. En esa lucha, la conciencia trata de fijar el movimiento, de anularlo, sustituyendo por conceptos el movimiento real de las cosas, sustituyendo lo vital por una representación de lo vital. Pero toda representación es falsa, en cuanto representación, por lo que la no-vida termina por sustituir a la vida, lo falso a lo verdadero. Recuperar la verdad, poner de manifiesto la radical prioridad de la vida sobre la conciencia será, en buena medida el proyecto nietzscheano.





2. LA CRÍTICA A LA TRADICIÓN FILOSÓFICA

La filosofía de Nietzsche supondrá un enfrentamiento radical con buena parte de la tradición filosófica occidental, oponiéndose a su dogmatismo, cuya raíz sitúa en Sócrates, Platón y la filosofía cristiana. La distinción y oposición, realizada en sus primeras obras, entre lo apolíneo y lo dionisíaco, le llevará a desarrollar una original interpretación de la historia de la filosofía, según la cual el pensamiento se verá sometido a un alejamiento de la vida, a partir de la reflexión socrática, que le llevará a oponerse a ella, negándola mediante la invención de una realidad trascendente dotada de características de estabilidad e inmutabilidad, justo las contrarias de las que posee la única realidad que conocemos, contradictoria y cambiante.

La crítica nietzscheana a la cultura occidental, abarcará tres partes: la crítica a la metafísica, crítica a la moral y crítica al conocimiento y la noción de verdad.



2.1. Crítica a la metafísica


Nietzsche se opone al dualismo ontológico, fiel reflejo del dualismo platónico:este mundo, sensible e imperfecto frente el otro mundo, suprasensible y perfecto, fundamento de aquel.


Según tal concepción, la realidad queda escindida en dos ámbitos: una realidad suprasensible, estática e imperecedera, frente a una realidad cambiante, sensible, perecedera... que es el producto residual, "despreciable" de la anterior . Frente a este esquema ontológico reaccionará Nietzsche esgrimiendo dos objecciones fundamentales;


1. La infravaloración de la realidad sensible se debe a su mutabilidad, mientras que la razón humana opera con categorías inmutables (conceptos); pero el hecho de que la razón funcione con tales categorías no demuestra la "imperfección" ni la "dependencia" del mundo sensible, sino sólo la inadecuación de la razón para conocerlo... ¿Y si la razón no fuera la facultad adecuada para conocer el mundo?¿Es posible acceder de forma no racional al conocimiento del mundo? ¿Es la razón nuestra única posibilidad cognoscitiva?


2. El mundo suprasensible no es más que una ilusión, una ficción, una fantasía construida como negación del mundo sensible, única realidad para nosotros.

Recurrir a un mundo suprasensible lo interpreta, pues, como una reacción anti-vital, como una negación de la vida, (vida que está marcada por el sufrimiento tanto como por la alegría), como una venganza contra la naturaleza, propia de espíritus ruines que odian la vida, un producto del resentimiento contra la vida. Incapaces de aceptar un destino trágico, los hombres se rebelan contra esa vida que les aboca al sufrimiento y la niegan, convirtiéndola en un mero residuo de otra realidad, perfecta ésta, donde ahogan su resentimiento.


La simple separación entre el ser "real" y el ser "aparente" es ya un juicio valorativo sobre la vida, porque pone todo el peso en el mundo de las ideas (al que considera real) frente al mundo sensible (al que considera aparente). ese mundo "verdadero" se opone al mundo sensible, siempre cambiante, y se intenta colonizar mediante los conceptos inmutables, mediante las categorías de la razón. pero obrar de tal manera, para Nietzsche, es una mera sintomatología nihilista de recelo contra la vida, que deja ver tan solo el carácter del hombre débil y reactivo, lleno de resentimiento. El platonismo y el idealismo trascendental kantiano, son expresiones de todo esto, intentos desesperados de racionalizar lo imposible de racionalizar, a saber, la corriente imparable del devenir, lo que obliga a los débiles a inventar ficciones lógicas y "modelos" (las ideas de Platón) con los que intenta hallar estabilidad frente a lo que en sí es caos.


2.2. La crítica a la moral

Toda la moral occidental es la consecuencia de la metafísica platónica y cristiana que, como vimos. realiza la falsa separación entre el mundo "verdadero" y el mundo "aparente", como síntoma de los despreciadores de la vida.

Nietzsche acusa a la moral platónico- cristiana de antinatural por ir en contra de los instintos vitales. Su centro de gravedad no está en este mundo, sino en el más allá, en la realidad en sí, o en el mundo sobrenatural del cristianismo. Se trata de una moral trascendente que no gira en torno al hombre, sino en torno a Dios y que impone al hombre un rechazo de su naturaleza, una lucha constante contra sus impulsos vitales, por lo que significa un rechazo general de la vida, de la verdadera realidad del hombre, en favor de una ilusión generada por el resentimiento contra la vida. Tal moral es síntoma y expresión de la decadencia de la cultura occidental.

En su obra la genealogía de la moral, Nietzsche nos explica que la historia de la moral occidental es la historia de la inversión de los términos "bueno" y "malo", que originalmente eran términos meramente descriptivos de diferentes tipos de hombres, en los actuales términos de "bueno (bondadoso)" y "malo (malvado)", lo que lleva aparejado un profundo cambio en el concepto de virtud.

En la Grecia arcaica, virtud era sinónimo de fuera, belleza, poder, excelencia. Los guerreros se llamaban a sí mismos aristós (los mejores), de donde deriva el término aristocracia . Ellos gozaban de la vida y se consideraban los bendecidos por los dioses; eran individuos fuertes, activos, y su divisa era: ¿Qué haré? Se llamaban a sí mismos buenos, como sinónimo de alegres, poderosos, vitales. Frente a ellos estaban los plebeyos, a los que denominaban malos como sinónimo de débiles, reactivos, apocados. La divisa de estos últimos ya no era: ¿Qué haré?, sino: ¿Qué me pasará? En el fondo -dice Nietzsche- lo que les gustaría a los débiles es ser como los fuertes, pero, como no pueden, lo que hacen es inventar una venganza imaginaria contra ellos, llevando a cabo una radical inversión de los valores de los fuertes, mediante la cuál los fuertes y vitales pasan a ser considerados malos, ahora en el sentido moral de malvados, mientras que los débiles pasan a considerarse buenos, en el sen6tido moral de bondadosos. De este modo cumplen su venganza: vosotros, los fuertes, los alegres, los vitales, sois por siempre los malditos de Dios; nosotros, los débiles, los apoxcados, los sufrientes, somos ahora los buenos, los benditos de Dios. Esta forma de valorar de los débiles es, a decir de Nietzsche, el producto del resentimiento y la mala conciencia, del odio contra la vida, en definitiva. En Grecia, esa inversión de los valores la comienza Sócrates, al afirmar que la virtud no es sinónimo de fuerza, belleza, excelencia, sino una especial disposición del alma: la disposición a actuar conforme a la razón, siguiendo una norma impuesta de conducta. Pero eso implica creer que hay un orden moral en el mundo, que justamente la razón descubre (recuérdese el intelectualismo moral de Sócrates) y que, a modo de "guía", dirige la historia del hombre. un  orden moral trascendente (perteneciente al "mundo verdadero") a partir del cuál se juzga y se condena la vida como "vída caída", vida que debe ser "salvada" "redimida". De ese modo se infecta la inocencia del devenir mediante la "culpa" y el "castigo".


2.3. La crítica al conocimiento y a la noción de verdad

 Por lo que respecta a la explicación del conocimiento, la metafísica de tradición platónico-cristiana hace corresponder a una realidad inmutable un conocimiento y una verdad igualmente inmutables: el conocimiento conceptual. Pero el concepto, dice Nietzsche, no sirve para conocer la realidad tal y como es. El concepto tiene un valor representativo, pero siendo lo real un devenir, un cambio, no puede dejarse representar por algo como el concepto, cuya naturaleza consiste en representar la esencia, es decir, aquello que es inmutable, que no deviene, que no cambia, lo que permanece idéntico a sí mismo, ajeno al tiempo. El concepto no es más que un modo impropio de referirse a la realidad, un modo general y abstracto de captar la realidad y por ello, de alejarnos de lo singular y concreto, de alejarnos de la realidad. Lejos de ofrecernos el conocimiento de la realidad, el concepto nos la oculta.


El concepto no es más que una metáfora de la realidad, una representación general de una realidad que es individual. Prescinde, por tanto, de toda diferencia individual. Y la filosofía tradicional ha olvidado este carácter metafórico del concepto y ha pretendido encontrar en él no una simple generalización de las cosas, sino la "esencia", una supuesta realidad suprasensible de las cosas. El concepto intenta igualar una multiplicidad de cosas o de realidades que, rigurosamente hablando, nunca son idénticas. Los conceptos no son otra cosa que el producto final de la capacidad de abstracción que tiene el hombre. El proceso es el siguiente: todo comienza con un estímulo, el estímulo produce en nosotros una impresión y esa impresión la nombramos con una palabra. Se produce entonces en nosotros el descubrimiento de que podemos agrupar diversas impresiones (que en sí mismas son únicas y distintas) bajo una misma palabra, y ya tenemos el concepto. Una vez elaborados los conceptos, nos olvidamos del proceso que los ha originado y los convertimos en algo "objetivo", "inmutable" y "normativo" para la realidad, refiriendo a ellos toda nuestra vida (el conocimiento, la moral. esto es lo que hace Sócrates al decretar la objetividad de los conceptos y su posibilidad de desvelarnos el auténtico ser de las cosas, y lo que culmina Platón al convertir el concepto en la Idea inmutable, situada en el mundo inteligible como mundo "verdadero".


Contrariamente a todo esto, para Nietzsche no existe un lenguaje "objetivo" que nos conecte directamente con el verdadero "ser" de las cosas. antes bien, el análisis de la formación de los conceptos nos revela que no existe un lenguaje "objetivo", que todo lenguaje es un movimiento incesante de metáforas, mediante el cual simplemente nos representamos la realidad a nuestro gusto y medida. todo lo cual afecta directamente a la noción de verdad. En efecto, la "verdad", para Nietzsche, no es más que un efecto del lenguaje, un conjunto de generalizaciones e ilusiones que el uso y la costumbre han ido imponiendo y cuyo origen hemos olvidado. En palabras del propio Nietzsche. "metáforas ya olvidadas que han perdido su fuerza sensible, monedas que han perdido su imagen y que ahora entran en consideración como metal, no como tales monedas".

La crítica de Nietzsche al conocimiento y a la noción de verdad alcanza también a las ciencias positivas. las ciencias positivas llevan a cabo una matematización de lo real. pero, para Nietzsche, esa matematización no nos ayuda a conocer las cosas "en sí mismas", sino únicamente a establecer una relación cuantitativa entre ellas. pero toda determinación cuantitativa de las cosas tiende a anular la diferencia irreductible que existe entre ellas, ya que el "modelo matemático" de la naturaleza tiende a la igualación, a la anulación de las diferencias. pero, para Nietzsche, querer reducir todas las cualidades a cantidades, es un error y una locura. Afirma que una "ley de la naturaleza", física o química, no es algo que conozcamos en sí, sino que conocemos sólo sus efectos, es decir, su relación con otras leyes de la naturaleza que, a su vez, no conocemos sino en tanto que "suma de relaciones". Nos resultan totalmente incomprensibles en cuanto a su esencia; y, de hecho, lo único que conocemos en ellas es lo que nosotros mismos aportamos: el espacio y el tiempo, es decir, relaciones de sucesión y números.



3. LA NUEVA FILOSOFÍA

3.1. Muerte de Dios, nihilismo, voluntad de poder

El análisis de la trayectoria del pensamiento y la cultura occidentales le llevará a Nietzsche a constatar la muerte de Dios.

La muerte de Dios es una consecuencia directa de la "voluntad de verdad". Esa voluntad de verdad (la verdad os hará libres, dice el Evangelio) ha llevado a la sociedad occidental al descubrimiento de su gran "verdad": que la creencia en el viejo Dios del judeo-cristianismo, se ha vuelto imposible. Hasta ahora, Dios había sido la brújula del hombre occidental. Pero el hombre ha ido matando a Dios sin darse cuenta, expulsándolo poco a poco de su pensamiento y de su cultura. Al descubrir la muerte de Dios el hombre queda desorientado, su vida pierde el sentido.
La muerte de Dios es, en realidad, la muerte del monoteísmo cristiano y de la metafísica dogmática, para quienes sólo hay un Dios y una verdad. Y el responsable de ello es el hombre. Al cobrar conciencia de ello el hombre sustituye a ese Dios y a esa verdad única por múltiples dioses y múltiples verdades (el Partido, el Proletariado, la Raza, la Humanidad, el Estado, La Sangre, la Patria, etc.) Para Nietzsche, sin embargo, Para Nietzsche, todos ellos son falsos ídolos que el hombre se forja en un intento desesperado por salvar los valores asociados a esa imagen de Dios. Pese a ello, con la caída del Dios y de la metafísica tradicionales los valores asociados a ellos no pueden subsistir, no encuentran justificación trascendental alguna y, carentes de fundamentación, serán el blanco de las críticas más exacerbadas y negados como valores. Es fundamental entender que, para Nietzsche, la muerte de Dios significa la muerte de todos los valores absolutos. El ateísmo conduce, pues, al nihilismo, el cual puede ser de dos tipos: nihilismo pasivo y nihilismo activo.

El nihilismo pasivo es la consecuencia directa de la muerte de Dios y de la pérdida consiguiente de todos los valores que en él se sustentaban. esa negación de todos los valores vigentes es el resultado de la duda y la desorientación. Aparece la afirmación de que nada tiene sentido, de que todo es en vano. Es el síntoma de agotamiento absoluto de una vida en decadencia.

El nihilismo activo surge como afirmación del propio proceso nihilista y de su necesidad y de la comprensión de que eso no debe ser motivo de amargura ni de desesperación, sino de celebración, porque se abre un espacio en el que es posible comenzar de nuevo, con una nueva perspectiva del ser y del hombre, con una nueva valoración sobre la vida y una nueva esperanza.


Esta es la base sobre la que ha de construirse, según Nietzsche, la nueva filosofía. El hombre provoca, en primer lugar, la muerte de Dios, sin apenas darse cuenta de ello. En segundo lugar, el hombre toma conciencia plena de la muerte de Dios y se reafirma en ella. En tercer lugar, y como consecuencia de todo lo anterior, el hombre se descubre a sí mismo como responsable de la muerte de Dios descubriendo, al mismo tiempo, el poder de la voluntad, e intuyendo la voluntad como máximo valor.


La voluntad de poder

Se trata para Nietzsche de la verdadera "esencia" de la realidad. En todas las cosas encontramos un afán por la existencia, desde el mundo inorgánico, hasta el mundo humano, pasando por todos los niveles de los seres vivos. Todas las cosas son expresión de un fondo primordial que lucha por existir y por existir superándose, siendo más. eso es la voluntad de poder, esa es, para Nietzsche,m la esencia de toda la realidad. La realidad no es más que la expresión de la voluntad: ser es querer ser. La realidad no es algo estático, permanente, inmutable; ni la consecuencia de algo estático, permanente, inmutable. Siendo el fruto de la voluntad ha de ser multiforme y cambiante, como aquella. La realidad es devenir, cambio, y no está sometida a otra determinación que a la de su propio querer. Y el querer de la voluntad, al igual que el de todo lo real, es un querer libre, que rechaza toda determinación ajena a su propio devenir. La voluntad, el querer, no se somete a lo querido, sino que se sobrepone a todos sus posibles objetos. No quiere "esto" o "lo otro", sino sólo su propio querer. Se trata de una voluntad libre y absoluta a la que Nietzsche denomina "voluntad de poder": es una voluntad vital, expansiva, dominante... una voluntad que se engendra a sí misma y que quiere su propio querer. es, en definitiva, la voluntad de querer ser más, crear más, volar más alto. Todo lo que existe -nos dice Nietzsche- es voluntad de poder y nada más.


Es importante señalar que la voluntad de poder no tiene nada que ver con la voluntad entendida como la facultad gracias a la cual podemos dirigir nuestra conducta (y, por lo tanto, orientarla al bien). Esa es la voluntad en la que nos quieren hacer creer los sacerdotes para así, haciéndonos confiar en que somos libres y podemos querer "el Bien", introducirnos las ideas de culpa y pecado cuando nos desviamos del camino que a ellos les ha interesado trazarnos. Para Nietzsche, no es más que la manifestación superficial de una fuerza mucho más profunda de nuestro ser, de todo ser, una burda simplificación de un complejo juego de causas y efectos. Con la noción de la voluntad de poder, Nietzsche nos presenta lo que sería su teoría del ser, su metafísica, la cual se resumiría en los cuatro puntos siguientes:


Irracionalidad. La razón es sólo una dimensión de la realidad y está al servicio de otras instancias más básicas, como los instintos, o la mera eficacia en el control de la realidad. el mundo mismo (contrariamente a lo que pensaba Hegel) no es racional: nosotros lo creemos racional e intentamos someter a un orden y una legalidad lo que en sí mismo no es otra cosa que multiplicidad, caos, juego, diferencia, variación y muerte.

Inconsciencia. La fuerza primordial que determina el curso de todas las cosas no es consciente, no se trata de una inteligencia ordenadora, ni de un dios personal, ni de nada parecido. Nietzsche considera la consciencia como algo superfluo, que perfectamente podría no darse y que de ninguna manera añade mayor perfección o realidad.

Falta de finalidad. Las distintas manifestaciones que toman las fuerzas de la ida, sus distintas modificaciones, no tienen ningún objetivo ni finalidad, no buscan nada. la existencia no tiene ningún plan ni proyecto alguno, es algo gratuito, sin un porqué ni un para qué. precisamente es este caracter de la existencia lo que hace que los débiles no puedan soportarla y se inventen el "mundo verdadero" para buscar un consuelo.

Todo ello conlleva un nuevo modo de entender el hombre, una nueva antropología. El hombre actual debe ser sustituido por el "superhombre".

El superhombre. El superhombre es la meta a la que Nietzsche quiere llegar en su transvaloración de todos los valores. El superhombre es el hombre que ha superado completamente el resentimiento y la mala conciencia; un hombre que hace de la afirmación y de la creación de nuevos valores el eje de su vida; el hombre que ama la vida tal como es: una corriente incesante de alegría y tristeza, placer y dolor, un profundo juego, en definitiva. Lo único valioso que hay en el hombre actual es su carácter de "puente" hacia el superhombre.
El tema del superhombre guarda una relación estricta con el de la muerte de Dios: el superhombre aparece cuando Dios es definitivamente expulsado del espacio que hasta entonces había usurpado, cubriendo el superhombre el vacío dejado por Dios. El hombre crea al superhombre al matar a Dios.

Mientras que el hombre actual es un ser domesticado, el superhombre es un ser libre, superior, autónomo; un animal que posee sus propios instintos, los comprende y los desarrolla en la voluntad de poder. El superhombre, en definitiva, es, en definitiva, el héroe del futuro, el que comprenderá, en toda su dimensión, el significado de la muerte de Dios y entenderá que la esencia misma de la vida es la voluntad de poder.Para alcanzar este estadio, el hombre actual ha de recorrer un camino largo y no exento de dificultades: ha de experimentar un triple metamorfosis de su espíritu:

El camello. Esta figura representa al hombre del resentimiento y la mala conciencia, que tiene su máxima expresión en el cristianismo. El hombre convencido de que cuanto más sufra aquí abajo, más merecedor se hará de la "otra vida", de la vida "verdadera".

El león. representa un nuevo estadio. Es el hombre que se ha cansado de ser camello, de que lo carguen, y se revela contra los valores establecidos. pero sigue siendo un hombre reactivo, incapaz de crear nuevos valores desde sí mismo. es el ateo inconsecuente que, tras haber matado a Dios, sigue sacríficándose en nombre de nuevos valores absolutos: El estado, La Raza, La Humanidad, La Patria, etc., que pasan a ocupar auomáticamente el lugar del Dios desaparecido.

El niño. Representa la última transformación, que da paso al superhombre. El niño juega y experimenta, más allá del bien y del mal. Todo en el niño es inocencia, juego y olvido, sin resentimiento ni mala conciencia, sin un por qué. Esa es la figura del superhombre, que, habiendo superado la sumisión del camello y la autosuficiencia del león, conquista la auténtica libertad.)

La expresión más firme del superhombre consiste en la afirmación del eterno retorno.

El eterno retorno. Es el punto culminante de todo el pensamiento de Nietzsche, es, por así decirlo, la "prueba del algodón" que distingue al superhombre. Es la forma que tiene Nietzsche, se "salvar la vida", de "redimirla", pero no desde fuera de la vida, desde un supuesto "mundo verdadero", sino desde la vida misma. Es una posición moral que separa definitivamente a los fuertes de los débiles. Consiste en afirmar cada momento vivido, hasta el punto de desear su repetición una y otra vez, eternamente. El hombre que es capaz de desear que su vida, tal y como ha sido, hasta el más mínimo detalle, pudiera repetirse una y otra vez, da a su vida un valor absoluto, trasformando todo "así fue" en un "así lo quise yo", "así lo querré yo".

En definitiva:


Este hombre nuevo, este superhombre, sólo será posible con una nueva moral que surgirá de la transmutación generalizada de todos los valores vigentes. Las nociones morales de "Bien" y "Mal" como puntos de referencia objetivos y opuestos quedan desbordados por la nueva realidad. Los viejos valores racionales y suprasensibles son sustituidos por valores vitales y sensibles. El superhombre defiende la desigualdad, la jerarquía, el cambio, el experimento y el riesgo frente a la igualdad, la seguridad, que serían valores propios de la moral del "rebaño", una moral de esclavos, representada fundamentalmente por el cristianismo.


La moral tradicional, judeo-cristiana, es una moral de la "renuncia" y cuyos valores no se encuentran en esta vida, sino en otro mundo, en el verdadero, en el más allá. Esta moral se dirige contra los instintos vitales, ya que propone una evasión con respecto al hombre concreto y respecto al mundo real. En sus obras Nietzsche pretende analizar las raíces de las que brotan estos conceptos morales negativos. Realiza el análisis de lo moral entre los griegos y del giro que van sufriendo los conceptos morales en la dirección de alejarse de lo vital de lo que surgen, a partir de Sócratres y Platón. Si entre los primeros griegos la virtud era equivalente a la fuerza y "bueno" era el noble, el que despreciaba la debilidad y el miedo, a partir de Sócrates la virtud se convierte en renuncia a los placeres, pasiones, ambiciones, y el único bien que se admite es el de la "sabiduría". Con ello se inicia en Grecia la moral de "esclavos", gregaria y antivital.


Esta nueva moral se basa fundamentalmente en valores estéticos y sensibles, dejando de lado todas las preocupaciones metafísicas propias de la moral cristiana tradicional. Asimismo defiende una posición extremadamente individualista, frente al gregarismo de las morales tradicionales.

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