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PLATÓN
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MATRIX, UNA RECREACIÓN DE LA ALEGORÍA PLATÓNICA DE LA CAVERNA
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1. SEMBLANZA BIOGRÁFICA
Platón nace en la primavera del año 427 a. C., justo cuando comenzaban las Guerras del Peloponeso, y en el seno de una de las más altas familias de la aristocracia ateniense. Se decía que los antepasados de su padre, Aristón, se remontaban hasta el rey Codros y que los de su madre, Perictione, provenían de Solón, el primer gran legislador de Atenas. Tanto la familia paterna como la materna remontaban sus antepasados hasta el dios Poseidón, pues haciéndose descendientes de los dioses es como los aristócratas pretendían asegurar su superioridad y el carácter "natural” de su excelencia o virtud (areté). Su verdadero nombre fue Aristocles. Lo de Platón es un apodo que significa el de grandes espaldas.
Platón tuvo una educación exquisita, como convenía a alguien de su elevada cuna, aprendiendo de los grandes poetas de su pueblo: Homero, Hesiodo, Píndaro, la tragedia y la comedia, así como de la retórica de su tiempo. De este modo, comenzó escribiendo poesía, epigramas y ditirambos. Su primer maestro fue Cratilo, quien le inició en la filosofía de Heráclito.
A la edad de 20 años le llegó el acontecimiento más importante de su juventud y de su vida: el conocimiento de Sócrates. Y aunque el maestro contaba con 63 años, entre ambos surgió una profunda amistad. Tras este encuentro, Platón quemó toda su producción literaria para consagrarse a la filosofía.
Por aquél entonces sus tíos Critias y Cármides le invitaron a colaborar con el gobierno de los Treinta Tiranos, un gobierno títere, puesto por los espartanos a la vencida Atenas. Platón se dio cuenta de que todos los esfuerzos de ese gobierno iban encaminados a defenestrar a sus rivales políticos, los demócratas, intentando incluso involucrar a Sócrates en actos criminales, por lo que los abandonó.
Alos 28 años de edad, y ya con los demócratas en el poder, Platón tuvo que asistir a la injusta condena a muerte de su maestro Sócrates. Jamás le perdonaría a la democracia tamaña atrocidad y siempre guardó hacia su maestro un gran recuerdo, poniéndolo como principal personaje interlocutor en todos sus Diálogos.
Tras la muerte de Sócrates, se fue a Megara y regresó para servir como jinete en el ejército ateniense entre los años 395 y 394 a.C.
En el año 390 emprendió una serie de viajes al extranjero que le llevaron más de diez años por tierras de Egipto, Cirene y Sicilia. En Egipto quedó impresionado por su antiquísima y sólida cultura. Luego marcho a Cirene, a estudiar geometría con el célebre matemático Teodoro. Seguidamente viajó por la Magna Grecia, donde estableció relación con los pitagóricos. Finalmente acabó en la ciudad siciliana de Siracusa, en la corte del tirano Dionisio I, quien, después de haberle recibido amablemente, lo metió en un barco de guerra, lo llevó a Egina y allí lo vendió como esclavo. De esa penosa situación lo salvó un paisano suyo, Aniceris de Cirene, que pagó su rescate, con lo que nuestro filósofo pudo volver a Atenas.
Una vez en Atenas, en el año 387, fundó la Academia, su famosa escuela, la que ha sido considerada como la “primera universidad de occidente”, centro de formación de filósofos, estadistas y científicos. Allí desarrolló Platón toda su actividad filosófica, interrumpida por dos viajes más que hizo a Sicilia, por ver si conseguía hacer realidad sus ideales políticos aprovechando que El tirano Dionisio I había muerto y que su sucesor, Dionisio II, parecía más dócil y abierto hacia las ideas platónicas, como así se lo hizo creer a Platón su mentor en la corte, Dion. Pero, sin que se sepa exactamente por qué, Dión es desterrado y Platón aprensado nuevamente.
A su vuelta a Atenas, entra en un periodo de decepción que se ve reflejado en sus diálogos de vejez, cada vez más escépticos y desencantados. El asesinato, en plena juventud, de su querido amigo Dion, sumió a Platón en un estado de abatimiento que ensombreció el último tercio de su vida.
2. SEMBLANZA FILOSÓFICA
Las influencias más claras de la filosofía de Platón son la de Heráclito, de quien toma el sentido de la dialéctica, la de Pitágoras, de quien toma la importancia enorme que la geometría tendrá a lo largo de todo el pensamiento platónico, la de Parménides, de quien tomará las características que este filósofo había dado al ser, para luego llevarlas a la teoría platónica de las ideas y, cómo no, la enorme influencia de su maestro Sócrates, de quien tomó en primer lugar la importancia que este filósofo, frente al relativismo de sus rivales sofistas, otorgaba a los conceptos como objetivos y determinadores de lo real.
A la hora de elaborar su pensamiento filosófico, Platón parte de las preguntas más radicales de la metafísica: ¿Qué es la realidad? ¿Qué relación hay entre lo uno y lo múltiple? ¿Qué relación hay entre el ser y el devenir? Para responder a ella, hace una síntesis entre pensamiento de Heráclito, quien afirmaba que todo cambia y nada permanece, y el pensamiento de Parménides, quien afirmaba que el ser es uno e inmóvil y, por tanto, toda pluralidad, así como todo cambio y movimiento, son una ilusión. Mediante esta síntesis elabora su conocida teoría de las ideas.
El ser verdadero, la verdadera realidad se halla constituida por las ideas, las cuales tienen todas las características que Parménides le dio al ser: son eternas, inmóviles, incorruptibles, perfectas y no dependen del pensamiento para existir, pues son objetivas, existiendo, por sí mismas, en el mundo inteligible. Las ideas están ordenadas en una jerarquía a la cabeza de la cual están les tres principales principales: la Belleza, la Verdad y el Bien. Esta disposición de las ideas que hace Platón es la que ha establecido firmemente en el pensamiento occidental la tesis de que lo bueno es bello y que lo bello es verdadero.
Las cosas, por su parte, son simples copias de las ideas. Esto no quiere decir que las cosas sean una ilusión, que la pluralidad, el cambio y el movimiento no existan, como sostenía Parménides, sino que son una realidad “menor”, en tanto que su ser es una simple participación imperfecta de las ideas. Las cosas no pueden ser perfectas, para Platón, porque están hechas de materia y la materia, para este filósofo, es fuente de corrupción. Es por esta razón que se puede decir de una muchacha que es bella, pero que en modo alguno es la Belleza, o de un caballo que es veloz, pero que en modo alguno es la Velocidad. Siendo las cosas imperfectas, están sometidas al cambio, la corrupción y la desaparición y habitan en el mundo sensible.
Platón, como podemos ver, duplica la realidad al separar el mundo inteligible de las ideas del mundo sensible de las cosas y sobre esta duplicidad elabora su teoría del hombre, su antropología.
El hombre es fundamentalmente un alma, simple e inmortal y, por tanto, de la misma naturaleza que las ideas. De hecho el alma, para Platón, gozaba de una existencia anterior y bienaventurada en el reino de las ideas. Pero esa alma sufre la desgracia de haber “caído” prisionera de un cuerpo que, al ser materia, constituye su prisión y su tumba. Sobre la base de esta antropología, platón elabora su gnoseología, su teoría del conocimiento.
La distancia que existe entre el mundo inteligible de las ideas, perfecto en sí mismo y el mundo sensible de las cosas, seria insalvable de no ser porque el hombre pertenece a ambos mundos. El alma es la verdadera naturaleza del hombre y, al haber tenido una existencia feliz y bienaventurada en el reino de las ideas, alcanzó allí todos los conocimientos que se pueden tener, en especial el conocimiento del Bien. Pero al caer prisionera de un cuerpo, “olvida” todo lo que vivió en su anterior existencia y hay que írselo sacando poco a poco. Esta es la famosa teoría platónica de la anámesis o recuerdo: conocer es simplemente recordar. Este conocimiento como recuerdo de lo que ya se sabe, porque se lleva en el alma, sólo es posible alcanzarlo, en opinión de Platón, mediante la dialéctica, es decir, mediante un profundo diálogo con verdaderos maestros como lo fue Sócrates, en el que las partes dialogantes estén dispuestas a escucharse mutuamente y estén dispuestas a buscar juntas la verdad. Este ideal de Platón lo expresa, con su sencillez habitual, el gran Antonio Machado en estos versos:
Tu verdad no, la verdad.
Y ven conmigo a buscarla.
La tuya, guárdatela.
Pero el camino hacia el conocimiento no es fácil. Antes bien, es una dura ascensión del alma, desde el mundo sensible al mundo inteligible, que Platón nos narra en el libro VII de uno de sus principales diálogos, La República, mediante su conocida alegoría de la caverna.
LA JUSTICIA EN LA POLIS COMO OBJETIVO DE LA FILOSOFÍA DE PLATÓN
Ética y política son imprescindibles para los griegos. El hombre no es para ellos un mero individuo, sino que forma parte de la Polis como ciudadano y a ella ha de entregar lo mejor de sí mismo.
En el seno de la sociedad aristocrática, donde el concepto de virtud o areté estaba estrechamente ligado al cumplimiento de los deberes como ciudadano en el marco de un vocabulario moral rígidamente establecido, vivir en el seno de la Polis conforme a los valores imperantes no ofrecía dificultad especial. Es en el seno de las profundas transformaciones socioeconómicas que se producen en el siglo de Pericles cuando el debate ético-político entre Sócrates y los sofistas trasluce una sociedad en la que los tradicionales significados atribuidos a los términos morales han perdido su vigencia, cuando la política se torna una cuestión de vital importancia en el pensamiento griego.
Frente a los sofistas y su total escepticismo y relativismo que, en última instancia, lo que propone es la pluralidad de lenguajes y la equivalencia de los discursos (ya que no podemos conocer la verdad) se alza Sócrates con su preocupación por cómo podemos conocer la correcta manera de vivir. Esta preocupación de Sócrates por llegar a un conocimiento ético que despoje a los conceptos morales del relativismo en que han caído con los sofistas influirá notablemente en Platón, el cual entenderá, al hilo de su teoría de las ideas, que la mejor manera de vivir es establecer la justicia en el seno de la Polis como armonía entre las distintas clases de ciudadanos que la componen.
LA TEORÍA DE LAS IDEAS Y SU INFLUENCIA EN LA NATURALEZA HUMANA
En el marco de la ontología platónica, que duplica el mundo al convertir los objetos sensibles en meras copias de las ideas eternas e inmutables, Platón instaura un dualismo en el que la realidad, lo que verdaderamente es, el "ontos on", está constituido por las ideas frente al mundo sensible que, en tanto mundo de lo concreto o "topos oratos", únicamente adquiere el status de mundo aparente.
En el reino de las ideas coloca Platón las tres ideas principales -el Bien, la Belleza y la Justicia- como supremas realidades absolutamente consistentes, inabarcables e independientes. El Bien como idea suprema de la que brotan las otras dos; la Belleza como la luz que bañando de claridad a las realidades físicas las hace bellas y la Justicia como la que regula las relaciones entre las partes componentes del alma individual, relaciones sobre las que descansa asimismo el conjunto social y las virtudes, tanto singulares como colectivas.
La justicia es, pues, dentro de la teoría de las ideas de Platón, sinónimo de armonía. Sobre la armonía de las partes supuestamente naturales de que consta el alma, descansará, para Platón, la armonía de las partes de que consta la Polis y ello nos dará la mejor forma de vivir en sociedad. Pero su teoría política no sería posible si Platón no nos ofreciese la posibilidad de salvar el abismo existente entre el reino de las ideas y el reino de los objetos sensibles mediante el conocimiento dentro de su teoría de la anámesis. Así, el bien, la belleza y la justicia deben ser encontrados en el seno de las ideas trascendentes, ya sea mediante una especie de iluminación religiosa como en el Simposio, ya sea mediante un duro entrenamiento en el arte de la dialéctica a cargo de maestros autorizados. Pero, en cualquier caso, el conocimiento de las ideas no es en nosotros sino mera reminiscencia, mero recuerdo que el alma tiene de las verdades supremas que ya conoció en su anterior existencia como alma separada del cuerpo. Sobre la posibilidad de que existan hombres (los filósofos) capaces de llegar a conocer las ideas eternas e inmutables, radica, para Platón, la posibilidad de ordenar de forma adecuada la sociedad conforme a la idea de justicia.
LA NATURALEZA HUMANA Y SU INFLUENCIA EN LA POLIS
La antropología platónica divide el alma en tres partes o clases -concupiscible, irascible y racional- que se relacionan entre sí de manera jerárquica y que traducen por todos los poros creencias pitagóricas y órficas sobre la separación de un alma inmortal de un cuerpo que constituye su prisión y su tumba.
MckIntyre señala que la doctrina tripartita del alma la apoya Platón en la existencia de conflictos. Partiendo del hecho de que los hombres poseen deseos contrarios, Platón llega a la conclusión de que un mismo individuo no puede tener deseos incompatibles, por lo que se hace necesario postular que en el alma hay partes que entran en conflicto entre sí. Platón utiliza este erróneo razonamiento para dividir el alma en partes dominadas por los apetitos y una parte dominada por la razón la cual tiene la misión de doblegar a las pasiones. De este modo Platón divide el alma humana en alma concupiscible, cuya sede sitúa en el bajo vientre y a la que hace responsable de las pasiones "innobles" del individuo (instinto de conservación, placer sexual), el alma irascible, situada en el tórax y sede de las pasiones "nobles" (valor, ira, ambición) y finalmente el alma racional, situada en la cabeza y cuya función es el puro pensar y el contemplar la verdad. Todos los hombres poseen estos tres tipos de alma y en cada uno hay un tipo de alma que domina sobre los otros dos. Además, según la doctrina de la encarnación, el alma, después de la muerte del cuerpo está unos mil años transmigrando a otros cuerpos sucesivamente, eligiendo su destino, con lo que el mal que nos puede acarrear el elegir un tipo de encarnación que nos aparte de la contemplación de la verdad, recae únicamente en nosotros mismos.
Según sea la parte del alma que domine en un individuo determinado, así será el papel que le corresponde desempeñar en el seno de la sociedad que Platón propone.
LA JUSTICIA EN LA POLIS
La República de Platón, comienza con la exigencia, en el más claro intelectualismo moral socrático, de definir qué es la justicia. La respuesta será para Platón mostrar, aparte de lo que la justicia es en el alma, lo que ésta es en un Estado en el que se satisfacen todas las necesidades.
Platón se basa, para su exposición, en dos creencias, una probablemente falsa y otra falsa sin duda. La primera consiste en la conveniencia de que cada hombre realice un trabajo específico, de modo que la división del trabajo se convierte en la mejor situación posible en una sociedad. La segunda es que los hombres están divididos por naturaleza de acuerdo con su mejor adecuación a estas funciones.
La división del trabajo en La República se efectúa atendiendo a las disposiciones naturales de los individuos, que, como hemos visto, vienen determinadas por el tipo de alma que en cada uno de ellos prevalece. Esto da lugar a las tres clases de ciudadanos: los artesanos, cuya alma dominante es la concupiscible y cuya virtud a desarrollar es la templanza, se encargan de las tareas productivas; los guardianes, cuyo tipo de alma es la irascible y cuyas virtudes son la fortaleza y el valor, tienen por función defender a la República de sus enemigos y garantizar el orden interno, y finalmente los filósofos, cuyo tipo de alma predominante es la racional y cuya virtud característica es la prudencia, son los encargados de las tareas de gobierno y de la educación de los ciudadanos. De entre los mejores de la clase de los guardianes pueden surgir nuevos miembros para la clase de los filósofos gobernantes.
La justicia en la Polis como objetivo final de la filosofía de Platón radica en que cada clase desempeñe lo mejor posible la función que por la natural composición del alma de sus miembros le corresponde. Con ello se produce la justicia como armonía entre las partes integrantes de la República.
Platón pretende, sin duda, reaccionar contra la nefasta política de los Treinta Tiranos y lo hace desde sus profundas convicciones pro aristocráticas. Diseña por ello una República ideal e irrealizable en la que, al igual que en el alma del individuo las partes no racionales deben estar sometidas a la razón, las clases que la componen deben someterse a los filósofos gobernantes. Sin embargo toda la ética y la política platónicas se basan en la presuposición de que existe algo tal como la verdad de cómo deben vivir los hombres y que, por ende, existen individuos -los filósofos- conocedores de esa verdad. Hoy en día, tras siglos de historia desde que Platón dejara este mundo, sabemos que cuando alguien cree que conoce la verdad última sobre cómo debemos vivir y gobernarnos, cae automáticamente en la intolerancia y el despotismo.
PLATÓN
TEORÍA DE
LAS IDEAS
La teoría de las Ideas representa el núcleo de la filosofía platónica, el
eje a través del cual se articula todo su pensamiento. No se encuentra
formulada como tal en ninguna de sus obras, sino tratada, desde diferentes
aspectos, en varias de sus obras de madurez como "La República",
"Fedón" y "Fedro". Por lo general se considera que la
teoría de las Ideas es propiamente una teoría platónica, pese a que varios
estudiosos de Platón, como Burnet o Taylor, hayan defendido la tesis de que
Platón la había tomado directamente de Sócrates. Los estudios de D. Ross, entre
otros, han puesto de manifiesto las insuficiencias de dicha atribución,
apoyando así la interpretación más generalmente aceptada.
La
formulación tradicional
Tradicionalmente se ha interpretado la teoría de las Ideas de la siguiente
manera: Platón distingue dos modos de realidad, una, a la que llama
inteligible, y otra a la que llama sensible. La realidad inteligible, a la que
denomina "Idea", tiene las características de ser inmaterial, eterna,
(ingenerada e indestructible, pues), siendo, por lo tanto, ajena al cambio, y
constituye el modelo o arquetipo de la otra realidad, la sensible, constituida
por lo que ordinariamente llamamos "cosas", y que tiene las características
de ser material, corruptible, (sometida al cambio, esto es, a la generación y a
la destrucción), y que resulta no ser más que una copia de la realidad
inteligible.
La primera forma de realidad, constituida por las Ideas, representaría el
verdadero ser, mientras que de la segunda forma de realidad, las realidades
materiales o "cosas", hallándose en un constante devenir, nunca podrá
decirse de ellas que verdaderamente son. Además, sólo la Idea es susceptible de
un verdadero conocimiento o "episteme", mientras que la realidad
sensible, las cosas, sólo son susceptibles de opinión o "doxa". De la
forma en que Platón se refiere a las Ideas en varias de sus obras como en el
"Fedón" (el alma contempla, antes de su unión con el cuerpo, las Ideas)
o en el "Timeo" (el Demiurgo modela la materia ateniéndose al modelo
de las Ideas), así como de la afirmación aristotélica en la
"Metafísica" según la cual Platón "separó" las Ideas de las
cosas, suele formar parte de esta presentación tradicional de la teoría de las
Ideas la afirmación de la separación ("khorismós") entre lo sensible
y lo inteligible como una característica propia de ella.
El dualismo
sensible/inteligible
Una de las primeras consecuencias que se ha extraído de esta presentación
tradicional de la teoría de las Ideas es, pues, la "separación" entre
la realidad inteligible, llamada también mundo inteligible ("kósmos
noetós") y la realidad sensible o mundo visible ("kósmos
horatós"), que aboca a la filosofía platónica a un dualismo que será
fuente de numerosos problemas para el mantenimiento de la teoría, y que
Aristóteles señalará como uno de los obstáculos fundamentales para su
aceptación.
Lo
inteligible
En cuanto a las Ideas, en la medida en que son el término de la definición
universal representan las "esencias" de los objetos de conocimiento,
es decir, aquello que está comprendido en el concepto; pero con la
particularidad de que no se puede confundir con el concepto, por lo que las
Ideas platónicas no son contenidos mentales, sino objetos a los que se refieren
los contenidos mentales designados por el concepto, y que expresamos a través
del lenguaje. Esos objetos o "esencias" subsisten independientemente
de que sean o no pensados, son algo distinto del pensamiento, y en cuanto tales
gozan de unas características similares a las del ser parmenídeo. Las Ideas son
únicas, eternas e inmutables y, al igual que el ser de Parménides, no pueden
ser objeto de conocimiento sensible, sino solamente cognoscibles por la razón.
No siendo objeto de la sensibilidad, no pueden ser materiales. Y sin embargo
Platón insiste en que son entidades que tienen una existencia real e
independiente tanto del sujeto que las piensa como del objeto del que son
esencia, dotándolas así de un carácter trascendente. Además, las Ideas son el
modelo o el arquetipo de las cosas, por lo que la realidad sensible es el
resultado de la copia o imitación de las Ideas. Para los filósofos pluralistas
la relación existente entre el ser y el mundo tal como nosotros lo percibimos
era el producto de la mezcla y de la separación de los elementos originarios
(los cuatro elementos de Empédocles, las semillas de Anaxágoras o los átomos de
Demócrito); también Platón deberá explicar cuál es la relación entre ese ser
inmutable y la realidad sometida al cambio, es decir entre las Ideas y las
cosas. Esa relación es explicada como imitación o como participación: las cosas
imitan a las Ideas, o participan de las Ideas.
Lo sensible
Por su parte la realidad sensible se caracteriza por estar sometida al
cambio, a la movilidad, a la generación y a la corrupción. El llamado problema
del cambio conduce a Platón a buscar una solución que guarda paralelismos
importantes con la propuesta por los filósofos pluralistas: siguiendo a
Parménides hay que reconocer la necesaria inmutabilidad del ser, pero el mundo
sensible no se puede ver reducido a una mera ilusión. Aunque su grado de
realidad no pueda compararse al de las Ideas ha de tener alguna consistencia, y
no puede ser asimilado simplemente a la nada. Es dudoso que podamos atribuir a
Platón la intención de degradar la realidad sensible hasta el punto de
considerarla una mera ilusión. La teoría de las Ideas pretende solucionar,
entre otros, el problema de la unidad en la diversidad, y explicar de qué forma
un elemento común a todos los objetos de la misma clase, su esencia, puede ser
real; parece claro que la afirmación de la realidad de las Ideas no puede pasar
por la negación de toda realidad a las cosas.
LA REVISIÓN
CRÍTICA DE LA TEORÍA DE LAS IDEAS
En los diálogos de vejez, especialmente en los llamados diálogos críticos
y, entre ellos, en el "Parménides", Platón revisa la teoría de las
Ideas, especialmente en lo referente a la relación de las Ideas con las cosas y
a las clases de Ideas, así como las relaciones que pueda haber entre ellas. Por
lo que respecta a la relación entre las Ideas y las cosas expone Platón dos
formas de relación: la imitación y la participación. La semejanza mutua que existe entre
los objetos es el resultado de la imitación de un modelo que permanece él mismo
inmutable; pero tal afirmación plantea, dice Parménides, un problema que no
parece de menor importancia: si eso es así, entonces la semejanza que existe
entre los objetos de la misma clase y el modelo que imitan deberá tener a su
vez su razón explicativa en un tercer modelo al que imiten tanto la Idea como
las cosas; y este argumento se podría realizar indefinidamente, ya que siempre
necesitaríamos recurrir a un tercer modelo explicativo de las sucesivas
semejanzas que van apareciendo (es el argumento conocido como el del
"tercer hombre"). ¿Qué ocurre si en lugar de imitación hablamos de
participación? Los problemas no parecen desaparecer, sino multiplicarse:
¿Participan las cosas de toda la Idea o sólo de una parte de ella? En el primer
caso tendría que haber tantas Ideas como cosas, lo que contradice la no
multiplicidad de Ideas; en el segundo caso las cosas participarían sólo de una
parte de la Idea, lo que también contradice los principios de la
indivisibilidad de las Ideas. En el transcurso de la discusión Sócrates es
incapaz de solucionar los problemas que le plantea Parménides, pero se resiste
a abandonar la teoría de las Ideas. De hecho Platón no la abandonará nunca.
Otra cuestión que se discute es la de si existen Ideas de todas las cosas o
sólo de los objetos o realidades nobles; Sócrates vuelve a reconocer lo absurdo
que parece afirmar que existen Ideas de cosas innobles y abyectas, como el pelo
y cosas así, pero tampoco está dispuesto a renunciar a su teoría: parece que
tiene que haber Ideas de todas las cosas y que de alguna manera esos objetos
universales, las esencias, han de ser reales y han de existir.
La
jerarquización de las Ideas
Las Ideas, por lo demás, están jerarquizadas. El primer rango le
corresponde a la Idea de Bien, tal como nos lo presenta Platón en la
"República", aunque en otros diálogos ocuparán su lugar lo Uno, (en
el "Parménides"), la Belleza, (en el "Banquete"), o el Ser,
(en el "Sofista"), que representan el máximo grado de realidad,
siendo la causa de todo lo que existe. A continuación vendrían las Ideas de los
objetos éticos y estéticos, seguida de las Ideas de los objetos matemáticos y
finalmente de las Ideas de las cosas. Platón intenta también establecer una
cierta comunicación entre las Ideas y, según Aristóteles, terminó por
identificar las Ideas con los números, identificación de la que sí tenemos
constancia que realizaron los continuadores de la actividad platónica en la
Academia.
El origen de
la Teoría de las Ideas
¿Cuál es la génesis de la teoría de las Ideas? Descartada la hipótesis de
que Platón la hubiera tomado tal cual de Sócrates, como hemos visto
anteriormente, podemos distinguir dos corrientes de influencia en la
elaboración de la teoría de las Ideas. Por una parte, las enseñanzas socráticas,
centradas en la búsqueda de la definición universal, habían apuntado la
necesidad de destacar el elemento común entre todos los objetos de la misma
clase. Ese objeto común o término del conocimiento, que en Sócrates no dejaba
de ser un término lingüístico, es convertido por Platón en algo independiente
del conocimiento y del lenguaje: de la afirmación de la necesaria realidad de
ese objeto común Platón concluye que debe existir independientemente de la
mente que lo concibe, y lo llama Idea. Por otra parte, las investigaciones de
los filósofos anteriores, tanto de las escuelas jónicas como de las escuelas
itálicas, habían puesto de manifiesto también la necesidad de reconocer la
unidad en la diversidad, a través de la búsqueda del arjé. La preocupación
socrática, limitada estrictamente a los objetos éticos, es extendida por Platón
a la investigación de los objetos naturales: del mismo modo que debe existir
una definición universal de "virtud", ha de existir una definición
universal de todos y cada uno de los componentes de la realidad. Dado que
Platón hace del término de esa definición universal una Idea, una realidad
subsistente, termina por postularla detrás de los objetos éticos y de los
objetos naturales.
La Teoría de
las Ideas en el pensamiento de Platón
En los primeros diálogos no hallamos nada que nos pueda sugerir que Platón
hubiera estado en posesión de la teoría de las Ideas. El discurso socrático en
estos diálogos está orientado hacia la búsqueda de una definición de las
virtudes, teniendo una intencionalidad fundamentalmente ética. En los diálogos
de transición sí encontramos algunos elementos que parecen orientar el
pensamiento de Platón hacia dicha teoría, como puede ser la formulación de la
teoría de la reminiscencia en el "Menón". Sí encontramos esa
formulación en los diálogos de madurez: "Fedón", "Fedro",
"República" y "Banquete", en los que, a raíz de distintos
temas, Platón presenta la teoría de las Ideas apoyándose en explicaciones
figuradas que vienen recogidas en los más conocidos mitos de Platón. En dicho
período podemos destacar una intención gnoseológica compatible con la intención
ontológica con la que generalmente se identifica la teoría de las Ideas, es
decir, con lo que podríamos llamar la metafísica platónica. Y aunque en el período
de vejez Platón adopta una actitud crítica con la teoría de las Ideas no parece
haberla abandonado nunca.
COSMOLOGÍA
En el "Timeo", una de las obras escritas en el período de vejez,
nos expone Platón su cosmología, inspirada, como el resto de sus grandes
concepciones, en la Teoría de las Ideas. Es a partir de ellas como el Demiurgo
modela la materia y da lugar así a la constitución de nuestro universo. El
Timeo es una de las obras de vejez de Platón en la que encontramos expuesta por
primera vez, sin embargo, su cosmología. La obra comienza con una referencia al
mito de la Atlántida (que será completado y desarrollado en el Crítias).
La
cosmología en el Timeo
A continuación pasa a exponer su cosmología, a la que siguen numerosas
consideraciones sobre el alma del mundo, el tiempo, el lugar, las clases de
seres vivos y el análisis de las diversas características de los cuerpos, entre
otras. Timeo, que es presentado como conocedor de las ciencias de la
naturaleza, particularmente la astronomía, y originario de las regiones
itálicas en las que se había desarrollado el pitagorismo, es el encargado de
exponer el pensamiento de Platón. La cosmología que nos presenta está basada en
la teoría de las Ideas. Antes de iniciar su exposición se plantea la pregunta
siguiente: ¿En qué consiste lo que existe siempre y lo que
cambia siempre? Lo que existe siempre son las Ideas, y lo que cambia siempre es
el universo; por ello no hay estrictamente hablando ciencia de la naturaleza,
sino solamente simples conjeturas o de explicaciones probables acerca de ella.
Estamos, pues, ante una explicación verosímil, por lo que no debemos atribuir
literalmente a todas las afirmaciones el carácter de reflejar objetivamente el
pensamiento de Platón sobre el tema.
Los
elementos de la explicación cosmológica
Los elementos fundamentales que interviene en la explicación cosmológica
son, pues, las Ideas y la materia, a las que hay que añadir el Demiurgo,
(especie de semidiós artesano del universo, y su causa eficiente), y el vacío,
necesario para explicar el movimiento. Simplificando las explicaciones, siempre
alegóricas, de Platón podríamos resumir su pensamiento de la siguiente manera:
las Ideas, que existen eternamente en algún lugar, son contempladas por el
Demiurgo quien, admirado por su perfección y belleza pretende trasladarlas a la
materia, que se halla sumida en el caos y el desorden, sometida como está al
movimiento. Tomando como modelo esa perfección y belleza de las Ideas el
Demiurgo modela la materia, introduciendo en su originario caos y desorden, el
orden: la belleza y la armonía. El Demiurgo es presentado por Platón como un
ser bondadoso cuya intención es la de hacer participar a la materia de la
bondad y perfección de las Ideas, por lo que ha de suponerse que el mundo resultante
es el mejor de los mundos posibles. Las imperfecciones del mismo no son
atribuibles al Demiurgo, sino a las características propias de la imperfección
de la materia. Por lo demás, no debemos concebir el Demiurgo como un dios
creador, puesto que trabaja sobre materiales ya preexistentes.
El cosmos
como animal eterno
En el centro del mundo el Demiurgo colocó un alma que se extiende por
doquier por el universo, y que creó a partir de la combinación de las Ideas y
de la existencia divisible del devenir, de las cosas sensibles, pero también de
lo Mismo y lo Otro, gozando por ello de una realidad intermedia. Las almas
inmortales son formadas también por el demiurgo a partir de una composición
similar a la del alma cósmica, por lo que tanto unas como otra participan de
los dos mundos. El cosmos se ve convertido así en un animal eterno.
Parece ser, pues, que la intención de Platón es la de insistir, frente a
las teorías mecanicistas de Demócrito, por ejemplo, frente a un universo
caótico y sin finalidad ninguna, en la visión de un cosmos ordenado siguiendo
los dictados de la inteligencia. La actuación del Demiurgo está sometida, pues,
a un fin: trasladar el orden del mundo de las Ideas a la materia, ofreciéndonos
así una explicación finalista, teleológica, del universo.
ANTROPOLOGÍA
Y PSICOLOGÍA: EL ALMA EN LA TRADICIÓN GRIEGA Y EN PLATÓN
La concepción del hombre en Platón está también inspirada en la teoría de
las Ideas. El hombre es el resultado de una unión "accidental" entre
el alma, inmortal, y el cuerpo, material y corruptible, dos realidades
distintas que se encuentran unidas en un solo ser de modo provisional, de tal
modo que lo más propiamente humano que hay en el hombre es su alma, a la que le
corresponde la función de gobernar, dirigir, la vida humana. Tanto la
concepción del alma como la de sus funciones en relación con el cuerpo sufrirán
diversas modificaciones a lo largo de la obra de Platón, aunque se mantendrá
siempre la afirmación de su unión accidental.
El alma en
la tradición griega
La idea de que existe un alma (psyche), no obstante, no es en absoluto
original de Platón. Tanto la tradición cultural griega como la de otras muchas
culturas de la época dan por supuesto la existencia del "alma", y el
término que utilizan para referirse a ella significa primordialmente
"principio vital", entendiendo por ello una suerte de potencia o
capacidad que da la vida a los seres. Parece obvio, pues, que todo ser vivo ha
de poseer ese principio vital, o "alma", por definición. En la
tradición griega el tema de la existencia del alma no representa, pues, ningún
problema, desde esa perspectiva. En la tradición homérica, por ejemplo,
encontramos referencias no sólo al alma, sino también a una vida posterior a la
muerte; aunque esta vida posterior no pase de ser una imagen fantasmal de la
vida plena sobre la tierra, y en que se cambiaría gustosamente de nuevo por la
vida terrestre. Tampoco parece haber nada superior en el alma, en el sentido de
que sea la parte más noble o elevada del hombre.
El alma en Platón
Pero Platón no se limita a afirmar la existencia del alma, sino que la dota
también de otras características además de la de ser "principio
vital". Y es en estas características en donde se encuentra la
originalidad de la interpretación platónica. El alma, nos dice Platón, es
inmortal, transmigra de unos cuerpos otros y es, además, principio de
conocimiento. En la medida en que conocemos "por" el alma, ésta ha de
ser homogénea con el objeto conocido, es decir, con las Ideas, por lo que no
puede ser material. La idea de que el alma es inmortal y transmigra le viene a
Platón, casi con toda seguridad, de los pitagóricos. A su vez éstos la habían
tomado con probabilidad del orfismo, movimiento de carácter religioso y
mistérico que se desarrolla en Grecia a partir del siglo VIII, y cuya creación
fue atribuida a Orfeo. Se trataba, al parecer, de una renovación del culto
dionisíaco que se proponía alcanzar la purificación a través de rituales
ascéticos, en la creencia de la inmortalidad y transmigración (metempsícosis)
de las almas, que se encontrarían encerradas en el cuerpo como en una prisión.
Pero, para quienes no fueran próximos al orfismo o al pitagorismo, la
afirmación de la inmortalidad del alma no podía dejar de ser una afirmación
sorprendente. De ahí la necesidad de Platón de demostrar dicha inmortalidad.
Evolución de
la concepción del alma en Platón
Las referencias a la inmortalidad del alma, así como los primeros intentos
por abordar su demostración, los encontramos en los llamados diálogos de transición;
aunque será en los diálogos de madurez, (en el Fedón, Fedro...), en donde se
desarrollen las pruebas fundamentales, siendo ratificada la creencia en la
inmortalidad del alma en uno de los diálogos de vejez, en el Timeo. Por lo que
respecta a los diálogos de transición la inmortalidad del alma aparece referida
en el mito del día del juicio del Gorgias; pero será sobre todo en el Menón en
donde encontremos una primera demostración de su inmortalidad, basada en la
también innovadora teoría de la reminiscencia (anamnesis).
La
inmortalidad del alma en el "Menón"
El Menón tiene por
objeto la investigación acerca de si la virtud es enseñable. El joven Menón
dialoga con Sócrates acerca de esta cuestión y, al igual que ocurre en otros
diálogos, Sócrates lleva la discusión hacia el tema de la definición universal:
¿cómo podremos saber si la virtud es enseñable, o no, si no sabemos antes lo
que es la virtud? Antes de decidir si tal objeto posee o no tal cualidad es
necesario saber qué es ese objeto, por lo que la discusión se encamina hacia la
búsqueda de la definición universal de virtud. Luego de haber propuesto algunas
definiciones de virtud que Sócrates demuestra ser inaceptables, y ante la
dificultad de encontrar una definición universal de la virtud, Menón le
pregunta Sócrates que cómo se puede investigar algo que no se conoce. Sócrates
reconoce la dificultad del argumento de Menón, al que califica de
"argumento polémico", puesto que de él se sigue que no se puede
investigar nada: ni lo que se conoce, porque ya se conoce; ni tampoco lo que no
se conoce, pues, en caso de encontrarlo ¿cómo sabríamos que era lo que
estábamos buscando? La alternativa que propone Sócrates, y que dice haber
conocido a través de una sacerdotisa experta en las cosas divinas, es la de una
nueva explicación del conocimiento: la teoría de la reminiscencia. Aprender no
es apropiarse de algo ajeno al alma, sino recuperar lo que el alma ya poseía de
alguna manera, es decir, recordar lo que desde luego ya sabía. ¿Cuándo ha
conocido el alma lo que recuerda? Puesto que no ha sido en esta vida ha tenido
que ser necesariamente en una vida anterior, de donde se sigue que el alma es
inmortal. Pero todavía no encontramos aquí una referencia a la teoría de las
Ideas, de modo que sería precipitado suponer que son las Ideas lo que ha
conocido el alma en la otra vida. Por supuesto que la inmortalidad del alma
dependen directamente de la aceptación de la teoría de la reminiscencia: si no
aceptamos la teoría de la reminiscencia ¿cómo superamos el argumento polémico
que plantea Menón? En ese caso tendríamos que renunciar a la investigación, lo
que ni Sócrates ni Menón parecen dispuestos a aceptar.
ANTROPOLOGÍA
Y PSICOLOGÍA: LA INMORTALIDAD DEL ALMA EN EL “FEDRO”
En el Fedro (245c)
encontramos un nuevo argumento sobre la inmortalidad del alma, basado en la
idea de que el alma es el origen de todo movimiento; la inmortalidad del alma,
entendida el alma como origen o primer principio del movimiento, se sigue aquí
de la teoría de que el alma es el origen de la vida, el principio vital, y que
sin ella no hay vida posible; se establece una equivalencia entre vida y
movimiento, siendo el origen de ambos el alma, la única realidad que tiene
capacidad de moverse a sí misma sin necesidad de la acción de una fuerza
exterior:
"Toda alma es inmortal. Pues aquello que está siempre en movimiento es
inmortal. Todo aquello que mueve a otra cosa siendo, a su vez, movido por otra
cosa, cuando cesa su movimiento, cesa también su vida. Sólo aquello que se
mueve a sí mismo, al no fallar nunca, tampoco cesa nunca de moverse, sino que
es la fuente y principio del movimiento para todas las otras cosas que mueve.
Pues el principio nunca comenzó a existir. Y todo lo que comienza a existir
nace a partir del principio, mientras que el principio mismo no procede de
nada. Pues si el principio proviniera de alguna otra cosa, dejaría de ser
principio.
Y puesto que no comenzó, tampoco será destruido. Pues si el primer
principio fuera destruido, no podría ya originarse partir de ninguna otra cosa,
ni ninguna otra cosa podría originarse a partir de él, dado que todas las cosas
se originan a partir de un primer principio. Así, pues, el primer principio del
movimiento es aquello que se mueve a sí mismo."
Pero la afirmación de que la naturaleza del alma es simple no fue la última
palabra de Platón. Tanto en el Fedro como en el libro IV de la República, y
posteriormente en el Timeo, nos presentará el alma como siendo de naturaleza
tripartita, posición que se verá reafirmada en el Timeo. ¿Se refiere Platón a
una sola alma o a tres almas distintas? La forma de referirse Platón al alma,
tanto en el Fedro como en la República, nos permite afirmar que Platón no
concibe la existencia de tres almas distintas en el hombre, sino la de una sola
alma que realiza tres funciones distintas.
En el Fedro, en efecto, nos habla Platón de un alma tripartita en el mito
del carro alado. El alma es comparada a un carro tirado por dos caballos y
controlado por un auriga.
"El alma es como un carro de caballos alados y un auriga que forman
una unidad. Ahora bien: los caballos y aurigas de las almas de los dioses son
todos buenos y de excelente linaje; los de las otras almas, sin embargo, son
mezclados. Nuestro auriga gobierna a la pareja que conduce; uno de sus caballos
es bello y bueno y de padres semejantes, el otro es lo contrario en ambos
aspectos. De ahí que la conducción nos resulte dura y dificultosa". (246
a)
El auriga representaría la parte racional del alma, encargada de dirigir el
conjunto hacia sus fines; el caballo bueno representaría las tendencias nobles,
y el caballo malo representaría las tendencias más materiales. A diferencia de
lo que ocurría en el Fedón, donde el alma no tenía ninguna relación con las
pasiones, que eran atribuidas exclusivamente al cuerpo, en el Fedro Platón
atribuye al alma el origen de las pasiones, por lo tanto de la vida emocional
del hombre. Es un avance importante en la interpretación psicológica de la vida
humana, tratando de dar cuenta de los constantes conflictos a los que nos tiene
habituados la experiencia. No obstante, la dirección del conjunto le
corresponde al auriga, es decir, a la parte racional del alma. Esta posición
corrige el intelectualismo del Fedón y nos ofrece una visión más acorde con lo
desarrollado en la República, en la que el tipo de hombre dependerá no de la
naturaleza del alma, sino de su orientación.
LA TEORÍA
PLATÓNICA DEL CONOCIMIENTO
La primera explicación del conocimiento que encontramos en Platón, antes de
haber elaborado la teoría de las Ideas, es la teoría de la reminiscencia
(anámnesis) que nos ofrece en el Menón. Según ella el alma, siendo inmortal, lo
ha conocido todo en su existencia anterior por lo que, cuando creemos conocer
algo, lo que realmente ocurre es que el alma recuerda lo que ya sabía. Aprender
es, por lo tanto, recordar. ¿Qué ha conocido el alma en su otra existencia? ¿A
qué tipo de existencias del alma se refiere? Platón no nos lo dice, pero no
parece que esté haciendo referencia a sus anteriores reencarnaciones. El
contacto con la sensibilidad, el ejercicio de la razón, serían los instrumentos
que provocarían ese recuerdo en que consiste el conocimiento. La teoría de la
reminiscencia volverá a ser utilizada en el Fedón en el transcurso de una de
las pruebas para demostrar la inmortalidad del alma, pero Platón no volverá a
insistir en ella como explicación del conocimiento.
En la República nos ofrecerá una nueva explicación, la dialéctica, al final
del libro VI, basada en la teoría de las Ideas. En ella se establecerá una
correspondencia estricta entre los distintos niveles y grados de realidad y los
distintos niveles de conocimiento. Fundamentalmente distinguirá Platón dos
modos de conocimiento: la "doxa" (o conocimiento sensible) y la
"episteme" (o conocimiento inteligible). A cada uno de ellos le
corresponderá un tipo de realidad, la sensible y la inteligible,
respectivamente. El verdadero conocimiento viene representado por la
"episteme", dado que es el único conocimiento que versa sobre el ser
y, por lo tanto, que es infalible. Efectivamente, el conocimiento verdadero lo
ha de ser de lo universal, de la esencia, de aquello que no está sometido a la
fluctuación de la realidad sensible; ha de ser, por lo tanto, conocimiento de
las Ideas.
Platón nos lo explica mediante la conocida alegoría de la línea.
Representemos en una línea recta los dominios de los sensible y lo inteligible,
uno de ellos más largo que el otro, y que se encuentre en una relación
determinada con él, nos dice Platón. Dividamos cada uno de dichos segmentos
según una misma relación, igual a la precedente. Sobre la parte de la línea que
representa el mundo sensible tendremos dos divisiones: la primera
correspondiente a las imágenes de los objetos materiales -sombras, reflejos en
las aguas o sobre superficies pulidas-, la segunda correspondiente a los
objetos materiales mismos, a las cosas -obras de la naturaleza o del arte-. De
igual modo, sobre la parte de la línea que representa el mundo inteligible, la
primera división corresponderá a las imágenes (objetos lógicos y matemáticos),
y la segunda a los objetos reales, las Ideas.
Ahora bien, si el mundo sensible es el mundo de la opinión (doxa) y el
mundo inteligible el dominio de la ciencia (episteme) estamos autorizados a
formular la proposición siguiente: la opinión es a la ciencia lo que la imagen
es al original. Las imágenes de los objetos materiales dan lugar a una
representación confusa, que llamaremos imaginación (eikasía); los objetos
materiales dan lugar a una representación más precisa, que comporta la adhesión
del sujeto que las percibe, y a la que llamaremos creencia (pístis); por su
parte, en el mundo inteligible, las imágenes de las Ideas (objetos matemáticos)
dan lugar a un conocimiento discursivo (diánoia), mientras que las Ideas mismas
da lugar a un conocimiento intelectivo (nóesis), el conocimiento de la pura
inteligencia. La dialéctica es, pues, el proceso por el que se asciende
gradualmente al verdadero conocimiento, al conocimiento del ser, de lo
universal, de la Idea.
Las nociones matemáticas, que de una parte reflejan las Ideas puras, pero
por otra parte sólo pueden traducirse con la ayuda de símbolos sensibles, nos
proporcionan el tipo de las nociones mixtas de la diánoia: las matemáticas se
fundan sobre hipótesis a las que consideran como principios a partir de los
cuales deducen sus consecuencias, representando así la actividad del
razonamiento discursivo. La nóesis ¿en qué se diferencia entonces de la
diánoia? Por supuesto, en que se dirigen a objetos de conocimiento distintos,
si seguimos la interpretación de Aristóteles en la "Metafísica" (987
b 14 y siguientes) según la cual Platón establecía una diferencia entre las
Ideas y los objetos matemáticos en el sentido de considerar a estos como
realidades intermedias entre las formas (Ideas) y las cosas sensibles. Pero
también en cuanto a su naturaleza, pues la nóesis, aunque partiendo de las
hipótesis de la diánoia pretende rebasarlas remontándose hasta los primeros
principios, las Ideas, mediante el recurso a una abstracción pura, descendiendo
luego hasta las conclusiones que se derivan de esos primeros principios, pero
sin valerse en ningún momento de imágenes sensibles. Esta distinción entre la
diánoia y la nóesis ha dado lugar a numerosas disputas, tanto respecto a su
naturaleza y funciones como en cuanto a la posibilidad misma de su distinción
¿cómo se justifica, en efecto, la afirmación de que existen dos tipos de razón?
Platón tampoco da muchas indicaciones al respecto, ni en la República ni en
otras obras posteriores; sí aporta, al comienzo del libro VII de la República,
una interpretación figurada de la alegoría de la línea a través del conocido
mito de la caverna. Pero, en la medida en que se recurre a un mito para
explicar la alegoría de la línea, las dificultades de la interpretación
permanecen.
LA ÉTICA
PLATÓNICA
Al igual que ocurre con los otros aspectos de su filosofía la ética no es
objeto de un tratado específico en el que se aborde el tema sistemáticamente.
El hecho de que muchos de los diálogos platónicos comiencen con alguna
interrogación acerca de la virtud en general, o de determinadas virtudes en
particular, muestra claramente, sin embargo, que el interés por el análisis del
comportamiento humano no es algo accidental en Platón. Como hemos visto en su
concepción de la ciudad ideal, el objetivo de la vida del hombre no puede
reducirse a la satisfacción de sus necesidades materiales; más allá de éstas,
el hombre debe ser objeto de un desarrollo completo de su personalidad, de
acuerdo con las partes más elevadas de su alma, la irascible y la racional, con
el fin de alcanzar una felicidad identificada con la armonía de su vida.
Justicia y
ética
Si la justicia en la ciudad reside en que cada clase social haga lo que
debe hacer, la justicia en el hombre residirá también en que cada parte del
alma haga lo que debe. Ello implica que la vida buena para el hombre es una
vida en la que se atiendan las necesidades "materiales" y
"espirituales". Como vimos anteriormente la idea de que el hombre
debe dar las espaldas a todo lo que signifique materia o tenga algo que ver con
la corporeidad, defendida en el Fedón, no será mantenida en los diálogos
posteriores, en los que el alma deja de ser considerada como una entidad simple
y enfrentada al cuerpo, y pasa a ser considerada como una entidad en la que
podemos distinguir tres partes diferenciadas que permiten explicar, entre otras
cosas, los conflictos psicológicos de la vida del hombre, las distintas
tendencias que configuran su naturaleza. El conocimiento y la satisfacción de
las necesidades intelectuales deben ir acompañados de salud, moderación en el
disfrute de los bienes materiales, etc., lo que pone de manifiesto hasta qué
punto la idea de que Platón rechaza de un modo absoluto lo corporal es
injustificada. En el Banquete, por ejemplo, podemos observar cómo a través del
Eros Platón concibe el ascenso hacia las Ideas partiendo del amor a la belleza
que observamos en las cosas sensibles, luego a la belleza en el ser humano,
hasta alcanzar la contemplación de la Belleza en sí, que se identifica con el
Bien del que nos habla en la República y que representaría el grado superior de
conocimiento.
El verdadero bien del hombre, la felicidad, habrá de
alcanzarse mediante la práctica de la virtud. Pero ¿qué es la virtud? Platón
acepta fundamentalmente la identificación socrática entre virtud y
SOCIEDAD Y
POLÍTICA: LA NATURALEZA SOCIAL DEL SER HUMANO
A diferencia de los sofistas, para quienes la sociedad era el resultado de
una convención o pacto entre los individuos, para Platón la sociedad es el
medio de vida "natural" del ser humano. Si atendemos a las
características de la vida humana, en efecto, podremos observar que el ser
humano no es autosuficiente, ni en cuanto a la producción de bienes materiales
necesarios para su supervivencia, ni en cuanto a los aspectos morales y
espirituales que hacen de la vida del ser humano algo propiamente humano. Las
tendencias que inclinan al ser humano al amor, a la amistad, a la convivencia
en general, son tendencias naturales, por lo que no tendría sentido pensar que el
medio, necesariamente social, en el que se desarrollan, fuera algo no-natural.
Esta teoría de la "sociabilidad natural" del ser humano será
mantenida posteriormente también por Aristóteles.
La vida
social de los humanos
Por lo demás, forma parte de las convicciones sociales, firmemente
asentadas en la época, la idea de que la vida del hombre se identifica, de
alguna manera, con su vida social. El predominio de la ciudad-estado como forma
de organización de la vida social en Grecia fortalecía el predominio de la vida
comunal, hasta el punto de que difícilmente se podría concebir la vida del
hombre manteniéndose ajena al Estado; no obstante, esa tendencia debía ser
compatible con el individualismo que también se manifiesta en la vida y en las
tradiciones culturales griegas.
De ahí las similitudes que establecerá Platón en la República entre la
moral individual y la moral colectiva, o entre el gobierno de los bienes
individuales y el gobierno de los bienes colectivos, que le permitirá comparar
la naturaleza del hombre y la naturaleza del Estado con el fin de avanzar en
sus investigaciones. Además, hemos visto que para Platón tenía que existir el
Bien en sí (la Idea de Bien), por lo que difícilmente la referencia del buen
comportamiento del individuo puede ser distinta de la del buen comportamiento
del Estado. Tiene que existir un único modelo de comportamiento moral. Y ese
modelo ha de tener un carácter absoluto.
La teoría
política de Platón
Platón nos expone su teoría política, - que será revisada en el Político y
en Las Leyes -, en la República, obra perteneciente a su período de madurez. La
República es una obra que tiene por objeto de discusión determinar en qué
consiste la justicia. Consta de diez libros que podemos agrupar en cinco
partes, según los temas tratados: a) el libro primero en el que se plantea el
tema de qué es la justicia sería una especie de prólogo, al que seguirían b)
los libros II, III, y IV que tendrían por objeto estudiar la justicia en la
ciudad ideal, c) cuyas formas de organización, de gobierno, características de
sus clases sociales, etcétera, se establecerán en los libros V , VI y VII; d)
estudiando posteriormente los males que arrastran a las ciudades hacia la
ruina, la injusticia, en los libros VIII y IX; e) terminando la obra con la
condena de la poesía y de aquellas formas de arte que nos muestran una mala
imagen de las cosas, así como con una reflexión sobre el destino final del
alma. Por supuesto que, en el curso de las sucesivas discusiones, serán
tratados en la República otros temas de no menor importancia en la obra de
Platón, como ya hemos visto anteriormente (teoría de las Ideas, antropología,
teoría del conocimiento...)
El tema, - qué es la justicia -, se plantea, pues, en el libro primero,
ofreciéndose diversas soluciones, según la opinión de los hombres buenos, la de
los sofistas, etc., encargándose Sócrates, como es habitual en los diálogos
platónicos , de demostrar las insuficiencias de las definiciones de justicia
aportadas. Se plantea entonces la necesidad de encontrar un método que permita
llegar a esa definición de un modo más preciso.
Sócrates recalca la necesidad de que la virtud, en este caso la justicia,
sea común al hombre y a la ciudad; podríamos buscarla por lo tanto en uno y en
otra; pero dada la mayor magnitud de la ciudad deberá estar la justicia
inscrita en ella con caracteres más gruesos que en el individuo y, por lo
tanto, más fáciles de encontrar.
Pero como no hay ninguna ciudad conocida de la que realmente podamos decir
que es justa, Sócrates propone la creación de una ciudad ideal: siendo una
sociedad perfecta no podrá carecer de ninguna perfección y deberemos encontrar
en ella la justicia.
SOCIEDAD Y
POLÍTICA: LAS CLASES SOCIALES EN LA REPÚBLICA
La sociedad
ideal
¿Cómo tendría que ser una sociedad ideal? Dado que la sociedad debe existir
para satisfacer las necesidades de los hombres, y que éstos no son
independientes unos de otros ni autosuficientes para abastecerse, el primer fin
que debe garantizar toda sociedad es un fin económico. Los hombres tienen
diferentes capacidades y habilidades, siendo preferible que cada uno desarrolle
las que posee por naturaleza, lo que introduce la división del trabajo en la
organización de la sociedad. En una ciudad ideal deberán existir, por lo tanto,
todo tipo de trabajadores: granjeros, carpinteros, labradores, herreros, etc.,
de modo que todas las necesidades básicas que de garantizadas, posee una ciudad
ideal no puede faltar de nada.
Sin embargo, continúa Sócrates, una sociedad que sólo atendiera las necesidades
materiales básicas sería una sociedad demasiado dura, pues el hombre necesita
también satisfacer otras tendencias de su naturaleza relacionadas con el arte,
la poesía, la diversión en general, etc. El fin de la ciudad, que comienza
siendo estrictamente económico, no se limita a la producción de bienes, sino
que se encamina más bien a hacer posible una vida feliz para el hombre.
A medida que la sociedad aumenta en número de ciudadanos, los recursos
necesitan ser ampliados, lo que puede dar lugar a la conquista de territorios
vecinos para satisfacer las necesidades de todos, conduciendo a la guerra; pero
si seguimos el mismo principio de división del trabajo tendrá que haber
especialistas en la guerra, que sean los encargados exclusivamente de las actividades
bélicas, a los que Sócrates llamará guardianes de la ciudad.
Falta todavía, pues, algo en esta ciudad ideal: determinar quiénes serán
los encargados de gobernarla. A la clase de los artesanos y de los guardianes
hemos de añadir una tercera clase, la de los gobernantes. Éstos serán elegidos
de entre los mejores de los guardianes, que serán llamados desde entonces
"auxiliares", reservando el término de guardianes para la clase de
los gobernantes.
Las clases
sociales en la República
Del análisis de las necesidades sociales que debe cubrir una sociedad ideal
deduce Sócrates, pues, la necesaria existencia de tres clases sociales: la de
los artesanos, la de los guerreros o auxiliares, y la de los gobernantes o
guardianes. Pero cada una de estas clases ha de tener unas características
distintas a las que poseen en la sociedad actual dice Sócrates.
La clase de los artesanos, que generalmente realiza las actividades
productivas pero no obtiene los beneficios económicos de su producción, lo que
es fuente de conflictos, ha de ser en la ciudad ideal la poseedora de la
riqueza; del mismo modo será la única clase que tenga derecho a la propiedad
privada y a la familia; y ha de permitírsele disfrutar de los goces materiales
que derivan de la posesión de la riqueza.
La clase de los guerreros o auxiliares, por el contrario, no puede tener
acceso la riqueza, para evitar la tentación de defender sus intereses privados
en lugar de los intereses colectivos, y terminar utilizando la fuerza contra
los ciudadanos; estarán desprovistos de propiedad privada, y tampoco tendrán
familia, debiendo vivir en unos barracones en los que tengan todo lo necesario
para realizar sus actividades, en los que vivirán de forma comunitaria,
compartiéndolo todo hombres y mujeres, pues no hay ninguna razón para excluir a
las mujeres de ningún tipo de actividad, ya que tanto en el hombre como en la
mujer se encuentran similares dones o cualidades naturales, igualmente útiles
para la ciudad.
La clase de los verdaderos guardianes o gobernantes, debido a su
responsabilidad y a las elevadas tareas que le encomienda Platón, (el buen
gobierno y el consiguiente beneficio del conjunto de la sociedad), tampoco
tendrá acceso a la propiedad privada ni a la familia, debiendo velar únicamente
por el buen gobierno de la ciudad; deberán centrarse en el estudio a fin de
conocer lo bueno para gobernar adecuadamente la ciudad, por lo que su vida
estará alejada de todas las comodidades innecesarias para cumplir su función.
La
pertenencia a una u otra clase en la República
¿Cómo se determinará quiénes han de pertenecer a una u otra de estas clases
sociales? No, desde luego, en función del origen familiar, como ocurre en la
sociedad ateniense de la época. Para determinar quién ha de formar parte de una
u otra clase será necesario establecer un proceso educativo en el curso del
cual se podrá determinar qué tipo de naturaleza tiene cada ser humano y, por lo
tanto, a qué clase social ha de pertenecer.
Aquí establece Sócrates una comparación entre la naturaleza del Estado y la
naturaleza del individuo: del mismo modo que en el estado encontramos tres
clases sociales, encontramos en el individuo tres partes del alma,
correspondiéndole una virtud a cada una de ellas. El paralelismo entre la moral
individual y la moral del Estado permite establecer que la virtud que
corresponde a cada clase social ha de corresponder a los individuos que la
constituyen. La virtud de la clase los artesanos es la templanza, es decir, el
disfrute con moderación de los bienes materiales; la virtud propia de la clase
de los guerreros o auxiliares es la valentía o coraje; y la virtud propia de
los verdaderos guardianes gobernantes es la sabiduría.
Ahora bien, estas tres virtudes pertenecen, cada una de ellas, a una parte
del alma: la sabiduría al alma racional; la valentía al alma irascible y la
templanza al alma concupiscible. Aquellos en quienes domine el alma racional
han de pertenecer, por lo tanto, a la clase de los verdadero guardianes o
gobernantes; en quienes predomine el alma irascible, a la clase de los
guerreros o auxiliares; y en quienes predomine el alma concupiscible, a la
clase de los artesanos.
Habiendo determinado la virtud que corresponde a cada clase social
estaremos en condiciones de determinar en qué puede consistir la justicia en la
ciudad ideal: la justicia consistirá, no pudiéndose identificar con la
sabiduría, ni con el coraje, ni con la templanza, en que cada clase social (y
cada ciudadano) se ocupe de la tarea que le corresponde. La injusticia
consistirá en la injerencia arbitraria de una clase social en las funciones de
otra: que los auxiliares o los artesanos pretendan gobernar, por ejemplo.
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Correspondencia
entre las clases sociales, tipos de alma y virtudes
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Clase social
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Tipo de alma
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Virtud
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Gobernantes
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Racional
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Sabiduría
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Guerreros
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Irascible
|
Coraje
|
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Artesanos
|
Concupiscible
|
Templanza
|
Si la pertenencia a una clase social viene determinada por la naturaleza
del alma, y no por el origen familiar, una sociedad tal ha de dar una
importancia primordial a la educación. Será, en efecto, a través de ese proceso
educativo como se seleccionen los individuos que han de pertenecer a cada clase
social, en función de su tipo de alma; y qué tipo de educación ha de recibir
cada individuo en función de la clase social a la que deba pertenecer.
En la República establece Platón detalladamente el programa de estudios que
debería imperar en la ciudad ideal, haciendo especial hincapié en la educación
de los gobernantes. Todos los niños y niñas deberían recibir inicialmente la
misma formación. Platón considera que la educación recibida en los primeros
años de la vida es fundamental para el desarrollo del individuo, por lo que en
la ciudad ideal nadie ha de ser privado de ella, ni en razón de su sexo ni por
ninguna otra causa: el proceso educativo tiene, al mismo tiempo que un objetivo
formativo, la misión de determinar qué tipo de alma predomina en cada
individuo, es decir, su naturaleza, en virtud de la cual formará parte de una u
otra clase social.
SOCIEDAD Y
POLÍTICA: LA EDUCACIÓN Y EL GOBIERNO EN LA REPÚBLICA
La educación
y el gobierno en la República
La educación en la República correrá a cargo del Estado, en ningún caso a
cargo de las familias, para evitar las influencias negativas que suponen las
narraciones que las madres y las nodrizas cuentan a los niños pequeños. Los
niños deben comenzar su proceso educativo a través de actividades lúdicas, para
lo cual los educadores de la ciudad ideal elegirán aquellos juegos que
consideren adecuados para desarrollar en los niños la comprensión de las normas
de los juegos y, con ello, un primer acercamiento al valor y sentido de la ley.
Las primeras enseñanzas que recibirán se centrarán en torno a la poesía y la
música. No obstante, el uso que hacen los poetas del lenguaje les permite
esconder todo tipo de narraciones, incluso aquellas que pueden resultar
negativas, bajo la belleza y el encanto de sus palabras, por lo que puedan
resultar muy perniciosos; esa es la razón de que la poesía se vea gravemente
censurada en la ciudad ideal de Platón. Corresponderá a los educadores de la
ciudad ideal determinar qué tipo de poemas se deben estudiar: aquellos
adecuados para suscitar el amor a cualquier manifestación de la virtud.
La música formará parte también de la educación, analizando la forma y el
ritmo de los poemas y el acompañamiento que les resulte necesario. El estudio
del ritmo y la armonía suscitará en ellos una elevación hacia la comprensión y
el respeto de las obras bellas y puras, lo que les alejará del vicio. El amor
por la belleza desarrollará en ellos la generosidad, la grandeza de alma, la
moderación y el coraje. A estas enseñanzas se unirá la educación física que,
agilizando y fortaleciendo el cuerpo contribuirá a desarrollar mejor las
virtudes del alma. Todo ello se acompañará de una alimentación correcta con el
objetivo de mantener la salud, y hacer de la medicina un recurso secundario.
A lo largo de este proceso educativo algunos niños tendrán tendencia a
abandonar sus estudios, que les resultarán difíciles y aún odiosos, mientras
que otros irán desarrollando un entusiasmo cada vez mayor en torno al
conocimiento. Los primeros pasarán a formar parte de la clase de los artesanos,
habiendo mostrado una mayor inclinación hacia el contacto con lo material; los
que persistan en sus estudios pasarán a formar parte de la clase de los
guardianes o auxiliares.
La perseverancia en el estudio, entre los que pertenecen a la clase de los
guardianes, pone de manifiesto que en el individuo predomina el alma racional,
por lo que serán éstos los elegidos para formar la clase de los gobernantes,
quienes serán sometidos a un proceso educativo que comenzará con el estudio de
las matemáticas y terminará con el estudio de la dialéctica, con el
conocimiento de las Ideas. En el caso de que alguien perteneciente a la clase los
gobernantes perdiera posteriormente ese interés por el estudio y por el
conocimiento, pasaría a formar parte de la clase inferior, la de los auxiliares
o guardianes. Lo mismo ocurriría con quien, perteneciendo la clase de los
guardianes, mostrara una mayor inclinación hacia el disfrute de los bienes
materiales, que pasaría a formar parte entonces de la clase de los artesanos.
La tarea de gobernar recaerá, pues, sobre aquellos que conozcan las Ideas,
es decir, sobre los filósofos. Es ésta una de las características novedosas de
la República y que, al chocar frontalmente con la práctica habitual en la
época, merece una explicación que nos ofrece Platón en el libro VI. El filósofo
pasa por ser un personaje extravagante, en la Atenas de la época, y ocupado en
sus estudios e investigaciones no parece ser el individuo idóneo para dirigir
la ciudad. Pero en la ciudad ideal, que ha de ser gobernada de acuerdo con la
Idea de Bien, los únicos que alcanzan ese conocimiento son los filósofos por lo
que, por paradójico que parezca, ha de ser a ellos a quienes les corresponda
gobernar, pues son los únicos que alcancen el conocimiento de dicha Idea.
La mejor forma de gobierno posible será, pues, aquella en la que un
filósofo gobierne; pero si no es posible que uno sólo destaque sobre los demás,
el gobierno deberá ser ejercido por varios filósofos y durante un corto período
de tiempo, para evitar todos los males que genera la persistencia en el poder.
Esta teoría es generalmente conocida como la del filósofo-rey.
El análisis
de las formas de gobierno en la República
En función de lo dicho lo largo de la República, en torno a la ciudad
ideal, Platón realiza un análisis de las formas de gobierno, que irá graduando
desde la mejor hasta la peor.
En primer lugar sitúa la aristocracia, es decir, el gobierno de los mejores, ("aristos"), que vendría representado por el gobierno del filósofo-rey de la República ideal; en ella los mejores son los que conocen las Ideas, los filósofos, y su gobierno estaría dominado por la sabiduría.
La segunda mejor forma de gobierno la representaría la timocracia, el gobierno de la clase los guardianes, que no estaría ya dirigida por la sabiduría, sino por la virtud propia de la parte irascible del alma, que es la propia de dicha clase, abriendo las puertas al desarrollo de la ambición, que predominaría en la siguiente forma de gobierno, la oligarquía, el gobierno de los ricos, y cuyo único deseo se cifra en la acumulación de riquezas. Posteriormente encontramos la democracia, cuyo lema sería la libertad e igualdad entre todos los individuos y cuyo resultado, según Platón, es la pérdida total del sentido de los valores y de la estabilidad social. No cabe duda de que Platón tiene en mente la democracia ateniense que tan odiosa le resultó después de la condena de Sócrates, aprovechando para satirizar el predominio de los discípulos de los sofistas en la vida pública.
Por último, en el lugar más bajo de la escala, se encuentra la tiranía, que
representaría el gobierno del despotismo y de la ignorancia, dominado el tirano
por las pasiones de la parte más baja del alma, dando lugar al dominio de la
crueldad y de la brutalidad.
El análisis
de las formas de gobierno en el Político
En el Político nos ofrecerá otra clasificación de las formas de gobierno,
según el criterio de la buena ordenación del gobierno, es decir, del respeto de
las leyes. El gobierno puede estar en manos de uno, de varios, o de muchos. Si
respetan las leyes la monarquía es el mejor, seguido de la oligarquía y, en
último lugar, de la democracia, por lo que la democracia es catalogada como la
peor forma de los gobiernos que tienen ley; pero si no se respetan las leyes
entonces la jerarquía se invierte, siendo mejor la democracia, peor la
oligarquía y, en último lugar, la tiranía.
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