MATERIALES PARA LOS ALUMNOS
ARISTÓTELES
La filosofía y el contexto de Aristóteles
ENLACE SOBRE EL VÍDEO SOBRE ARISTOTELES
ENLACE SOBRE EL VÍDEO SOBRE ARISTOTELES
ARISTÓTELES
LA METAFÍSICA ARISTOTÉLICA
La crítica a la teoría platónica de las ideas.
"Todos los hombres tienen por naturaleza el deseo de saber". Con
estas palabras se inicia el libro primero de la Metafísica de Aristóteles. Ese
deseo de saber culmina en la adquisición de la sabiduría que consiste, para
Aristóteles, en el conocimiento de las causas y los principios del ser. Y ese
conocimiento es el objeto de la metafísica, de la ciencia de las primeras
causas y principios del ser, el conocimiento del ser "en cuanto ser",
el conocimiento de la causa última de la naturaleza y de la realidad.
La metafísica aristotélica se elabora en buena medida como reacción a la
teoría de las Ideas de Platón. No parece que Aristóteles haya manifestado
ninguna oposición crítica a la teoría de las Ideas durante su permanencia en la
Academia. Todo indica, por el contrario, que las primeras críticas a la teoría
de las Ideas se elaboran luego de su abandono de la Academia, cuando
Aristóteles comienza a perfilar su propia filosofía. Hay que recordar, sin
embargo, que ya Platón había criticado la teoría de las Ideas en el Parménides,
y que probablemente la teoría de las Ideas había sido objeto de numerosas
controversias en la Academia. No tiene sentido, pues, buscar en la crítica
aristotélica a la teoría de las Ideas ningún tipo de razón personal que pudiera
haber enfrentado a Aristóteles con Platón, sino, como el mismo Aristóteles nos
dice en la "Metafísica", la simple búsqueda de la verdad.
Aristóteles estará de acuerdo con Platón en que hay un elemento común entre
todos los objetos de la misma clase, el universal, la Idea, que es la causa de
que apliquemos la misma denominación a todos los objetos del mismo género;
admitirá, por lo tanto, que ese universal es real, pero no que tenga existencia
independiente de las cosas, es decir, que sea subsistente. La teoría de las
Ideas, por lo demás, al dotar de realidad subsistente al universal, a la Idea,
duplica sin motivo el mundo de las cosas visibles, estableciendo un mundo
paralelo que necesitaría a su vez de explicación.
Tampoco es capaz de explicar el movimiento de las cosas, que era uno de los
motivos de su formulación; (recordemos que, al igual que los pluralistas
intentaban con su propuesta explicar la permanencia y el cambio, la teoría de
las Ideas se propone con la misma finalidad); ahora bien, esta teoría no ofrece
ningún elemento para explicar el movimiento, el cambio, ya que siendo las Ideas
inmóviles e inmutables, si las cosas son una imitación de las ideas habrían de
ser también inmóviles e inmutables; pero si cambian ¿de dónde procede ese
cambio?. ("Metafísica", libro 1,7).
Aristóteles considera que la teoría de las Ideas es imposible, ya que
establece una separación entre el mundo visible y el mundo inteligible, es
decir, entre la sustancia y aquello por lo que una sustancia es, su forma o
esencia. Las Ideas, en efecto, representan la esencia de las cosas, es decir,
aquello por lo que las cosas son lo que son. ¿Cómo es posible que aquello por
lo que algo es lo que es no resida en el objeto, sino fuera de él? ¿Cómo es
posible que aquello que hace que el hombre sea hombre, su esencia, la Idea de
hombre, no resida en el hombre, sino que exista independientemente de él? Las
formulaciones de Platón para tratar de explicar la relación entre las Ideas y
las cosas, las teorías de la participación y la imitación, por lo demás, lejos
de explicar dicha relación no son más que metáforas.
Ya el mismo Platón había criticado dichas teorías en el Parménides;
Aristóteles insistirá en sus carencias con el argumento del "tercer
hombre": si el hombre es el resultado de la imitación de la Idea de
hombre, y tal Idea es entendida como una entidad de carácter individual, ¿A qué
otra realidad imita la Idea de hombre? Debe existir un tercer modelo de hombre
para explicar la similitud entre el hombre concreto y la Idea de hombre, del
mismo modo que se postula la Idea de hombre para explicar la similitud entre
los hombres concretos. De ese modo encadenaríamos hasta el infinito la
exigencia de un modelo del modelo, lo que nos llevaría al absurdo. Por otra
parte, las cosas no pueden provenir de las Ideas; sin embargo, es esa una
afirmación crucial de la teoría de las Ideas, al concebir que las Ideas son
causa de las cosas; no obstante, es el mismo Platón en el Timeo quien explica
que las ideas son sólo el modelo en el que se inspira el Demiurgo para modelar
las cosas, es decir, las causas ejemplares de las cosas, pero no sus causas
eficientes. ("Metafísica", libro 1,7).
En esta crítica aristotélica a la teoría de las Ideas se vislumbran ya los
fundamentos de su propia metafísica: ante la imposibilidad de que Ideas
expliquen coherentemente la causa de lo real propondrá la teoría de las cuatro
causas del ser; y ante la irrealidad de las Ideas, propondrá su teoría de la
sustancia. La inconsistencia de la explicación platónica del cambio, por lo
demás, le llevará a proponer la distinción entre ser en acto y ser en potencia.
La teoría de las cuatro causas
En el libro I de la Metafísica, luego de haber identificado el verdadero
saber con el conocimiento de las causas del ser, Aristóteles nos presenta las
cuatro causas de las que ya nos había hablado en la Física:
"Evidentemente es preciso adquirir la ciencia de
las causas primeras, puesto que decimos que se sabe, cuando creemos que se
conoce la causa primera. Se distinguen cuatro causas. La primera es la esencia,
la forma propia de cada cosa, porque lo que hace que una cosa sea, está toda
entera en la noción de aquello que ella es; y la razón de ser primera es, por tanto,
una causa y un principio. La segunda es la materia, el sujeto; la tercera el
principio del movimiento; la cuarta, que corresponde a la precedente, es la
causa final de las otras, el bien, porque el bien es el fin de toda
producción." ("Metafísica", libro 1, 3).
Hay, pues, cuatro causas del ser: la causa formal, la causa material, la
causa eficiente y la causa final. A continuación; Aristóteles pasa revista a
las teorías de los filósofos que le precedieron para ver si alguno de ellos ha
tratado de alguna otra causa que las enumeradas por él. Los primeros filósofos,
los milesios, se ocuparon fundamentalmente de la causa material, al buscar el arjé o primer principio material del que procede toda la
realidad; ese mismo principio o causas fue firmado también por los filósofos
posteriores, como Heráclito o Empédocles, ya sea postulando uno o varios
elementos como la materia originaria. Posteriormente otros filósofos,
Empédocles y Anaxágoras, buscaron también otro tipo de causa para explicar el
devenir de la realidad, la causa eficiente, que identificaron con el Amor y el
Odio el primero, y con el Nous o inteligencia el segundo.
Posteriormente la filosofía de Platón trataría de la causa formal,
representada por las Ideas, aunque, al dotarlas de una existencia subsistente,
las separara de las cosas de las que son forma o esencia. Respecto a la causa
final ningún filósofo la trató explícitamente, según la opinión de Aristóteles,
por lo que se presenta a sí mismo como innovador al respecto. Por lo demás,
ningún filósofo anterior trató estas causas de una manera suficientemente clara
y productiva, aunque a Aristóteles le basta el que la hubieran tratado para
confirmar que son todos los principios que busca y que no hay ninguno más fuera
de ellos:
"Resulta evidentemente de lo que precede, que las
indagaciones de todos los filósofos recaen sobre los principios que hemos
enumerado en la Física, y que no hay otros fuera de éstos. Pero estos
principios han sido indicados de una manera oscura, y podemos decir que, en un
sentido, se ha hablado de todos ellos antes que nosotros, y en otro, que no se
ha hablado de ninguno. Porque la filosofía de los primeros tiempos, joven aún y
en su primera arranque, se limita a hacer tanteos sobre todas las cosas."
("Metafísica", libro I, 7)
La teoría de la sustancia
La sustancia es en Aristóteles la forma privilegiada de ser. El ser se dice
de muchas maneras, pero fundamentalmente como sustancia, es decir, como aquello
que no se da en un sujeto sino que es ello mismo sujeto. Las otras formas de
ser se dan necesariamente en la sustancia, y Aristóteles las llama accidentes:
"Accidente se dice de lo que se encuentra en un
ser y puede afirmarse con verdad, pero que no es, sin embargo, ni necesario ni
ordinario"... "El accidente se produce, existe, pero no tiene la
causa en sí mismo, y sólo existe en virtud de otra cosa. "
("Metafísica", libro V, 30).
Junto con la sustancia, constituyen las categorías del ser: cantidad,
cualidad, relación, lugar, tiempo, posición, estado, acción y pasión. ["El
ser en sí tiene tantas acepciones como categorías hay, porque tantas cuantas se
distingan otras tantas son la significaciones dadas al ser."
("Metafísica", libro V, 7)]. En la medida en que todas las formas de
ser accidental remiten a la unidad de la sustancia, la unidad del ser queda
garantizada:
"El ser se entiende de muchas maneras, pero estos
diferentes sentidos se refieren a una sola cosa, a una misma naturaleza, no
habiendo entre ellos sólo comunidad de nombre; mas así como por sano se
entiende todo aquello que se refiere a la salud, lo que la conserva, lo que la
produce, aquello de que es ella señal y aquello que la recibe; y así como por
medicinal puede entenderse todo lo que se relaciona con la medicina, y
significar ya aquello que posee el arte de la medicina, o bien lo que es propio
de ella, o finalmente lo que es obra suya, como acontece con la mayor parte de
las cosas; en igual forma el ser tiene muchas significaciones, pero todas se
refieren a un principio único." ("Metafísica", libro IV, 2)
La sustancia es el individuo concreto y particular, lo que ordinariamente
llamamos "cosas" u "objetos", es decir, esta mesa, este
caballo, Sócrates, lo que es sujeto, aquello en lo que inhieren las otras
formas de ser, los accidentes. Frente a la irrealidad de las Ideas, el
verdadero ser, la sustancia, ["Así el objeto de todas las indagaciones
pasadas y presentes; la pregunta que eternamente se formula: ¿qué es el ser?,
viene a reducirse esta: ¿qué es la sustancia?". ("Metafísica",
libro VII, 1)], adquiere las características de la experiencia (concreto,
particular) aunque, como veremos más adelante, sin perder por ello la
referencia a lo universal, a la esencia. En la medida en que definimos un
objeto, lo conocemos, por la esencia, ésta puede ser llamada también sustancia,
pero sólo un sentido secundario. La sustancia primera, la sustancia propiamente
dicha, el ser, es el individuo; la esencia, aquello por lo que conocemos el
ser, es llamada por Aristóteles sustancia segunda.
"Sustancia se dice de los cuerpos simples, tales
como la tierra, el fuego, el agua y todas las cosas análogas; y en general, de
los cuerpos, así como de los animales, de los seres divinos que tienen cuerpo y
de las partes de estos cuerpos. A todas estas cosas se llama sustancias, porque
no son los atributos de un sujeto, sino que son ellas mismas sujetos de otros
seres." ("Metafísica", libro V, 8)
La sustancia es para Aristóteles un compuesto de materia (hyle) y forma
(morphé). (De ahí el término hilemorfismo con el que tradicionalmente se ha
designado la teoría de la sustancia aristotélica). En coherencia con la teoría
de las cuatro causas del ser no cabría otra interpretación, pudiendo quedar
subsumidas las otras dos causas, la eficiente y la final, en la causa formal.
Ese compuesto de materia y forma es indisoluble, de modo que no es posible
separar realmente una de la otra; sólo en el entendimiento dicha separación es
posible, es decir, la materia y la forma sólo pueden ser pensadas como
realidades distintas.
En efecto, si nos preguntamos por la materia de la que está hecha la casa,
diremos que de ladrillos; pero los ladrillos a su vez, que son la materia de la
casa, son una sustancia, es decir, un compuesto de materia y forma; si nos
preguntamos por la materia de ladrillo nos encontraremos con otras sustancia,
la arcilla o el barro; y si nos preguntamos por la materia de la arcilla nos
volveremos a encontrar con otra sustancia, y así indefinidamente. Tan lejos
como llevemos la investigación seremos incapaces de dar con la materia prima de
la que están hechas las cosas, dado que la materia se presentará siempre
indisolublemente unida a una forma; de ahí que Aristóteles nos hable de una
materia próxima (escháte hyle) y de una materia remota o materia prima (próte
hyle).
La materia próxima es, en realidad, la sustancia de la que están hechas las
cosas, como decimos que el bronce es la materia de la estatua; la materia prima
es, sin embargo, aquel sustrato último de la realidad, absolutamente
incognoscible para nosotros ya que está desprovisto de toda forma y, por lo
tanto, de toda cualidad. En este sentido, la concepción aristotélica de la
materia recuerda el ápeiron de Anaximandro.
Mientras que la forma representa la esencia del objeto, de la sustancia, lo
que en ella hay de universal, la materia representa lo que hay de particular,
de distinto en la sustancia. La materia es, pues, principio de individuacción:
lo que distingue una sustancia de otra es la materia de la que está hecha (lo
que diferencia esta mesa de aquella es la materia de la que está hecha cada una
de ellas, no la forma, que es idéntica en ambas).
La forma, por el contrario, representa no solamente la esencia de cada ser,
sino también su naturaleza; dado que la materia es incognoscible, conoceremos
las sustancias por su forma, es decir, por lo que hay en ellas de universal y
no de particular. En la medida en que la forma representa también la
naturaleza, y siendo la naturaleza principio y causa del movimiento,
Aristóteles introducirá en la sustancia la realidad misma del cambio y, con
ello, la posibilidad de explicarlo.
LA FILOSOFÍA DE LA NATURALEZA: LA COSMOLOGÍA
ARISTOTÉLICA
La cosmología aristotélica
La cosmología aristotélica data de las primeras fases de desarrollo de su
pensamiento, y se puede observar en ella una clara influencia platónica. En sus
obras "Sobre el cielo" y "Sobre la generación y la
corrupción", así como en algunos libros de la "Física", se
exponen sus ideas fundamentales al respecto. El universo, que es finito y eterno,
se encuentra dividido en dos mundos, el sublunar y el supralunar, reproduciendo
de esta forma en cierto modo el dualismo platónico, cada uno de ellos con
características bien distintas, como veremos a continuación.
El mundo sublunar, en efecto, está formado por los cuatro elementos y
sometido a la generación y a la corrupción, es decir al cambio y al movimiento.
El mundo supralunar, por el contrario, está formado por una materia especial,
incorruptible, el éter o quintaesencia, que solamente está sometido a un tipo
de cambio, el movimiento circular, (que, al igual que Platón, Aristóteles
considera una forma perfecta de movimiento), en clara oposición a los cuatro
elementos (tierra, agua, aire, fuego) de los que está formado el mundo
sublunar. La Tierra, que es una esfera inmóvil, se encuentra en el centro del
universo y, alrededor de ella, incrustados en esferas concéntricas
transparentes, giran los demás astros y planetas, arrastrados por el giro de
las esferas en que se encuentran y que están movidas por una serie de motores
que deben su movimiento a un último motor inmóvil, que actúa directamente sobre
la última esfera, más allá de la cual ya no hay nada, la llamada esfera de las
estrellas fijas (porque se suponía que las estrellas estaban incrustadas,
fijadas, en esta esfera) que es movida directamente por el motor inmóvil, y que
transmite su movimiento a todas las demás esferas y al mundo sublunar.
Sigue Aristóteles aquí la cosmología de Eudoxo de Cnido y su discípulo
Calipo, que suponía necesaria la consideración de 33 esferas para dar cuenta de
los movimientos celestes observables. Sin embargo, dado el carácter errático de
los movimientos de los planetas ("errante", "vagabundo", es
el significado precisamente del término planeta en griego), a diferencia del movimiento
uniforme y regular que podemos observar en las estrellas, Aristóteles, para
explicar esas alteraciones en el movimiento de los planetas introduce 22
esferas más en el sistema de Calipo, que giran en sentido contrario a las
anteriormente citadas y que causan esa distorsión en el movimiento circular
observable de los planetas. De ahí que en el sistema aristotélico se cuente 55
esferas en lugar de las 33 contabilizadas por Calipo.
En este sistema se establece una jerarquía de seres a partir de la
perfección del motor inmóvil, que Aristóteles considera como una forma pura,
como un ser perfecto por lo tanto, y que causa el movimiento en el universo en
tanto causa final, y de la esfera de las estrellas fijas, que se va degradando
a medida que nos acercamos al mundo sublunar, que representa el nivel ínfimo de
la escala, dominado por la generación y la corrupción. Para poder explicar la
acción del motor inmóvil como causa final Aristóteles se ve obligado a dotar de
alma a las esferas intermedias: dichas esferas aspiran a ser perfectas como el
motor inmóvil, y es esa aspiración la que mueve el universo; pero, para poder
aspirar a esa perfección, han de tener alma. Aunque en su obra "Sobre el
cielo" Aristóteles considera que el movimiento circular de las esferas
corresponde al éter por naturaleza y, en consecuencia, nos ofrece una
explicación de los movimientos celestes puramente mecanicista, en la
"Física", en el libro VIII, que es posterior al resto de sus obras
cosmológicas, nos vuelve a ofrecer la teoría del motor inmóvil, una interpretación
teleológica del universo.
LA FILOSOFÍA DE LA NATURALEZA. LA FÍSICA Y LA EXPLICACIÓN DEL CAMBIO
La física aristotélica
Por lo que respecta al mundo sublunar, Aristóteles lo concibe como la
totalidad de las sustancias, sometidas al cambio, a la generación y a la
corrupción. Distingue dos tipos de sustancias, a este respecto, las
artificiales y las naturales; y son sustancias naturales aquellas que tienen en
sí el principio y la causa del movimiento. La Naturaleza, pues, estaría formada
por el conjunto de las sustancias naturales.
"Entre los seres, en efecto, unos son por
naturaleza, otros por otras causas; por naturaleza, los animales y sus partes,
las plantas y los cuerpos simples, como la tierra, el fuego, el agua, el aire;
de estas cosas, en efecto, y de otras semejantes, se dice que son por
naturaleza. Ahora bien, todas las cosas de las que acabamos de hablar se
diferencia claramente de las que no existen por naturaleza; cada ser natural,
en efecto, tiene en sí mismo un principio de movimiento y de reposo, unos en
cuanto al lugar, otros en cuanto al aumento y la disminución, otros en cuanto a
la alteración. Por el contrario, una cama, una capa y cualquier otro objeto de
ese tipo, en tanto cada uno tiene derecho ese nombre, es decir, en la medida en
que es un producto del arte, no poseen ninguna tendencia natural al cambio,
sino solamente en cuanto tienen el accidente de ser de piedra o de madera y
bajo esa consideración; pues la naturaleza es un principio y una causa de
movimiento y de reposo para la cosa en la que reside inmediatamente, por
esencia y no por accidente." ("Física", libro II, 1)
El movimiento, el cambio, para Aristóteles es una realidad innegable y una
característica fundamental de la naturaleza. La polémica suscitada por Parménides
en torno a la posibilidad del cambio la zanja Aristóteles con su teoría de la
sustancia y, por si no fuera considerada suficientemente clara, con la
explicación del cambio como un paso de la potencia al acto.
La explicación del cambio o movimiento
La primera explicación del cambio que nos ofrece
Aristóteles está basada en su concepción de la sustancia, en el hilemorfismo.
Recordemos que, según esta teoría, la sustancia está compuesta de materia y
forma, y que la forma representa la esencia, aquello que la cosa es, lo que la
define. Nombramos a las sustancias por su forma, por su esencia. Pues bien,
para que tenga lugar el cambio ha de haber algo que permanezca y algo que se
produzca. Ha de haber, pues, un sustrato del cambio, lo que permanece, lo que
sufre el cambio. Y ha de haber algo que cambie, algo que se pierda y algo que
se adquiera. El sustrato es el sujeto del cambio, y el cambio consiste en la
adquisición por el sustrato de una forma de la que inicialmente estaba privado.
Por lo tanto, los principios del cambio son tres: el sustrato (hipokéimenon),
la forma (morphé) y la privación (stéresis) de la forma que se adquiere.
Cuando un árbol florece el sustrato del cambio es el árbol, que permanece,
pero que pierde la forma en que estaba (sin flores) y adquiere una nueva forma
de la que estaba privado (florido). Lo que ocurre en el cambio, pues, es que el
sustrato pierde la forma que poseía y adquiere una nueva forma de la que estaba
privado. No se da, pues, la contradicción que suponía Parménides, ya que el
cambio no supone el paso del no ser al ser (no-P se convierte en P), sino más
bien la adquisición de una propiedad que el sujeto no poseía (S que no tiene P
se convierte en S que tiene P), en donde no hay paso del no ser al ser, sino
permanencia del sujeto, y sin embargo modificación. Para aclarar las cosas
Aristóteles nos pone un ejemplo, el del hombre analfabeto que pasa a ser hombre
alfabetizado: el sustrato es el hombre, el ser analfabeto es la forma de ese
hombre (que al mismo tiempo implica la privación de la forma alfabetizado), y
la forma que se adquiere en el cambio es la de alfabetizado, de la que
anteriormente estaba privado.
La segunda forma de explicación del cambio se basa en la
distinción entre ser en potencia y ser en acto. Al igual que nos explica en la
Metafísica, el ser en acto (enérgeia) remite a lo que una sustancia es ahora, y
el ser en potencia (dynamis) a una cierta capacidad de ser, relativa a la
naturaleza de la sustancia, es decir, a la posibilidad de ser algo que por naturaleza
es propio de esa sustancia y no de otra (con lo que Aristóteles quiere insistir
en que no toda cosa puede llegar a ser cualquier otra). Un niño puede llegar a
ser un hombre, un bloque de mármol puede llegar a ser una estatua, pero ninguno
de los dos puede llegar a ser un león. En ese sentido, el niño es un hombre en
potencia; el bloque de mármol es una estatua en potencia; pero de ninguno de
los dos se puede decir que sea un león en potencia. Avanzando un poco más en la
investigación podemos pensar que la afirmación de que el niño es un hombre en
potencia nos permitiría afirmar que el niño "es y no es un niño": con
lo cual podríamos pensar que Aristóteles entronca aquí con otros pensadores
anteriores que afirmaban la realidad de la contradicción, o que se basa en la
afirmación de la contradicción para explicar el cambio.
Sin embargo
esa consideración no pasaría de ser un juego de palabras para Aristóteles. El
niño es un niño en acto, y no es un niño, o sea, es un hombre en potencia. La
aparente contradicción se disipa. No encontramos ninguna contradicción, sino
simplemente dos formas de ser: el ser en acto y ser en potencia. La
consideración parmenídea de que el cambio es imposible porque supone el paso
del no ser al ser queda así desmontada; lo que ocurre, simplemente, es que se
pasa del ser en potencia al ser en acto. El cambio supone en este sentido la
actualización de una potencia, es decir, la realización efectiva de una
capacidad; cuando alguien a aprender un idioma lo que hace es "actualizar"
la capacidad de aprender ese idioma. De ahí que Aristóteles pueda definir el
cambio como la culminación de lo potencial en cuanto tal.
Según la primera explicación del cambio, la basada en la noción de
sustancia, todo cambio supone la pérdida de una forma y la adquisición de otra,
pérdida y adquisición que se da siempre en un sustrato. Y según la segunda
explicación, esa forma nueva que se adquiere representa la actualización de una
potencia o capacidad de ser.
LA FILOSOFÍA DE LA NATURALEZA: TIPOS Y CAUSAS DEL
CAMBIO
Los tipos de cambio
Aristóteles distingue diversos tipos de cambio, según afecte a la sustancia
o a los accidentes, o según sea producido de forma natural o artificial. El
cambio puede ser producido espontáneamente por la sustancia, y en ese caso
hablamos de cambio natural; o puede ser producido artificial o violentamente, a
causa de la intervención de un agente externo a la sustancia misma, el hombre
por ejemplo, y en este caso hablamos de cambio artificial.
El cambio sustancial
Supone la modificación radical de una sustancia, es decir, que algo deje de
ser lo que era y pase a ser otra cosa: que una sustancia se
"convierta" en otra. Las dos formas propias de este tipo de cambio
son la generación y la corrupción. La generación supone el nacimiento, o el
surgimiento de una nueva sustancia; la corrupción supone la muerte o la
desaparición, la destrucción de una sustancia. La germinación de una semilla y
el paso de ser semilla a ser planta supone un cambio sustancial: la semilla
desaparece, deja de ser semilla, y surge la planta.
El cambio accidental
Supone, por el
contrario, la modificación de algún accidente de la sustancia, la pérdida o la
adquisición de una característica, es decir, la sustitución de una forma
accidental por otra. Este tipo de cambio puede ser local, cuantitativo, o
cualitativo. El cambio local supone la traslación de la sustancia de un lugar a
otro; esto puede producirse de una forma natural, como ocurre con el movimiento
de las aguas de un río, o de una forma artificial, si modo de lugar la mesa en
que trabajo, por ejemplo. El cambio cuantitativo consiste en el aumento o de la
disminución de la cantidad en una sustancia: el aumento o la disminución del
peso de un individuo es un ejemplo típico de cambio cuantitativo. El cambio
cualitativo supone la sustitución de una cualidad por otra que una sustancia;
una fruta que madura y cambia de color experimenta un cambio cualitativo, por
ejemplo; una mesa que es pintada de un color diferente también experimenta un
cambio cualitativo. Todas las formas de cambio accidental pueden, a su vez, ser
un tipo de cambio natural o artificial.
Las causas del cambio
Por último, la explicación de por qué se produce el cambio, sus causas, nos
la ofrece Aristóteles con la teoría de las cuatro causas: la causa material, la
causa formal, la causa eficiente, y la causa final. El cambio se puede producir
por razón de la materia, de la forma, de un agente, o del fin. Cuando la madera
de una mesa se pudre y se destruye la mesa la causa del cambio es material;
cuando a un joven comienza a salirle la barba, la causa del cambio es formal,
deriva de su propia esencia; cuando un bloque de mármol se convierte en una
estatua la causa del cambio es el escultor que lo modela, la causa eficiente;
cuando una masa de arcilla se convierte en un plato lo hace en función de la
causa final, para comer.
La teoría de las cuatro causas está inspirada claramente en la acción del
hombre, respecto a la fabricación de objetos artificiales, en donde la causa
eficiente y la causa final actúan de una manera deliberada y clara. No está tan
claro cómo se pueden aplicar esas causas a los objetos o a las sustancias
naturales; pero Aristóteles lo hace, convirtiendo su interpretación de la
naturaleza en una interpretación teleológica, finalista.
ANTROPOLOGÍA Y PSICOLOGÍA
La teoría de la sustancia mantenida por Aristóteles le apartará también de
la interpretación platónica del hombre. Platón, en efecto, había concebido al
hombre como el resultado de una unión accidental entre el alma y el cuerpo, dos
entidades de naturaleza diferente que se veían obligadas a convivir
provisionalmente, hallándose el alma en el cuerpo como un piloto en su nave o,
como nos sugiere en el Fedón, como un prisionero en su celda. La muerte
significa para el hombre la separación del alma y el cuerpo. Siendo el alma
inmortal y el cuerpo corruptible, Platón identificará al hombre propiamente con
su alma, por lo que, de alguna manera, concibe la idea de que el fin de la vida
del hombre está más allá de su vida en la tierra.
Aristóteles, sin embargo, ha de concebir al ser humano de acuerdo con su
teoría de la sustancia, es decir, en consonancia con la idea de que no es
posible la existencia de formas separadas: la sustancia es un compuesto
indisoluble de materia y forma. Además, todas las sustancias del mundo sublunar
están sometidas a la generación y a la corrupción. El hombre, pues, ha de ser
una sustancia compuesta de materia y forma: la materia del hombre es el cuerpo
y su forma el alma. Aristóteles acepta, como era admitido entre los filósofos
griegos, la existencia del alma como principio vital: todos los seres vivos,
por el hecho de serlo, están dotados de alma, tanto los vegetales como los
animales. Pero interpreta también que esa alma es la forma de la sustancia, es
decir, el acto del hombre, en la medida en que la forma representa la
actualización o la realización de una sustancia. Coincidirá pues, con Platón,
en la concepción de que el hombre es un compuesto de alma y cuerpo; pero se
separará de Platón al concebir esa unión no como accidental, sino como
sustancial. No existen el alma por un lado y el cuerpo por otro lado, sino que
ambos existen exclusivamente en la sustancia "hombre" la distinción
entre alma y cuerpo es real, pero sólo puede ser pensada. Por lo demás, el alma
no puede ser inmortal, como afirmaba Platón, ya que no es posible que subsistan
las formas separadamente de la materia. Cuando el hombre muere se produce un
cambio sustancial y, como hemos visto en la explicación aristotélica del
cambio, eso supone la pérdida de una forma y la adquisición de otra por parte
de la sustancia "hombre": la forma que se pierde es la de "ser
vivo" (lo que equivale a decir "ser animado"), y la forma que se
adquiere es la de "cadáver" (lo que equivale a decir "ser inanimado").
Aristóteles distinguirá en su tratado "De Anima" tres tipos de
alma: la vegetativa, la sensitiva y la racional. El alma vegetativa ejerce las
funciones de asimilación y de reproducción y es el tipo de alma propio de las
plantas; asume, por lo tanto, las funciones propias del mantenimiento de la
vida, en lo que podríamos considerar su escala más baja, ya que son ajenas a
ella todas las funciones sensitivas así como el control del movimiento local.
Dado que estas funciones vitales son comunes a todos los seres vivos todos han
de poseer un tipo de alma capaz de realizarlas.
El segundo tipo de alma, superior al alma vegetativa, es el alma sensitiva,
el alma propia de los animales. No sólo está capacitada para ejercer las
funciones vegetativas o nutritivas, sino que controla la percepción sensible,
el deseo y el movimiento local, lo que permite a los animales disponer de todas
las sensaciones necesarias para garantizar su supervivencia, tales como las
derivadas del gusto y el tacto; ello permite también a los animales disponer de
imaginación y memoria dos facultades que, para Aristóteles, derivan
directamente de la capacidad sensitiva de los animales.
El tercer tipo de alma, superior a las dos anteriores, es el alma racional.
Además de las funciones propias de las almas inferiores, la vegetativa y la
sensitiva, el alma racional está capacitada para ejercer funciones
intelectivas. Es el tipo de alma propia del hombre. Siendo el alma la forma del
hombre no puede existir más que un alma que ha de realizar tanto las funciones
"irracionales" de la nutrición y la sensación, como las funciones
racionales, intelectivas, la capacidad de razonar. Las funciones
"irracionales" son las señaladas anteriormente para los otros tipos
de alma. Las funciones racionales o intelectivas son el conocimiento de la
verdad en sí misma (la capacidad del conocimiento científico), y el
conocimiento de la verdad con fines prácticos (la capacidad deliberativa). Para
Aristóteles, pues, el alma es no sólo principio vital, sino, al igual que para
Platón, principio de conocimiento. De hecho, Aristóteles definirá el hombre
como animal racional, atendiendo precisamente al tipo de alma que le es propia;
aunque en la Política lo defina, atendiendo también a las características de su
naturaleza, como animal social o "político".
Se ha discutido si Aristóteles aceptaba algún tipo de inmortalidad del alma
racional. Parece claro que no respecto a las funciones vegetativa y sensitiva,
que no tienen sentido separadas del cuerpo; también así lo parece respecto a la
parte intelectiva, en cuanto se mantiene en el De Anima la concepción de la
sustancia y, por consiguiente, la imposibilidad de la existencia separada de
las formas, que constituye el núcleo de la crítica a la teoría de las Ideas de
Platón. La cuestión, sin embargo, se oscurece al hablar de la parte activa del
entendimiento, a la que se refiere en el De Anima como siendo inmortal. ¿Cómo
cabe entender esta afirmación en relación con su teoría de la sustancia, que
hace imposible una interpretación dualista de su antropología? ¿Es una simple
metáfora en relación con la "inmortalidad" de la actividad
intelectual? El tema será discutido por los averroistas latinos, entre otros,
quienes considerarán que Aristóteles se refiere a un entendimiento en acto puro
que se identificaría con Dios, pero no al entendimiento individual, que sería
mortal. Opinión distinta mantendrá Santo Tomás de Aquino, considerando que del
silencio aristotélico respecto a la inmortalidad individual del entendimiento
agente no se sigue su negación.
TEORÍA DEL CONOCIMIENTO
Al igual que ocurría con Platón tampoco en Aristóteles encontramos una
teoría del conocimiento elaborada, aunque sí numerosos pasajes en varias de sus
obras (Metafísica, Ética a Nicómaco, Tópicos, por ejemplo) que se refieren
explícitamente al conocimiento analizándolo bajo distintos aspectos. El estudio
de la demostración, el análisis de las características de la ciencia y sus
divisiones, la determinación de las virtudes dianoéticas, etc., son algunas de
las ocasiones en las que Aristóteles nos habla de una manera más específica del
conocimiento y de sus características. De todo ello podemos deducir algunas de
las características básicas del conocimiento tal como parece haberlo concebido
Aristóteles.
Aristóteles distingue varios niveles o grados de conocimiento. El
conocimiento sensible deriva directamente de la sensación y es un tipo de
conocimiento inmediato y fugaz, desapareciendo con la sensación que lo ha
generado. El conocimiento sensible es propio de los animales inferiores. En los
animales superiores, sin embargo, al mezclarse con la memoria sensitiva y con
la imaginación puede dar lugar a un tipo de conocimiento más persistente. Ese
proceso tiene lugar en el hombre, generando la experiencia como resultado de la
actividad de la memoria, una forma de conocimiento que, sin que les permita a
los hombres conocer el porqué y la causa de los objetos conocidos, les permite,
sin embargo, saber que existen, es decir, la experiencia consiste en el
conocimiento de las cosas particulares:
"... ninguna de las acciones sensibles constituye
a nuestros ojos el verdadero saber, bien que sean el fundamento del
conocimiento de las cosas particulares; pero no nos dicen el porqué de nada;
por ejemplo, nos hacen ver que el fuego es caliente, pero sólo que es
caliente." ("Metafísica", libro 1,1).
El nivel más elevado de conocimiento vendría representado por la actividad
del entendimiento, que nos permitiría conocer el porqué y la causa de los
objetos; este saber ha de surgir necesariamente de la experiencia, pero en la
medida en que es capaz de explicar la causa de
lo que existe se constituye en el verdadero conocimiento:
""Por consiguiente, como acabamos de decir,
el hombre de experiencia parece ser más sabio que el que sólo tiene conocimientos
sensibles, cualesquiera que ellos sean: el hombre de arte lo es más que el
hombre de experiencia; el operario es sobrepujado por el director del trabajo,
y la especulación es superior a la práctica."("Metafísica",
libro 1,1)
El conocimiento sensible es, pues, el punto de partida de todo
conocimiento, que culmina en el saber. Y Aristóteles distingue en la Metafísica
tres tipos de saber: el saber productivo, el saber práctico y el saber
contemplativo o teórico. En la Ética a Nicómaco volverá presentarnos esta
división del saber, en relación con el análisis de las virtudes dianoéticas,
las virtudes propias del pensamiento discursivo (diánoia). El saber productivo
(episteme poietiké) que es el que tiene por objeto la producción o fabricación,
el saber técnico. El saber práctico (episteme praktiké) remite a la capacidad
de ordenar racionalmente la conducta, tanto pública como privada. El saber
contemplativo (episteme theoretiké) no responde a ningún tipo de interés, ni
productivo ni práctico, y representa la forma de conocimiento más elevado, que
conduce a la sabiduría.
El punto de partida del conocimiento lo constituyen, pues, la sensación y
la experiencia, que nos pone en contacto con la realidad de las sustancias
concretas. Pero el verdadero conocimiento es obra del entendimiento y consiste
en el conocimiento de las sustancias por sus causas y principios, entre las que
se encuentra la causa formal, la esencia. Al igual que para Platón, para
Aristóteles conocer, propiamente hablando, supone estar en condiciones de dar
cuenta de la esencia del objeto conocido. De ahí que el conocimiento lo sea
propiamente de lo universal, de la forma (o de la Idea). Pero para Aristóteles
la forma se encuentra en la sustancia, no es una entidad subsistente, por lo
que es absolutamente necesario, para poder captar la forma, haber captado
previamente, a través de la sensibilidad, la sustancia.
El entendimiento no puede entrar en contacto directamente con la forma;
cuando el hombre nace no dispone de ningún contenido mental, por lo que
entendimiento no tiene nada hacia lo que dirigirse: es a través de la
experiencia como se va nutriendo el entendimiento de sus objetos de
conocimiento, a través de un proceso en el que intervienen la sensibilidad, la
memoria y la imaginación. Mediante la acción de los sentidos, en efecto,
captamos la realidad de una sustancia, de la que, mediante la imaginación,
elaboramos una imagen sensible, es decir, una imagen que contiene los elementos
materiales y sensibles de la sustancia, pero también los formales. Es sobre
esta imagen sobre la que actúa el entendimiento, separando en ella lo que hay
de material de lo formal. Aristóteles distingue dos tipos de entendimiento, el
agente y el paciente; el entendimiento recibe, entra en contacto con, la imagen
sensible; el entendimiento agente realiza propiamente la separación de la forma
y la materia, quedándose con el elemento formal que expresa a través de un
concepto en el que se manifiestan, por lo tanto, las características esenciales
del objeto.
Las diferencias son, pues, considerables con Platón, tanto respecto al
valor atribuido al conocimiento sensible, como respecto a la actividad misma
del entendimiento que ha de ser necesariamente discursivo, siendo imposible
llegar a conocer los universales a no ser mediante la inducción; además,
Aristóteles rechaza explícitamente el innatismo del conocimiento, y nos lo
presenta como el resultado del aprendizaje, es decir, por la coordinación
racional de los elementos procedentes de la sensación, a través de la experiencia.
Coinciden, sin embargo, en la consideración de que el verdadero conocimiento ha
de serlo de lo universal, y no de los objetos singulares.
ÉTICA ARISTOTÉLICA. LA ÉTICA A NICÓMANO
Aristóteles expone sus reflexiones éticas en la "Ética a Nicómaco",
fundamentalmente. Sus otras dos obras sobre el tema son la "Ética a
Eudemo", que recoge elementos de la reflexión aristotélica de su período
de juventud y, por lo tanto, anteriores a la teoría de la sustancia, por lo que
contienen algunos vestigios de platonismo; y la "Gran Moral", en la
que se resumen las ideas fundamentales de la "Ética a Nicómaco", por
lo que lo que coincide con el Aristóteles de la madurez; ninguna de ellas
aporta, pues, algo distinto a lo expuesto en la "Ética a Nicómaco"
(en la "Ética a Eudemo", por ejemplo, se repiten textualmente cuatro
de los libros de la "nicomáquea").
La ética de Platón, al igual que la socrática, identificaba el bien con el
conocimiento, caracterizándose por un marcado intelectualismo. Por naturaleza
el hombre tiende a buscar el bien, por lo que bastaría conocerlo para obrar
correctamente; el problema es que el hombre desconoce el bien, y toma por bueno
lo que le parece bueno y no lo que realmente es bueno. De ahí que Platón en la
República, en la explicación del mito de la caverna, insista en que la Idea del
Bien debe necesariamente conocerla quien quiera proceder sabiamente tanto en su
vida privada como en su vida pública, una Idea de Bien que es única y la misma
para todos los hombres. Para Aristóteles, sin embargo, en consonancia con su
rechazo de la subsistencia de las formas, no es posible afirmar la existencia
del "bien en sí", de un único tipo de bien: del mismo modo que el ser
se dice de muchas maneras, habrá también muchos tipos de bienes.
"Todo arte y toda investigación científica, lo
mismo que toda acción y elección parecen tender a algún bien; y por ello
definieron con toda pulcritud el bien los que dijeron ser aquello a que todas
las cosas aspiran". ("Ética a Nicómaco", libro 1,1). "Siendo
como son en gran número las acciones y las artes y ciencias, muchos serán por
consiguiente los fines. Así, el fin de la medicina es la salud; el de la
construcción naval, el navío; el de la
estrategia, la victoria, y el de la ciencia económica, la riqueza".
("Ética a Nicómaco", libro 1,1)
La Ética a Nicómaco comienza afirmando que toda acción humana se realiza en
vistas a un fin, y el fin de la acción es el bien que se busca. El fin, por lo
tanto, se identifica con el bien. Pero muchas de esas acciones emprendidas por
el hombre son un "instrumento" para conseguir, a su vez, otro fin,
otro bien. Por ejemplo, nos alimentamos adecuadamente para gozar de salud, por
lo que la correcta alimentación, que es un fin, es también un instrumento para
conseguir otro fin: la salud. ¿Hay algún fin último? Es decir, ¿Hay algún bien
que se persiga por sí mismo, y no como instrumento para alcanzar otra bien?
Aristóteles nos dice que la felicidad es el bien último al que aspiran todos
los hombres por naturaleza. La naturaleza nos impele a buscar la felicidad, una
felicidad que Aristóteles identifica con la buena vida, con una vida buena.
Pero no todos los hombres tienen la misma concepción de lo que es una vida
buena, de la felicidad: para unos la felicidad consiste en el placer, para otros
en las riquezas, para otros en los honores, etc. ¿Es posible encontrar algún
hilo conductor que permita decidir en qué consiste la felicidad, más allá de
los prejuicios de cada cual?
No se trata de buscar una definición de felicidad al modo en que Platón
busca la Idea de Bien, toda vez que el intelectualismo platónico ha sido ya
rechazado. La ética no es, ni puede ser, una ciencia, que dependa del
conocimiento de la definición universal del Bien, sino una reflexión práctica
encaminada a la acción, por lo que ha de ser en la actividad humana en donde
encontremos los elementos que nos permitan responder a esta pregunta. Cada
sustancia tiene una función propia que viene determinada por su naturaleza;
actuar en contra de esa función equivale a actuar en contra de la propia
naturaleza; una cama ha de servir para dormir, por ejemplo, y un cuchillo para
cortar: si no cumplen su función diremos que son una "mala" cama o un
"mal" cuchillo. Si la cumplen, diremos que tienen la "virtud"
(areté) que le es propia: permitir el descanso o cortar, respectivamente; y por
lo tanto diremos que son una "buena" cama y un "buen"
cuchillo. La virtud, pues, se identifica con cierta capacidad o excelencia
propia de una sustancia, o de una actividad (de una profesión, por ejemplo).
Del mismo modo el hombre ha de tener una función propia: si actúa conforme
a esa función será un "buen" hombre; en caso contrario será un
"mal" hombre. La felicidad consistirá por lo tanto en actuar en
conformidad con la función propia del hombre. Y en la medida en que esa función
se realice, podrá el hombre alcanzar la felicidad. Si sus actos le conducen a
realizar esa función, serán virtuosos; en el caso contrario serán vicios que le
alejarán de su propia naturaleza, de lo que en ella hay de característico o
excelente y, con ello, de la felicidad.
Si queremos resolver el problema de la felicidad, el problema de la
moralidad, hemos de volvernos hacia la naturaleza del hombre, y no hacia la
definición de un hipotético "bien en sí". Ahora bien, el hombre es
una sustancia compuesta de alma y cuerpo, por lo que junto a las tendencias
apetitivas propias de su naturaleza animal encontraremos tendencias
intelectivas propias de su naturaleza racional. Habrá, pues, dos formas propias
de comportamiento y, por lo tanto, dos tipos de virtudes: las virtudes éticas
(propias de la parte apetitiva y volitiva de la naturaleza humana) y las
virtudes dianoéticas (propias de la diánoia, del pensamiento, de las funciones
intelectivas del alma).
"Siendo, pues, de dos especies la virtud:
intelectual y moral, la intelectual debe sobre todo al magisterio su nacimiento
y desarrollo, y por eso ha menester de experiencia y de tiempo, en tanto que la
virtud moral (ética ) es fruto de la costumbre (éthos), de la cual ha tomado su
nombre por una ligera inflexión del vocablo (éthos)". ("Ética a
Nicómaco", libro 2).
VIRTUDES ÉTICAS Y VIRTUDES DIANOÉTICAS
Las virtudes éticas
A lo largo de nuestra vida nos vamos forjando una forma de ser, un carácter
(éthos), a través de nuestras acciones, en relación con la parte apetitiva y
volitiva de nuestra naturaleza. Para determinar cuáles son las virtudes propias
de ella, Aristóteles procederá al análisis de la acción humana, determinando
que hay tres aspectos fundamentales que intervienen en ella: la volición, la
deliberación y la decisión. Es decir, queremos algo, deliberamos sobre la mejor
manera de conseguirlo y tomamos una decisión acerca de la acción de debemos
emprender para alcanzar el fin propuesto. Dado que Aristóteles entiende que la
voluntad está naturalmente orientada hacia el bien, la deliberación no versa
sobre lo que queremos, sobre la volición, sino solamente sobre los medios para
conseguirlo; la naturaleza de cada sustancia tiende hacia determinados fines
que le son propios, por lo que también en el hombre los fines o bienes a los
que puede aspirar están ya determinados por la propia naturaleza humana. Sobre
la primera fase de la acción humana, por lo tanto, sobre la volición, poco hay
que decir. No así sobre la segunda, la deliberación sobre los medios para
conseguir lo que por naturaleza deseamos, y sobre la tercera, la decisión
acerca de la conducta que hemos de adoptar para conseguirlo. Estas dos fases
establecen una clara subordinación al pensamiento de la determinación de nuestra
conducta, y exigen el recurso a la experiencia para poder determinar lo
acertado o no de nuestras decisiones. La deliberación sobre los medios supone
una reflexión sobre las distintas opciones que se me presentan para conseguir
un fin; una vez elegida una de las opciones, y ejecutada, sabré si me ha
permitido conseguir el fin propuesto o me ha alejado de él. Si la decisión ha
sido correcta, la repetiré en futuras ocasiones, llegando a
"automatizarse", es decir, a convertirse en una forma habitual de
conducta en similares ocasiones.
Es la repetición de las buenas decisiones, por lo tanto, lo que genera en
el hombre el hábito de comportarse adecuadamente; y en éste hábito consiste la
virtud para Aristóteles. (No me porto bien porque soy bueno, sino que soy bueno
porque me porto bien). Por el contrario, si la decisión adoptada no es
correcta, y persisto en ella, generaré un hábito contrario al anterior basado
en la repetición de malas decisiones, es decir, un vicio. Virtudes y vicios
hacen referencia por lo tanto a la forma habitual de comportamiento, por lo que
Aristóteles define la virtud ética como un hábito, el hábito de decidir bien y
conforme a una regla, la de la elección del término medio óptimo entre dos
extremos.
"La virtud es, por tanto, un hábito selectivo,
consistente en una posición intermedia para nosotros, determinada por la razón
y tal como la determinaría el hombre prudente. Posición intermedia entre dos
vicios, el uno por exceso y el otro por defecto. Y así, unos vicios pecan por
defecto y otros por exceso de lo debido en las pasiones y en las acciones,
mientras que la virtud encuentra y elige el término medio. Por lo cual, según
su sustancia y la definición que expresa su esencia, la virtud es medio, pero
desde el punto de vista de la perfección y del bien, es extremo."
("Ética a Nicómaco", libro 2, 6)
Este término medio, nos dice Aristóteles, no consiste en la media
aritmética entre dos cantidades, de modo que si consideramos poco 2 y mucho 10
el término medio sería 6. ("Si para alguien es mucho comer por valor de
diez minas, y poco por valor de 2, no por esto el maestro de gimnasia
prescribirá una comida de seis minas, pues también esto podría ser mucho o poco
para quien hubiera de tomarla: poco para Milón, y mucho para quien empiece los
ejercicios gimnásticos. Y lo mismo en la carrera y en la lucha. Así, todo
conocedor rehuye el exceso y el defecto, buscando y prefiriendo el término
medio, pero el término medio no de la cosa, sino para nosotros"). No hay
una forma de comportamiento universal en la que pueda decirse que consiste la
virtud. Es a través de la experiencia, de nuestra experiencia, como podemos ir
forjando ese hábito, mediante la persistencia en la adopción de decisiones
correctas, en que consiste la virtud. Nuestras características personales, las
condiciones en las que se desarrolla nuestra existencia, las diferencias
individuales, son elementos a considerar en la toma de una decisión, en la
elección de nuestra conducta. Lo que para uno puede ser excesivo, para otro
puede convertirse en el justo término medio; la virtud mantendrá su nombre en
ambos casos, aunque actuando de dos formas distintas. No hay una forma
universal de comportamiento y sin embargo tampoco se afirma la relatividad de
la virtud.
Las virtudes dianoéticas
Si para determinar las virtudes éticas partía Aristóteles del análisis de
la acción humana, para determinar las virtudes dianoéticas partirá del análisis
de las funciones de la parte racional o cognitiva del alma, de la diánoia. Ya
nos hemos referido estas funciones al hablar del tema del conocimiento: la
función productiva, la función práctica y la función contemplativa o teórica. A
cada una de ellas le corresponderá una virtud propia que vendrá representada
por la realización del saber correspondiente.
El conocimiento o dominio de un arte significa la realización de la función
productiva. A la función práctica, la actividad del pensamiento que reflexiona
sobre la vida ética y política del hombre tratando de dirigirla, le corresponde
la virtud de la prudencia (phrónesis) o racionalidad práctica. Mediante ella
estamos en condiciones de elegir las reglas correctas de comportamiento por las
que regular nuestra conducta. No es el resultado, pues, de la adquisición de
una ciencia, sino más bien el fruto de la experiencia. La prudencia es una
virtud fundamental de la vida ética del hombre, sin la cual difícilmente
podremos adquirir las virtudes éticas. Aplicada a las distintas facetas de la
vida, privada y pública, del hombre tenemos distintos tipos de prudencia (individual,
familiar, política).
Por lo que respecta a las funciones contemplativas o teóricas, propias del
conocimiento científico, (Matemáticas, Física, Metafísica,) la virtud que les
corresponde es la sabiduría (sophía). La sabiduría representa el grado más
elevado de virtud, ya que tiene por objeto la determinación de lo verdadero y
lo falso, del bien y del mal. El hábito de captar la verdad a través de la
demostración, la sabiduría, representa el nivel más elevado de virtud al que
puede aspirar el hombre, y Aristóteles la identifica con la verdadera
felicidad.
En efecto, el saber teórico no "sirve" para nada ulterior, no es
un medio para ningún otro fin, sino que es un fin en sí mismo que tiene su
placer propio; sin embargo, como hemos visto al analizar las virtudes éticas,
el hombre debe atender a todas las facetas de su naturaleza, por lo que
necesariamente ha de gozar de un determinado grado de bienestar material si
quiere estar en condiciones de poder acceder a la sabiduría. Será un deber del
Estado, por lo tanto, garantizar que la mayoría de los ciudadanos libres estén
en condiciones de acceder a los bienes intelectuales. Pero este es un tema que
enlaza ya con la Política y con el sentido social de la vida del hombre, que
veremos en el próximo apartado.
LA SOCIEDAD Y LA POLÍTICA
La teoría social y política aristotélica
El interés por las cuestiones sociales y políticas es una de las
características de la actividad filosófica de Platón, y queda reflejado
suficientemente en la República. Aunque en Aristóteles no alcance la misma
dimensión que en Platón también formará parte importante de su obra,
especialmente en correlación con la ética, configurando lo que se ha dado en
llamar la filosofía práctica aristotélica. Aristóteles estudia las cuestiones sociales
y políticas en las "Constituciones" y en la "Política". Más
que el diseño de lo que debería ser una sociedad perfecta o justa, lo que le
interesa a Aristóteles es determinar las características del espacio social en
el que se ha de desarrollar la vida del hombre. También bosquejará tímidamente
su sociedad ideal, en los libros 7 y 8 de la "Política"; pero al
igual que en otros aspectos de su obra se sentirá más atraído por el análisis
de la experiencia, en este caso, el de la experiencia de la vida colectiva o
social del hombre.
Respecto al origen y constitución de la sociedad mantendrá, al igual que
Platón, la teoría de la "sociabilidad natural" del hombre. El hombre
es un animal social (zóon politikon), es decir, un ser que necesita de los
otros de su especie para sobrevivir; no es posible pensar que el individuo sea
anterior a la sociedad, que la sociedad sea el resultado de una convención
establecida entre individuos que vivían independientemente unos de otros en
estado natural: "La ciudad es asimismo por naturaleza anterior a la
familia y a cada uno de nosotros". El todo, argumenta Aristóteles, es
anterior a las partes; destruido lo corporal, nos dice, no habrá "ni pie
ni mano a no ser en sentido equívoco"; el ejemplo que toma como referencia
sugiere una interpretación organicista de lo social, en la que se recalca la
dependencia del individuo con respecto a la sociedad
"Es pues manifiesto que la ciudad es por
naturaleza anterior al individuo, pues si el individuo no puede de por sí
bastarse a sí mismo, deberá estar con el todo político en la misma relación que
las otras partes lo están con su respectivo todo. El que sea incapaz de entrar
en esta participación común, o que, a causa de su propia suficiencia, no
necesite de ella, no es más parte de la ciudad, sino que es una bestia o un
dios". ("Política", libro 1,1)
El núcleo originario de la comunidad social o política es la familia. Las
necesidades naturales de los hombres, las necesidades reproductivas que llevan
al apareamiento, por ejemplo, llevan a la configuración de este pequeño grupo
social que será la base de organizaciones más amplias como la aldea y la
ciudad: "La familia es así la comunidad establecida por la naturaleza para
la convivencia de todos los días". Las pequeñas asociaciones de grupos
familiares dan lugar a surgimiento de la aldea; y la asociación de aldeas da
lugar a la constitución de la ciudad: "de aquí que toda ciudad exista por
naturaleza, no de otro modo que las primeras comunidades, puesto que es ella el
fin de las demás". Aristóteles utiliza también el argumento del lenguaje
para reforzar su interpretación de la sociabilidad natural del hombre: a
diferencia de otros animales el hombre dispone del lenguaje, un instrumento de
comunicación, por ejemplo, que requiere necesariamente del otro para poder
ejercitarse; sería absurdo que la naturaleza nos hubiera dotado de algo
superfluo; y sería difícilmente explicable el fenómeno lingüístico si
partiéramos de la concepción de la anterioridad del individuo respecto a la
sociedad.
"El por qué sea el hombre un animal político, más
aún que las abejas y todo otro animal gregario, es evidente. La naturaleza -
según hemos dicho - no hace nada en vano; ahora bien, el hombre es entre los
animales el único que tiene palabra." (Política, libro 1, 1)
Aristóteles, como Platón, considera que el fin de la sociedad y del Estado
es garantizar el bien supremo de los hombres, su vida moral e intelectual; la
realización de la vida moral tiene lugar en la sociedad, por lo que el fin de
la sociedad, y del Estado por consiguiente, ha de ser garantizarla. De ahí que
tanto uno como otro consideren injusto todo Estado que se olvide de este fin
supremo y que vele más por sus propios intereses que por los de la sociedad en
su conjunto. De ahí también la necesidad de que un Estado sea capaz de
establecer leyes justas, es decir, leyes encaminadas a garantizar la
consecución de su fin. Las relaciones que se establecen entre los individuos en
una sociedad son, pues, relaciones naturales. Aristóteles estudia esas "leyes"
de las relaciones entre los individuos tanto en la comunidad doméstica, la
familia, como en el conjunto de la sociedad, deteniéndose también en el
análisis de la actividad económica familiar, del comercio y del dinero.
Así, respecto a la comunidad doméstica, considera naturales las relaciones
hombre-mujer, padres-hijos y amo-esclavos; de esa naturalidad se deduce la
preeminencia del hombre sobre la mujer en el seno de la familia, la de los
padres sobre los hijos y la del amo sobre los esclavos; en este sentido no hace
más que reflejar las condiciones reales de la sociedad ateniense de la época,
limitándose a sancionarla, apoyándose en una elaboración teórica de carácter
esencialista, hoy ya completamente obsoleta: resulta inadmisible en la
actualidad la consideración de la esclavitud como un estado natural de algunos
hombres, tanto como la consideración negativa y subsidiaria de la mujer.
Respecto a la actividad económica considera que hay una forma natural de
enriquecimiento derivada de las actividades tradicionales de pastoreo, pesca,
caza y agricultura, estableciendo sus dudas acerca de que sea una actividad
natural el trueque, a menos que sea para satisfacer una necesidad. El uso del
dinero como forma de enriquecimiento es considerado "no natural", criticando
especialmente el aumento del dinero mediante el préstamo con interés.
En el estudio de las diversas Constituciones de las ciudades-estado de su época nos propone una teoría de las formas de gobierno basada en una clasificación que toma como referencia si el gobierno procura el interés común o busca su propio interés. Cada una de estas clases se divide a su vez en tres formas de gobierno, o tres tipos de constitución: las buenas constituciones y las malas o desviadas. Las consideradas buenas formas de gobierno son la Monarquía, la Aristocracia y la Democracia (Politeia); las consideradas malas, y que representan la degeneración de aquellas son la Tiranía, la Oligarquía y la Democracia extrema o (Demagogia). La Monarquía, el gobierno del más noble con la aceptación del pueblo y el respeto de las leyes, se opone a la Tiranía, donde uno se hace con el poder violentamente y gobierna sin respetar las leyes; La Aristocracia, el gobierno de los mejores y de mejor linaje, se opone a la Oligarquía, el gobierno de los más ricos; La Democracia o Politeia, el gobierno de todos según las leyes establecidas, se opone a la Demagogia, el gobierno de todos sin respeto de las leyes, donde prevalece la demagogia sobre el interés común.
Las
formas de gobierno
La Democracia moderada o "Politeia" es considerada por
Aristóteles la mejor forma de gobierno, tomando como referencia la organización
social de la ciudad-estado griega; una sociedad por lo tanto no excesivamente
numerosa, con unas dimensiones relativamente reducidas y con autosuficiencia
económica y militar, de modo que pueda atender a todas las necesidades de los
ciudadanos, tanto básicas como de ocio y educativas. Lo que le hace rechazar, o
considerar inferiores, las otras formas buenas de gobierno es su inadecuación
al tipo de sociedad que imagina, considerándolas adecuadas para sociedades o
menos complejas y más rurales o tradicionales; pero también el peligro de su
degeneración en Tiranía u Oligarquía, lo que representaría un grave daño para
los intereses comunes de los ciudadanos. Probablemente Aristóteles tenga
presente el tipo de democracia imperante en Atenas a finales del siglo V, la de
la Constitución de los cinco mil; le parece preferible una sociedad en la que
predominen las clases medias y en la que en los ciudadanos se vayan alternando
en las distintas funciones de gobierno, entendiendo que una distribución más
homogénea de la riqueza elimina las causas de los conflictos y garantiza de
forma más adecuada la consecución de los objetivos de la ciudad y del Estado.
No hay comentarios:
Publicar un comentario