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domingo, 18 de enero de 2015

LOCKE  Y HUME

LOCKE

    John Locke nació en Wrington, cerca de Bristol, en 1632. Estudió en el Christ Church College de la Universidad de Oxford, donde la lectura de descartes le impulsó hacia los estudios de filosofía. Llegó a tener un buen conocimiento de la ciencia de su tiempo (física, química y medicina, en la que obtuvo la licenciatura), y participó activamente en los acontecimientos políticos que acaecieron en Inglaterra en su tiempo.
Su obra más importante es el Ensayo sobre el entendimiento humano, cuya primera edición apareció en 1690 y que constituye la biblia del empirismo moderno. Además escribió otras obras de carácter político y religioso en las que se defienden los ideales de la democracia, libertad y tolerancia. Sobre el gobierno civil (dos tratados); La racionalidad del cristianismoCarta sobre la toleranciaAlgunos pensamientos concernientes a la educación.
   J. Locke representa el ideal de hombre y de filósofo profundamente moderado. Rechazaba el autoritarismo en todos los extremos (intelectual y político) y se convirtió en uno de los primeros expositores del “principio de tolerancia”. Sus textos muestran siempre la ausencia de posturas extremas y la presencia del sentido común, pudiéndose afirmar que sus teorías están marcadas por una reflexión racional acerca de la experiencia común. En este sentido, es preciso entender su equilibrio entre el racionalismo y el empirismo, a pesar de haber sido el fundador del empirismo moderno. En efecto, era empirista en el sentido de que consideraba que todo el material de nuestros conocimientos provenía de la sensación o de la reflexión; pero también era racionalista en la medida en que sostenía la tesis de que todas las opiniones y creencias debían comparecer ante el tribunal de la razón.


EL PROBLEMA DEL CONOCIMIENTO

1.      Sentido y estructura del Ensayo sobre el entendimiento humano.

   El Ensayo es la primera gran obra de la Modernidad filosófica en la que se toma por objeto de investigación en “entendimiento humano. De ahí que Locke declare en la Introducción del mismo que se propone investigar “el origen, alcance y certeza del conocimiento humano, así como los fundamentos y grados de las creencias, opiniones y asentimientos”. Todo el Ensayo está recorrido por ese doble análisis psicológico y epistemológico, que es consustancial al racionalismo y al empirismo.

La obra se divide en cuatro partes o libros con el siguiente contenido:

Primer libro: “De las nociones innatas”. En él expone su refutación de la teoría de las ideas innatas. Niega, pues, la existencia de las ideas y principios innatos, por indemostrables e innecesarios para explicar el origen y la estructura del conocimiento humano.

Segundo libro: “de las ideas”. En él se expone la teoría de Locke acerca del origen, clases y características de nuestras ideas.

Tercer libro: “De las palabras”. Trata del lenguaje, del uso adecuado e inadecuado (abusos de uso) de las palabras como poderosa fuente e confusión.

Cuarto libro: “Del conocimiento”. En él se analizan los tipos de conocimiento, sus grados y sus límites.


2.      Crítica de Locke a la teoría de las ideas innatas

   Como momento previo para la formulación de una teoría empirista sobre los elementos del conocimiento, su naturaleza y sus límites, Locke cree adecuado comenzar con una estrategia “negativa”, es decir, refutando la teoría de las ideas innatas. Para ello, no toma como adversario a ningún filósofo concreto, sino que toma como objeto de su crítica la concepción más general de esta doctrina innatista del conocimiento, que puede ser formulada así: “Hay en el entendimiento ciertos principios innatos, ciertas nociones primarias, caracteres, como impresos en la mente del hombre, que el alma recibe en su primer ser y que trae al mundo con ella”. Algunos tendrán carácter especulativo (/ej.: el principio de no contradicción), y otros, carácter práctico (ej.: la idea del bien).
El principal argumento a favor de esta doctrina es la teoría del consenso universal, según la cual, puesto que todos los hombres están de acuerdo en la validez de determinados principios teóricos y prácticos, se deduce necesariamente que tales principios están originariamente impresos en la mente (alma) de los hombres, y que ésta los trae al mundo consigo “de un modo tan necesario y real como trae las facultades que le son inherentes”.

Para Locke tal teoría no prueba nada por las siguientes razones:

1.      En el caso de que existiese tal acuerdo universal, éste podría ser explicado sin introducir la hipótesis de las ideas innatas, por lo que, de acuerdo con un principio de economía explicativa, dicha hipótesis es superflua.
2.      Pero es que, además, desde el punto de vista de Locke no existe en realidad acuerdo universal alguno acerca de la veracidad total de algún principio. Poseemos, desde luego, “tendencias naturales”, pero estas no coinciden con la noción de “ideas innatas”. Si los principios morales fueran realmente innatos, no encontraríamos las diferencias que, de hecho, encontramos en las concepciones morales y en los comportamientos de los hombres en las distintas sociedades y épocas.
3.      Por último, Locke alude al problema del aprendizaje: el hecho de que para saber algo tengamos que aprender el sentido de los términos y adquirir las ideas fundamentales, es una señal inequívoca de que las proposiciones en cuestión no constituyen principios innatos.


3.      La “experiencia” como fuente exclusiva de nuestros conocimientos

   Ahora bien, dado que no podemos aceptar principios innatos en el origen del conocimiento, ¿cómo adquiere la mente su repertorio de ideas? ¿De dónde extrae todos los materiales con los que trabaja el entendimiento? Locke responde: la mente es preciso concebirla como un “papel en blanco” que obtiene todos sus materiales de la experiencia; ahí está el fundamento y origen de todo el saber. Locke concibe a la experiencia en dos sentidos:
a)      Experiencia externa o sensación, mediante la cual nuestros sentidos, ante los objetos sensibles, transmiten a la mente distintas percepciones, según los variados modos en que estos objetos nos afectan, y es así como podemos llegar a obtener las ideas de “amarillo, blanco, calor, frío, amargo, dulce…” y de todas aquellas que llamamos “cualidades sensibles”.
b)      Experiencia interna o reflexión, mediante la cual percibimos nuestras propias operaciones mentales, tales como las ideas de “percepción, pensar, dudar, creer, razonar, conocer, querer…”.


4.      Ideas y cualidades sensibles

   Locke define la idea como “todo aquello que la mente percibe en sí misma, o todo aquello que es objeto inmediato de percepción, de pensamiento, o de entendimiento”. El hombre comienza a tener ideas a partir de la primera sensación. Esta es considerada por Locke de forma puramente mecanicista, reduciéndola, por tanto, a un movimiento causado por las cualidades materiales de los cuerpos: se trata de “una impresión o noción hecha en alguna parte del cuerpo, de tal índole que produce alguna percepción en el entendimiento”. Los cuerpos producen ideas en nosotros “únicamente por impulsión”.
Ahora bien, los cuerpos están dotados de cualidades, que son las que producen en nuestros sentidos percepciones, de las cuales se derivan las ideas: “Llamo cualidad del sujeto, la potencia o facultad que tiene de producir una cierta idea en la mente”. Hay dos clases de cualidades: primarias y secundarias.

a)      Cualidades primarias: son cualidades objetivas. Son propiedades que existen realmente en los cuerpos, inseparables de ellos, y que las conservan siempre a través de todos los cambios y alteraciones que puedan sufrir. Así son, la solidez, la extensión, figura, movimiento, impenetrabilidad…
b)      Cualidades secundarias: son cualidades subjetivas. Es la capacidad que existe en los cuerpos de producir en nosotros diversas sensaciones subjetivas a través de sus cualidades primarias. De aquí resultan los colores, los sabores, los sonidos, etc., y las sensaciones de frío, calor, dureza, pesadez, suavidad, rugosidad, etc.


5.      Ideas  simples e ideas complejas

   Hay dos clases de ideas: simples y complejas. Son simples todas las ideas que provienen de la experiencia, tanto externa (sensación) como interna (reflexión). La mente recibe tales ideas de forma pasiva, pero desempeña un papel activo en la producción de las ideas complejas.

Análisis de las ideas simples.

Las ideas simples son materiales primarios de nuestro conocimiento y el fundamento de todas nuestras construcciones mentales, pero hay que distinguir entre las ideas simples producidas por las cualidades primarias y las producidas por las cualidades secundarias:

a)      Las ideas simples producidas por las cualidades primarias, responden a las propiedades reales, objetivas, existentes en los mismos cuerpos. Son imágenes de los mismos cuerpos, copias de las propiedades presentes en las cosas mismas.
b)      Las ideas simples producidas por las cualidades secundarias, son puramente subjetivas, no tienen ninguna objetividad, y no se parecen en nada a los cuerpos de donde provienen: el hierro que penetra en la carne causa un dolor no está en el que lo ha producido. Ni los colores, ni los olores, ni los sabores están en los cuerpos, sino que son efectos producidos en nuestra sensibilidad por la potencia que tienen los cuerpos de obrar sobre nuestros órganos de los sentidos.

Locke distingue cuatro clases de ideas simples:

1ª Hay ideas que entran en nosotros por un solo sentido: los colores, por la vista, los sonidos, por el oído, la solidez, el río, la dureza, la blandura, por el tacto.
2ª. Hay ideas que provienen de varios sentidos a la vez: las ideas de espacio, extensión, figura, movimiento, reposo…
3ª Hay ideas que provienen de la sola reflexión: percepción, pensamiento, volición…
4ª Por último, hay ideas que acceden a la mente por todas las vías de la sensación y de la reflexión: así tenemos el placer, el dolor, la inquietud, la existencia, la unidad, la fuerza.

Análisis de las ideas complejas

            Ante las ideas simples la mente es puramente pasiva y receptiva, como un espejo que refleja la imagen de los objetos; pero, una vez en posesión de ellas, tiene el poder activo de combinarlas, asociarlas, compararlas, y ordenarlas en una variedad casi infinita. De aquí resultan las ideas complejas, que multiplican y varían indefinidamente los objetos de nuestro pensamiento. La mente recibe las ideas simples, pero construye las ideas complejas mediante combinaciones de las simples. Esta actividad se realiza de tres maneras:

a)      Cuando la mente combina dos o más ideas simples en una sola se generan los modos o modificaciones (ej.: modos del espacio, del tiempo o del movimiento).
b)      Cuando la mente compara las ideas sin unirlas, se obtienen las ideas complejas de relaciones (ej.: de causalidad, de identidad y diversidad).
c)      Cuando la mente separa unas ideas de todas las demás que las acompañan en su existencia real, esta actividad recibe el nombre de abstracción, y por este procedimiento se van a originar todas las “ideas generales”, especialmente la idea de sustancia.

Así pues, aunque el número de ideas complejas es infinito, pueden reduciré a tres clases fundamentales: modosrelaciones y la idea de sustancia

1.      Modos: son aquellas ideas complejas que no se consideran como subsistentes por sí mismas, sino como dependientes de las sustancias (ej., triángulo, como modo de la extensión; gratitud, como modo de la virtud; asesinato, como modo del rimen. Hay dos clases de modos: simples y mixtos o compuestos. Los simples son combinaciones de ideas simples homogéneas de la misma especie (una docena es un agregado de unidades). Los compuestos resultan de la unión de ideas simples heterogéneas (la belleza resulta de la figura y el color).
2.      Relación: consiste en la comparación de una idea con otra, de manera que la consideración de una cosa implica la consideración de otra. Locke considera especialmente las relaciones de causa y efecto, y de identidad y diversidad.
3.      Sustancia: es la más importante de las ideas complejas. Proviene de la costumbre de unir varias ideas simples en la percepción y en el lenguaje, por no poderlas concebir como subsistentes por sí mismas. La idea de sustancia no es otra cosa que la “colección de un cierto número de ideas simples, consideradas como unidas en un solo sujeto”.


1.      Niveles y grados del conocimiento

   En el libro IV del Ensayo, se aborda el problema del valor, grados de certeza, límites y alcance de nuestros conocimientos. Como hemos dicho, todo conocimiento versa sobre ideas, hasta tal punto que el conocimiento consiste en la “percepción de la conveniencia y disconveniencia entre nuestras ideas”. Fuera de esto queda un campo casi ilimitado para imaginar, conjeturar, o creer, pero no para el conocimiento científico propiamente dicho. Existen cuatro clases de conveniencia o disconveniencia entre las ideas: identidad o diversidad, relación, coexistencia o conexión necesaria, y existencia real.
       Así, pues, todo nuestro conocimiento consiste en la percepción que la mente tiene de sus propias ideas. Su grado de certeza depende de la evidencia, claridad y distinción con que la mente las percibe en sí mismas y respecto de las demás (conveniencia o disconveniencia). Locke distingue tres grados de conocimiento: intuitivodemostrativo o discursivo y sensitivo.
1º Conocimiento intuitivo. Es inmediato. Se da cuando conocemos inmediatamente la conveniencia y disconveniencia entre dos ideas, comparándolas inmediatamente sin necesidad de intermediario alguno. Es el grado más alto de evidencia a que podemos llegar y es el fundamento de certeza de todos los demás. Tenemos un conocimiento intuitivo de nuestra propia existencia (como para Descartes)
2º Conocimiento demostrativo. Cuando descubrimos la conveniencia o disconveniencia de las ideas, no de manera inmediata, sino a través de otras ideas intermedias, que son las “pruebas” (razonamiento, demostración). Poseemos un conocimiento demostrativo de la existencia de Dios.

3º Conocimiento sensitivo. Constituye el grado ínfimo de nuestro conocimiento. Más que conocimiento, conviene denominarlo fe u opinión. Gracias a él tenemos un cierto conocimiento de la existencia de seres particulares (objetos sensibles) fuera de nosotros.

EL LIBERALISMO POLÍTICO Y LA TOLERANCIA RELIGIOSA

   J. Locke escribió dos tratados Sobre el gobierno civil (1690). El primero, para refutar la obra De Patriarca de Robert Filmer (1604 – 1647), y el segundo, para enfrentarse al absolutismo de Thomas Hobbes (1578 – 1679), adoptando una actitud mucho más liberal y moderada.
       En el primer tratado Sobre el gobierno civil, frente a la teoría de Filmer para el que la libertad era ilimitada, Locke defiende que la libertad tiene límites, los cuales están prescritos por la razón humana (defender lo contrario es defender el libertinaje). La libertad de la naturaleza está limitada por la ley natural. El derecho del hombre está limitado a su persona. Implica el derecho a la vida, a la integridad corporal, a la libertad y a la propiedad de las cosas que produzca con su trabajo.
       El segundo tratado se enfrenta a la teoría de Hobbes. Para éste, en el estado primitivo los hombres tenían derecho natural ilimitado hasta donde se extendía su fuerza; de aquí se derivaba un estado permanente de guerra universal de todos contra todos. Locke, por el contrario, sostiene que el hombre no tiene un derecho natural ilimitado, sino limitado por su propia naturaleza racional, y por el derecho natural de los demás hombres. El estado de naturaleza está regido por la ley natural, basada en la razón y que es obligatoria para todos.
       Frente a Hobbes, para quien el hombre en estado de naturaleza carece de una ley natural (racional) que posibilite una convivencia social pacífica, Locke considera que esa ley natural inherente al hombre es la responsable de la unión libre de los hombres en sociedad mediante un pacto o contrato social, cuyo fin sería preservar los derechos naturales de los individuos. Los hombres aislados no podrían defender la ley natural y por ello delegan ese poder en una comunidad encargada de preservarla. El poder del estado no es absoluto, ni arbitrario, ni ilimitado. Todo el poder del monarca proviene del pueblo; es preciso mantener separado el poder legislativo y el ejecutivo. En el caso de que el monarca se convirtiera en un tirano, el pueblo tendría derecho a deponerlo, incluso por la fuerza.





EL PROBLEMA DE DIOS Y DE LA RELIGIÓN

    En sus Cartas sobre la tolerancia, Locke aborda el problema religioso tal y como se presentaba en su tiempo. La Iglesia y el estado deben estar separados. La iglesia es “una sociedad libre de hombres que se unen espontáneamente para servir a Dios en Público”. La misión del Estado se limita a salvaguardar los derechos naturales y civiles de los hombres: su vida, su integridad física, la libertad y la propiedad. Ni el estado debe atentar contra la libertad religiosa, ni la Iglesia debe imponer la religión por medios coercitivos. La religión no debe imponerse por la fuerza, sino por la persuasión; la intolerancia termina por volverse siempre contra quienes la practican.



HUME


Resultado de imagen de Hume imágenes    Al igual que ocurre con Locke, Hume desarrolla una teoría psicológica del conocimiento, con la que trata de explicar cómo se producen en nosotros las impresiones, cómo derivamos de ellas las ideas y cómo unimos estas últimas unas con otras para construir el conocimiento. Esta teoría del conocimiento forma parte del problema fundamental al que Hume quiere dar solución: la elaboración de una ciencia general de la naturaleza humana, pues considera que es fundamental volver al estudio de la naturaleza humana, preocuparse por el problema del alcance y la validez de nuestro conocimiento antes de intentar conocer las cosas mismas, pues es evidente, para Hume, que todas las ciencias se relacionan en mayor o menor grado con la naturaleza humana, pues están bajo la comprensión de los hombres y son juzgadas según las capacidades y las facultades de estos. Puede apreciarse cómo esa ciencia de la naturaleza humana que Hume aspira a elaborar como fundamento de todas las demás ciencias es, principalmente, una psicología del conocimiento. En ese sentido, Hume continúa la línea empirista de Locke al afirmar que el único origen de todos nuestros conocimientos es la experiencia y que la mente es una tabula rasa, un receptáculo totalmente vacío, que se llena con lo que de la experiencia proviene. También para Hume, el conocimiento ha de fundamentarse en la experiencia y la observación y no en la deducción de contenidos a partir de unas supuestas ideas innatas cuya existencia, al igual que hiciera Locke, Hume niega expresamente. Por todo ello, Hume llevará al empirismo hasta sus últimas consecuencias, hasta convertirlo en un fenomenismo o sensismo ultraempirista, que acaba con todos los restos de cartesianismo que Locke aún mantenía en su teoría gnoseológica.


TEORÍA DEL CONOCIMIENTO
   
   Hume no estaba conforme con la forma en que Locke empleaba el término idea como sinónimo de “todo aquello que está en nuestra mente” (el equivalente de las cogitatio de Descartes), por lo que afirma que a todos los contenidos mentales que podamos tener les corresponde el término de percepciones. Estas percepciones, que forman todo el contenido de nuestro conocimiento, se distinguen únicamente por la vivacidad y fuerza con la que se presentan a la mente. Si yo percibo una mesa, por ejemplo, esa mesa se me aparece con una fuerza y una vivacidad muy grandes; pero si dejo de percibir la mesa y pienso en ella, la mesa se me presenta a la mente con una fuerza y una vivacidad mucho menor. Pues bien; para Hume, los elementos que forman nuestro conocimiento, las percepciones, son de dos tipos: impresiones e ideas. Una impresión es una percepción que se presenta a la mente con mucha fuerza. Una idea es una percepción que se presenta a la mente de forma más débil. Las ideas, por tanto sólo pueden provenir de las impresiones; son imágenes débiles de las impresiones. Con estos elementos, Hume va a construir una teoría psicológica del conocimiento en la que va a tratar de explicar cómo surgen las ideas a partir de las impresiones y cuáles son los mecanismos –puramente psicológicos- por los que las ideas se relacionan unas con otras construyendo nuestro conocimiento.
   Las impresiones son los datos inmediatos de la experiencia y pueden ser de dos tipos: de sensación, que son los datos inmediatos de la experiencia y no sabemos de dónde vienen ni por qué se producen y de reflexión. Ambas pueden ser simples y complejas. Las ideas, por su parte, son el correlato debilitado de las impresiones y también se dividen en simples y complejas. Pero para Hume, la distinción entre simple y complejo no reviste la menor importancia, así como tampoco es importante la distinción que Locke hace entre ideas captadas con un solo sentido e ideas captadas con varios sentidos, todo lo cual, en opinión de Hume, complica innecesariamente la teoría del conocimiento. Para Hume, lo realmente importante es saber que, en lo tocante al origen de nuestras impresiones externas (de sensación) nos es imposible saber de dónde proceden y qué las provoca. En cambio, respecto al origen de las impresiones de reflexión (experiencia interna) éste está claramente en las ideas. Un sencillo ejemplo nos lo aclarará. Si siento placer al recordar que ayer me comí un pastel que me gustó mucho, la idea de pastel procede claramente de la impresión de pastel (experiencia externa, sensación). pero la impresión de placer que ahora siento experiencia interna, reflexión), procede claramente de la idea de pastel que guardo en la memoria. lo importante, para Hume, es tener claro que las ideas proceden de las impresiones, por lo que por lo que el mundo entero del pensamiento se reduce al mundo de las impresiones, y que, ya sean simples o complejas, en cuanto a su origen, las ideas se clasifican en dos tipos: ideas de memoria e ideas de imaginación.
Ideas de memoria: son aquellas que se presentan a la mente con un grado de viveza intermedio entre una impresión y una idea. La memoria se encarga de conservar las ideas simples y el orden y posición entre ellas.
Ideas de imaginación: son las meras ideas que se presentan como copia de las impresiones. La imaginación puede combinar libremente esas ideas.
   Puesto que es un hecho que nuestras ideas se presentan relacionadas y vinculadas entre sí, Hume comienza por elaborar una teoría de las relaciones.
   Según Hume, existen dos tipos de relaciones entre nuestras ideas
  1. Relaciones naturales. Dependen de un factor puramente natural, espontáneo y, por así decirlo, “inconsciente”. Se rigen por la asociación de unas con otras merced a tres principios que obran en la mente de forma automática, tal como lo hace la fuerza de atracción newtoniana en el universo físico. esos tres principios de asociación son:
-         Semejanza. Ejemplo: al mirar una fotografía pensamos en la persona retratada en ella.
-         Contigüidad espacio temporal. Ejemplo: al imaginarnos la cocina de nuestra casa tendemos a imaginarnos también el salón, el baño, etc., por contigüidad.
-         Causa efecto. Al contemplar una herida pensamos automáticamente en el objeto que la causó.
  1. Relaciones filosóficas. Aquí el motor que lleva a unas ideas a relacionarse con otras no es una fuerza inconsciente semejante a la fuerza newtoniana de gravedad, sino la reflexión consiente y comparativa. Puede decirse que la mente relaciona unas ideas con otras “a posta”, de forma consciente. Las relaciones filosóficas entre las ideas son de dos tipos:
a)   Relaciones de ideas. Son el fruto bien de la intuición, o bien del razonamiento demostrativo. Dan lugar a proposiciones analíticas, evidentes racionalmente, cuya verdad se comprueba a priori sin tener que acudir a la experiencia. Son proposiciones universales y necesarias, ya que su contrario no es posible. Son todas las proposiciones de la lógica y de las matemáticas. Ejemplo: 3+2=5,  todo a es a. Son proposiciones siempre verdaderas, pero no nos ofrecen ninguna información nueva sobre el mundo.

b)      Cuestiones de hecho. Son el producto de la percepción inmediata de la existencia dentro de la experiencia, o del razonamiento por aplicación de la ley de causa-efecto. Son las proposiciones acerca del mundo externo, cuya verdad se comprueba a posteriori, empíricamente (por ejemplo, que el agua se hiela al llegar a los 100 grados centígrados). Estas proposiciones amplían nuestra información sobre el mundo, pero no nos proporcionan certeza racional, porque, a diferencia de las relaciones de ideas, estas no son proposiciones universales ni necesarias, ya que su contrario siempre es posible.

   Como puede verse, que el empirismo de Hume es una teoría psicológica del conocimiento queda claro por el hecho de que lo que hume nos cuenta es el proceso psicológico por el que la mente extrae las ideas a partir de las impresiones y las combina luego unas con otras para elaborar el conocimiento. No podemos concebir nada que no hayamos visto fuera de nosotros o que no hayamos experimentado en nosotros mismos.

   Con esta teoría de las relaciones, Hume pretende hacer frente al problema de la naturaleza y extensión de nuestro conocimiento. Una vez que Hume ha establecido que todo conocimiento tiene su fundamento en la percepción (recordemos que en nuestra mente sólo hay percepciones, que se dividen en impresiones e ideas), mediante la teoría de las relaciones determina que todas las operaciones que puede realizar el entendimiento se refieren o a "relaciones de ideas" o a "cuestiones de hecho". Las ciencias formales -lógica y matemáticas-  se componen de relaciones de ideas, mientras que todas las demás ciencias, llamadas justamente "ciencias empíricas", se componen de cuestiones de hecho.


CRÍTICA A LA METAFÍSICA CARTESIANA

   Una vez expuesto el origen, fundamento y límites del conocimiento, Hume pasa a realizar una profunda crítica a los conceptos de la metafísica; la noción de causalidad, la idea de sustancia y la idea de yo, que eran mantenidos como pilares inamovibles en el racionalismo cartesiano.

Crítica al principio de causalidad.

   El principio de causalidad es clave en todo el proceso del conocimiento, pues como ya señala Aristóteles: todo conocimiento es un conocimiento de causas. Sin embargo, para Hume, el principio de causalidad, si bien nos resulta utilísimo en nuestra vida cotidiana, no tiene ningún fundamento legítimo, pues no constituye ni una relación de ideas ni una cuestión de hecho, los dos únicos tipos de relaciones filosíficas que admite Hume entre las ideas. No es fruto de una relación de ideas, pues, como ya hemos visto, las relaciones de ideas son de carácter analítico, se guían por el principio de no contradicción y su contrario no es posible. Pero yo puedo pensar, sin caer en contradicción ninguna, que mañana, cuando ponga un cazo con agua a hervir, el agua se va a congelar en vez de calentarse. Tampoco es una cuestión de hecho, porque éstas dependen de la experiencia, de las impresiones y, ciertamente, yo no tengo ninguna impresión de donde pueda haber sacado la idea de causalidad. dicho de otro modo, la noción de causalidad no puede ser fruto de ninguna intuición, ya que no tenemos más experiencia directa que la de los fenómenos sensibles. Tampoco puede ser el fruto de una demostración, porque toda demostración presupone ya el principio de causalidad, cayendo así en una petición de principio. ¿De dónde procede entonces la idea de  causalidad? Hume va a recurrir, como buen empirista, a un mecanismo puramente psicológico para explicarlo: el hábito. En efecto, en nosotros se forma el habito de haber visto dos fenómenos que han aparecido de forma continua uno después del otro en nuestra experiencia pasada (siempre que hemos puesto un cazo de agua al fuego ésta a acabado por hervir). Este hábito adquirido nos lleva a tener la creencia de que entre ambos fenómenos, el fuego y el cazo de agua, se ha producido una conexión necesaria, por lo que en el futuro, cuando pongamos el cazo en el fuego, el agua volverá a hervir. Y ahí radica, para Hume, nuestro error: que la noción de necesidad abarca el futuro, pero nosotros no tenemos ninguna impresión, ninguna experiencia del futuro, por lo que la noción de causalidad sólo puede ser producto del hábito y la creencia, totalmente infundada, de que el futuro se va a conformar como el pasado. En definitiva, nos es, ciertamente, muy útil creer que mañana, cuando pongamos el cazo con agua en el fuego, ésta se va a poner a hervir; pero eso no es más que una creencia sin fundamento alguno en el conocimiento.


Crítica a la noción de sustancia
       
  Como sabemos, descartes mantiene la existencia de dos sustancias totalmente distintas: la res cogitans, el yo, el alma, que es puro pensamiento y la sede de nuestras voliciones y muestra libertad, y la res extensa, os objetos, el cuerpo, sujetos a leyes puramente mecánicas que funcionan de forma determinista.

   Respecto a la res cogitans, al yo, Hume afirma categóricamente que no existe ninguna sustancia pensante como una realidad distinta de las impresiones e ideas. Para Hume, a diferencia de lo que ocurría con Descartes, el yo no es lo primero que captamos con total evidencia, porque, al observarnos internamente, lo único que encontramos es una incesante corriente de percepciones: dolor, alegría, tristeza, pasiones y sensaciones de todo tipo, que se suceden incesantemente unas a otras, sin que podamos hallar entre ellas una impresión fija e invariable de donde pudiésemos sacar la idea de yo. Para poder explicar entonces el hecho de que seamos conscientes de la permanencia de nuestra identidad personal a través de nuestras sucesivas impresiones e ideas, Hume recurre a la acción de la memoria: gracias a la memoria reconocemos y recordamos la conexión entre las distintas impresiones que se suceden; el error consiste en confundir conexión con identidad. Podríamos decir que el yo es una pluralidad de asociaciones que se forja la ilusión de ser una unidad permanente debido a la acción de la memoria.

   Respecto a la res extensa, al objeto, éste, para hume, no es más que una colección de impresiones, sin que, entre ellas, podamos encontrar ninguna de donde haya podido proceder la idea de sustancia. Podemos pasar de una impresión a otra, pero no podemos inferir que existe un objeto real, una sustancia, una res extensa a la que correspondan nuestras impresiones.

   La filosofía de Hume se traduce en un fenomenismo y un escepticismo radicales. Lo único que podemos afirmar es que hay una corriente incesante e impresiones que se suceden unas a otras, sin que sepamos de dónde vienen y por qué se producen y sin que entre ellas podamos afirmar la existencia de conexión causal alguna, sino sólo la sucesión entre ellas. todo sucede, nos dice Hume, como su fuese una representación en un teatro vacío, o, traducido al lenguaje actual: como si fuese la proyección de una película (donde no está ocurriendo realmente nada más allá de la sucesión de imágenes en la pantalla) y sin que haya un espectador real en la sala (puesto que el yo es también una sucesión de impresiones e ideas). No podemos, según Hume, contestar a la pregunta de dónde vienen nuestras impresiones, pues, para hacerlo, tendríamos que ir más allá de nuestras impresiones. pero nuestras impresiones son el origen y el límite de nuestro conocimiento.


EL PROBLEMA DE DIOS

   En cuanto a la sustancia infinita (Dios), una vez que Hume ha echado por tierra el principio de causalidad, éste se vuelve inútil para demostrar su existencia. Cualquier prueba que queramos utilizar al respecto, se vuelve ilegítima porque pretende ir más allá de las impresiones, que, como ya sabemos, para Hume, constituyen el origen y el límite de nuestro conocimiento. Siendo así, resulta imposible demostrar, mediante la razón, ni una sola de las "verdades" que conforman la religión. pero tampoco es posible demostrar racionalmente que no existan tales "verdades".


EL EMOTIVISMO MORAL

   Como buen empirista, hume parte de la observación de un hecho: la realidad de las distinciones morales. Nosotros juzgamos a las personas y sus acciones en términos de "bueno" y "malo". Siendo esto así, Hume quiere averiguar si estas distinciones se fundan en la razón, como pretenden los racionalistas. Lo primero que Hume constata es que lo propio de la moral es despertar y estimular pasiones y provocar o impedir ciertas acciones (por ejemplo: "no matarás"). Lo propio de la moral, pues, es "valorar" los hechos. pero Hume encuentra que la razón es por sí sola incapaz de obligarnos a cualquier acción. la razón sólo se ocupa de relaciones de ideas o de cuestiones de hecho,pero resulta impotente para llevarnos a la acción. Como dice el propio Hume: "No es contrario a la razón el preferir la destrucción del mundo entero a tener un rasguño en mi dedo". La razón únicamente puede describir hechos e intentar explicarlos mediante el principio de causalidad, principio al que hemos visto que Hume somete a una crítica despìadada. La razón sólo puede describir hechos, no prescribir conductas.

   Si la moralidad no tiene su fundamento en la razón, ¿dónde hay que buscarlo? Para Hume está claro: en el sentimiento.  Nos dice expresamente que cuanto más analicemos una acción, no encontraremos en ella ninguna virtud ni ningún vicio; pero que si nos volvemos sobre nosotros mismos, descubriremos en el sentimiento de agrado o de desagrado que esa acción nos produce, el fundamento que estamos buscando para la moral. Es el hecho de que la inmensa mayoría de nosotros estamos constituidos de tal manera que nos repugnan las mismas cosas (el asesinato, por ejemplo) lo que nos permite establecer un acuerdo sobre lo bueno y lo malo en materia moral. la moral no se basa en la razón, pero no por ello es algo arbitrario, pues su asiento está en una inclinación universal hacia la empatía. A partir de este punto, y aunque el fundamento de la moral no descanse en la razón, se puede, sin embargo, construir una ciencia moral, la cual, para Hume, será de carácter utilitarista.

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